Marx y el conde de Saint-Simón

Partidarios de extrema derecha protestando en Chemnitz. REUTERS

Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon, nació en París en 1760, historiador y fundador del movimiento filosófico denominado Positivismo, está hoy bastante olvidado si lo comparamos con Carlos Marx, del que se conmemora este año el bicentenario de su nacimiento en Tréveris. Es conocido que Marx, a pesar de declararse deudor de Saint-Simon en muchos aspectos, creyó haberlo superado con su apuesta por el comunismo como modelo de la futura sociedad post-capitalista, considerándolo un mero socialista utópico.

En relación a ello, nos parece que se ha cumplido más bien la predicción de otro filósofo positivista, el inglés Herbert Spencer, quien declaró a principios del siglo XX que el socialismo triunfaría, pero que con él, lejos de desaparecer el Estado, -como creía Marx inspirándose en la frase de Sain-Simon de que “la administración de los hombres será sustituida por la administración de las cosas” y la norma que regiría en ella sería “a cada cual según sus necesidades “ y no “a cada cual según sus capacidades (habilidades)”-, la Sociedad retrocedería a un estadio anterior propio de las sociedades militares, con las consecuencias de empobrecimiento, estancamiento y ruina. Se cumplió con la URSS. 

También parece discutible otra opinión de Saint-Simon, quien creía que la paz mundial iba a imponerse con el triunfo de la sociedad industrial. Según pensaba, las sociedades militares, abundantes en la historia, estaban basadas en la guerra como principal modo de apropiación de la riqueza, a través de la explotación esclavista o servil de los pueblos vencidos, mientras que las sociedades industriales modernas obtienen principalmente su riqueza de la explotación de la Naturaleza por medio de la ciencia y serían por ello de naturaleza pacífica, pues su cometido esencial es la organización del producción industrial, la cual requiere habilidades muy diferentes de las guerreras, como son el estudio de las fuerzas naturales, capacidades administrativas para la organización de la producción y del intercambio de productos por el comercio, para alcanzar ventas por la persuasión o contratos que descansen en la confianza y la accountability, etc. En tal sentido Saint-Simon previó un largo periodo de transición entre ambas sociedades en el que la política de la fuerza militar sería sustituida por el poder de los legistas y metafísicos, necesarios para ir neutralizando los poderes teológico-militares de las sociedades pre-modernas con vistas a que puedan madurar e imponerse los nuevos poderes de los industriales y científicos.

Marx reservaba este triunfo de la paz también para la futura sociedad comunista, en la que creía que desaparecería el Estado, aunque lo que ocurrió, de hecho, en el comunismo soviético, fue una creciente militarización de la sociedad. No obstante, el pacifismo de Sain-Simon no era un pacifismo utópico como el de Marx o idealista como el de Kant. Tiene un carácter claramente más positivo incluso que el de Kant, tan vigente todavía hoy en el mundo occidental. Pues la ONU, como encarnación de la kantiana Sociedad de Naciones, solo cuenta con la fuerza del dialogo y el acuerdo, muy difícil de lograr, como se ha visto tantas veces. 

Pero Saint-Simon contaba, no tanto con el acuerdo de un Parlamento mundial, como con la desactivación positiva que supone la erradicación de la miseria y la explotación, causante de tantas guerras, por el aumento de la riqueza general por la explotación de la naturaleza con métodos científicos. Ciertamente, no pensó que la propia ciencia aplicada al desarrollo de una industria orientada a la guerra produciría un armamento atómico disuasorio de futuras guerras mundiales. Pues, a partir de Hiroshima, la guerra ha dejado de ser para la humanidad lo que Hegel llamaba todavía “el Juicio de Dios”, el gran juez final que determinaba el curso de la Historia Universal.

Hoy esto no es posible, no por la fuerza de los grupos pacifistas organizados, meramente testimonial, sino por la paradoja de las propias bombas atómicas que tienen una función puramente disuasoria, pues de lo contrario se conseguiría la desaparición de la especie o su regresión a situaciones semejantes a las paleolíticas, como pensaba Einstein, uno de los principales científicos que ayudaron a construir la primera bomba atómica. Es cierto que hoy es posible una guerra nuclear limitada a un escenario regional, como señala Samuel Huntington en su famosa obra El Choque de Civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (1997). Pero esto no cambiaría el curso global, por el hecho de su limitación local. 

Entretanto ha surgido un problema que no vieron ni Marx ni Saint-Simon: la posibilidad de una catástrofe medio ambiental que haría imposible la vida sobre la Tierra, poniendo límites infranqueables al desarrollo económico y poblacional. Para afrontar dicha situación no bastará el hombre, decía Nietzsche: se necesitará el Superhombre.

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