Un bien escaso

Atasco en el centro de Madrid. EL ESPAÑOL

Me van ustedes a permitir que comience con una de esas frases de marcado optimismo: “No pienso nunca en el futuro porque llega muy pronto”. Fue Albert Einstein el célebre científico quien vino a descoser la relación tiempo-individuo. Con la edad uno se cuestiona si serán verdad tantas leyendas urbanas como nos quieren hacer creer. Mi admirado y querido amigo Manolo Romo suele aplicar la lógica de lo que no se ve al decir aquello de: “Está todo bien, pero no cuadra”. Y en esas estamos, persiguiendo algo que teniéndolo delante de nuestras propias narices resulta que no somos capaces ni de entenderlo ni de valorarlo y mucho menos de saber adminístralo. Me refiero al tiempo. Un bien escaso, se mire por donde se mire. 

Una simple cuestión de apreciación es suficiente para entender esta teoría que hoy traigo a colación. Muchos nos sorprendemos del vértigo que nos rodea para cualquier cosa, entre ellas la frenética manera de anticiparlo todo a costa de matar tiempo e ilusiones. En poco más de veinte o treinta años hemos pasado de hacer proyectos a evitarlos a costa de un “sálvese quien pueda”. Ahora todo llega antes sin que ello signifique que seamos nosotros los que avanzamos. La extraña sensación de estar siempre en el mismo lugar no significa que la vida tenga que ser así. Nos venden al mejor postor. Trafican con nosotros, nos esquilman y nos vapulean. Es el mecanismo del silencio que en una sociedad tan solitaria como la nuestra nos conduce hacia ese edén inalcanzable para la inmensa mayoría. Es el estado de bienestar que cacarean quienes dicen representarnos.    

En España nos sobra afán despreciativo. Estamos colmados de todo aquello que nos prometen y luego nadie cumple. Son experimentos que nos deterioran como seres humanos. Primero nos seducen para más tarde sacrificarnos con leyes a destajo. Son las disquisiciones ideológicas las que merman nuestro futuro a la vez que recortan nuestro tiempo de vivir. Somos parte de un ensayo al servicio de las ideologías. Lo mercantil por encima de las metas. Las doctrinas  desprecian al ser humano en beneficio de un tótem al que hay que reverenciar colmándole de tributos y sacrificios.

Ahora se agrede a la industria del automóvil haciéndonos creer que el futuro del planeta pasa por desterrar todo vehículo nuevo, seminuevo o viejo que provoque contaminación. O sea, el 99% del parque móvil. Primero nos ofertaron coches con interesante descuentos y ayudas en clara sintonía con el obsceno progreso de lo que interesaba que así fuera. Ahora la apuesta es otra. Todos los coches que vemos a diario, ya sea circulando o aparcados, da igual gama baja, media, alta o premium,  alguien ha decidido que ya no sirven, que no valen nada porque ni son eléctricos ni de cero emisiones. Uno se pregunta si este es el progreso, el futuro o la piedra filosofal. Y uno vuelve a recurrir al acertado axioma de mi querido amigo: “Está todo bien, pero no cuadra”.

Ahora resulta que la gasolina y el diésel es una amenaza para la supervivencia terrenal. Pues que nos devuelvan lo cobrado por el impuesto sobre hidrocarburos y con carácter retroactivo. Lo cierto es que en muy poco tiempo lo más actual ha pasado a ser lo más despreciable en contaminación y por ello nos obligan a cambiarlos por eléctricos o nula combustión. Si llevas la contraria te tachan de irresponsable: ¿Es ese el planeta que quieres dejar a tus hijos? A lo que haciendo uso de mi derecho a réplica les cuestiono: ¿Es esa la clase de hijos que queremos dejar en este planeta? No olvidemos que la inversión en coches, además de ser ruinosa, también es un artículo de lujo. Enseñar a nuestros hijos a poder  cambiar de coche como el que cambia  de camisa no es algo tan baladí como pretenden que así sea los patrocinadores ideológicos de nuevo cuño.    

Uno se pregunta si un parque móvil como el nuestro, cifrado en torno a los 31 millones de vehículos de toda clase: turismos, todoterrenos, derivados de turismo, furgonetas, camiones de diferentes tipos, autobuses y autocares, objeto de deseo de cada dueño o usuario, no solo puede traer causa el prohibir su movilidad por un interés climático de repentino cambio de conciencia. Quiero pensar mal y a lo mejor mientras nosotros ponemos los enchufes, Francia pone las centrales nucleares. En tanto nos lleguen las tan ansiadas ofertas eléctricas sobre ruedas, uno se cuestiona el futuro de los aviones, barcos, embarcaciones de recreo, tractores, cosechadoras, motos, motocicletas, motosierras, desbrozadoras y demás  artillería movidos mediante combustibles fósiles.   

Y luego viene la apoteosis final: ¿Qué hacer con los 1.300 millones de coches restantes que transitan por el resto del mundo? A lo mejor esta es otra contaminación menos ideológica. En fin, hay momentos en la vida en que todo va bien, pero no se asusten, éstos duran poco. Por eso, nunca olviden que somos el tiempo que nos queda y que en un simple minuto hay muchos días.

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