El Anantapur de Vicente Ferrer

Hay un Anantapur de Vicente Ferrer que, con independencia del significado suyo propio (ciudad del infinito), se relaciona con la infinitud de los sueños y con la realización de lo imposible. Ana, su viuda, su continuadora, su totalidad principal y, al tiempo, su secundaria mano, pero sus ojos que ya no ven y también su sucesiva voz, su eco sugestivo, comenzó a hablar ayer en el hotel Voramar de Benicássim, el hotel de la simpatiquísima Ana Dolls, dueña actual, hotel literario de Hemingway, de Jhon Dos Pasos, de Manuel Vicent y, ayer, una embajada espiritual de la India.

Y yo estaba allí, asombrado, traído por Teresa García Redón y por María Ramos Trujillo, dos doctoras del hospital general de Castellón. Teresa, muy involucrada en un proyecto que ha dado la vida a centenares de miles de personas, presentó a los invitados, y luego, se alzó la figura altísima de Jordi Ferrer, sobrino de Vicente, su viva estampa, de ojos risueños, delgadez del Greco, mirada brillante, encendida, de niño grande, con barba cana de milímetros, traje y corbata, y voz suave como un río dulce que no cesa. 

Yo, por mi parte, llevo veinte años viajando a India, pero aún no he llegado. Esta es la frase que resume la aventura de un viaje que muchos no considerarían ni empezado. No hace falta que vaya. India viene a mí con su fuerza mistérica y me penetra alimentándome con su hondura. India es todo el aroma suyo que de vez en cuando me roza. Llevo veinte años así. A sus veinte años, Ana, periodista inglesa de Essex, fue a entrevistar a Vicente Ferrer y se quedó con él para toda la vida. Todo se antoja, así, en corriente de veinte años. Veinte años dice Ana que les costó que la gente de Anantapur comprendiera la importancia de la educación como medio para el progreso. Hasta entonces, ni siquiera los nombres tenían importancia en un paraje de pobreza extrema donde la pobreza más radical es no ser nadie.

Por encima de la falta de pan y agua, la devaluación del nombre y de la figura humana que le acompaña ejemplifica la pobreza más absoluta. Es el no tener vida propia. “Todos nacemos deseando el amor y la libertad” –me susurraba Jordi Ferrer–, pero eso se olvida cuando no eres nadie, porque, sin ser tú nadie, tampoco lo son los otros para ti. En medio de esa desolación geográfica y espiritual, Vicente Ferrer encontró agua, convenció a la gente para quedarse en el desierto y labrar la tierra, y, luego, les dio educación y nombre. Más que el nombre, que ya lo tenían, les dio el sentido del nombre, su unión a la carne. Y entonces, un soplo bautismal bastó para que Anantapur, la ciudad del infinito, realizara también el sentido de su propio nombre.

Todos tenemos un nombre unido a la carne. La carne se hace espíritu cuando el nombre de alguien nos importa. Pero la cosa es que todos los nombres deberían ser importantes. Rabindranath Tagore decía que la aportación de la India al mundo sería hacerle comprender que la humanidad precisa sentirse un todo y, a partir de ahí, unificar la acción espiritual y política de conjunto, lo que yo traduciría por un gobierno global de la humanidad. Ana Ferrer me hizo comprender ayer que tal cosa no podrá suceder nunca si no comprendemos la importancia de comenzar todo desde abajo, esto es, desde la pronunciación de los nombres de los otros.

Nos hablaba del triunfo de lo sistemático, del estar sobre el terreno y preocuparse, de conocer la problemática. La mayor parte de las organizaciones internacionales, infinitamente más dotadas presupuestariamente, fracasan en la gestión y en la aplicación de esos recursos. El papel de la burocracia no aterriza tan fácilmente sobre la realidad cuando vuela desde los grandes despachos donde las grandes ideas se elaboran sin haber puesto la pisada del alma cerca de los que no tienen nombre. Los números nunca serán más importantes que los nombres porque hay una literatura poética que se hace desde el espíritu y la voluntad. Vicente Ferrer puso sus sandalias descalzas a navegar por entre las grietas de un desierto donde nadie encontraba el agua. Cincuenta años después, tres mil pantanos pequeños irrigan cuarenta y cinco mil hectáreas, en ellos se cultivan peces, nace el pan de los campos, hay hospitales y colegios, y cerca de tres millones de nombres, más aún el de las mujeres, son dignos.

Ana Dolls, la dueña del mítico hotel Voramar, posee unos ojos centelleantes y despiertos, muy alegres. Es delgada y pequeña, ágil y voluntariosa. Nos llevó a buscar seis sillas antes de empezar el acto. María Ramos y yo, la ayudamos. La brisa suave de Benicássim, ya de noche, azuzaba mis evocadores recuerdos del Voramar antes de que toda la importancia de los nombres de Hemigway, Dos Pasos, y los de las demás voces literarias vinculadas al lugar se diluyeran en la fuerza espiritual de un nombre tan bello cono Anantapur, el nombre que esconde el infinito y todas las posibilidades de lo imposible.

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