Dos sucesos marcan la geopolítica en lo que llevamos de año: Venezuela e Irán. Dos países radicalmente dispares, separados por más de 11.000 kilómetros, con historias, sistemas políticos y modos de vida opuestos.
Hasta este 2026, ambos formaban parte de una red de apoyo entre regímenes autoritarios forjada en la resistencia al llamado “imperialismo occidental”, a las sanciones y al aislamiento internacional. La política internacional funciona, a menudo, como un sistema de vasos comunicantes.
El aleteo de una mariposa en América Latina puede provocar un terremoto en Asia.
En el caso venezolano, el episodio que ha sacudido al país supone una vulneración del derecho internacional. Se puede admitir esta realidad como del mismo modo se puede estar en contra de Donald Trump y del chavismo venezolano.
El régimen de Nicolás Maduro era una dictadura consolidada mediante la represión, el vaciamiento institucional y el sabotaje de los procesos electorales. La captura del presidente se produce en un contexto en el que la soberanía venezolana llevaba años erosionada desde dentro por un poder que expulsó a la oposición real del juego político y convirtió las elecciones en una mera liturgia sin garantías.
No estamos, por tanto, ante la caída de un gobierno legítimo, sino ante el colapso forzado de un líder (que no del régimen) que se sostuvo a base de fraude, miedo y control clientelar.
Que la decisión final no haya estado en manos de los venezolanos es una tragedia política, pero también lo es que el propio régimen se encargara durante años de anular cualquier vía interna de alternancia. Venezuela llega a este punto no solo por la injerencia externa, sino por la demolición previa de su Estado de derecho.
El petróleo —o, más precisamente, su comercialización— vuelve a ser un factor central. El control de los flujos energéticos y la influencia en el “patio trasero” americano que quiere garantizarse Trump explican buena parte de la jugada internacional.
Extender la democracia allende de sus fronteras no es de interés para el gobierno estadounidense y tampoco hace esfuerzos por ocultarlo. En ese marco se entiende el protagonismo de Donald Trump y la maniobra ideológica orquestada por Marco Rubio, decididos a anotar puntos frente a China y Rusia, cuyas relaciones con Venezuela resultaban incómodas para Washington.
Irán presenta un escenario distinto. Allí la injerencia exterior aún no se ha materializado de forma directa, a pesar de las reiteradas amenazas de intervención militar del susodicho. En Irán la inestabilidad nace de abajo hacia arriba.
Con una inflación que supera el 70% en alimentos y bienes básicos, manifestantes de todo el país reclaman el fin de la teocracia islámica. Se trata de las protestas más graves que ha enfrentado el aparato del Estado en décadas, amplificadas por un contexto internacional hostil. La crisis es doméstica en su origen, pero sus implicaciones trascienden con creces las fronteras nacionales.
Irán es un actor central en Oriente Próximo. Su alineamiento con Moscú y Pekín, su condición de enemigo estratégico de Israel y su rivalidad con las monarquías del Golfo convierten cualquier signo de colapso en un factor desestabilizador global.
No se espera un derrumbe inmediato del régimen, según la mayoría de analistas a pesar de la sangría de muertes diarias, pero un eventual colapso tendría efectos en cadena. Debilitaría a sus aliados regionales y supondría un éxito para los intereses estadounidenses y, en particular, para los socios de Trump en la zona.
Sin embargo, como hemos apreciado estos últimos días, la centralidad de estos dos sucesos empieza a diluirse en un contexto internacional donde otros frentes emergen con mayor rapidez. La atención europea se ha desplazado hasta el Atlántico Norte, donde Groenlandia irrumpe como un nuevo punto de fricción estratégica. La posibilidad de que Estados Unidos imponga nuevos aranceles a productos europeos ha llevado a la Unión a elevar el tono diplomático, en una reacción poco habitual frente a un aliado histórico.
Resulta sorprendente comprobar cómo, en apenas unos meses, una relación transatlántica basada en la cooperación y la seguridad compartida ha dado paso a una dinámica de desconfianza y presión económica hostil.
¿Qué harán los otros grandes actores ante este escenario?
Rusia y China observan con cautela, conscientes de que una fractura duradera entre Bruselas y Washington altera el equilibrio global. Para la UE, sin embargo, la prioridad real sigue estando en evitar que EEUU retire su apoyo a Ucrania. Es ahí donde Bruselas se juega su seguridad y buena parte del futuro europeo. Y Trump…, quién sabe lo que hará Donald Trump.
