Francisco Pellicer, presidente de Legado Expo
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Dieciocho años no son una cifra cualquiera. En la vida de una persona significan mayoría de edad, paso simbólico a la madurez, momento de asumir responsabilidades sin renunciar a la energía ni a la ambición. En la vida de una ciudad, dieciocho años invitan a algo parecido: a celebrar lo conseguido, a evaluar con honestidad lo heredado y, sobre todo, a decidir qué se quiere hacer con ello. La Expo Zaragoza 2008 cumple ahora esa mayoría de edad simbólica. Y conviene celebrarla, sí, pero sin confundir celebración con complacencia.

La Expo fue un acontecimiento extraordinario, pero no nació para agotarse en sí misma. Se concibió como un proyecto de ciudad a largo plazo, pensado para una Zaragoza más viva, más atractiva, más abierta al mundo y más reconciliada con su río y su territorio. Ese legado no se entregó terminado ni cerrado: se proyectó para ser asimilado de forma paulatina, adaptado a los cambios, reinterpretado por nuevas generaciones.

En ese sentido, el aniversario no debería ser solo un ejercicio de memoria, sino una oportunidad para preguntarnos hasta qué punto hemos sabido incorporar ese legado a la vida cotidiana de la ciudad. Qué hemos hecho bien, qué hemos dejado de hacer y qué estamos aún a tiempo de corregir. Porque un legado no es un objeto estático: es una herencia viva que exige cuidado, inteligencia y continuidad.

Durante estos dieciocho años, Zaragoza ha cambiado. Y también lo han hecho quienes hoy la habitan. Hay toda una generación que alcanza ahora la mayoría de edad y para la que la Expo no es un recuerdo personal, sino un paisaje dado, casi naturalizado. Para muchos jóvenes, el Parque del Agua, las riberas del Ebro transformadas o los iconos de la Expo forman parte del decorado habitual de la ciudad, no de un hito excepcional. Y eso, lejos de ser un problema, es una oportunidad.

Esa generación es, precisamente, la destinataria natural del legado. No como espectadora pasiva, sino como protagonista. Si la Expo habló de agua, sostenibilidad y futuro, hoy esos conceptos están en el centro de las preocupaciones juveniles: cambio climático, calidad de vida urbana, espacios públicos, movilidad, empleo verde, cultura y ocio vinculados al territorio. El legado de la Expo puede y debe dialogar con esas inquietudes.

Celebrar el 18 aniversario significa reconocer que muchas de aquellas ideas han ido calando poco a poco. Que Zaragoza es hoy una ciudad más consciente de su relación con el agua, más volcada hacia el Ebro, con una imagen exterior ligada a la sostenibilidad. Esa asimilación ha sido gradual, no siempre visible, a veces irregular. Pero existe. Y conviene ponerla en valor.

El problema aparece cuando la celebración se queda solo en el recuerdo amable y no se acompaña de una gestión acorde con esa herencia. El ejemplo más evidente sigue siendo el Parque del Agua Luis Buñuel. Concebido como una pieza clave del legado, como un gran parque fluvial contemporáneo, fue durante años un referente de buena gestión. Demostró que era posible combinar uso ciudadano, actividad económica, biodiversidad y calidad paisajística.

Hoy, sin embargo, el parque refleja también las debilidades de una asimilación incompleta. Instalaciones cerradas, elementos hidráulicos sin función, espacios infrautilizados. No por falta de cariño ciudadano, sino por ausencia de un modelo de gestión estable y especializado. Celebrar el aniversario debería servir para asumir que ese parque no es solo un espacio verde más, sino una infraestructura compleja que requiere atención constante si quiere seguir siendo atractiva para las generaciones que vienen. Bienvenidos sean los anuncios sobre la revitalización del Canal de Aguas Bravas, el agua ha vuelto a fluir caudalosa, ahora hace falta dar con un adjudicatario comprometido, ambicioso, con músculo empresarial… y una administración pública que lo tutele con atención.

Y lo mismo puede decirse de otras piezas del legado: la Torre del Agua, los pabellones, la documentación, el capital intelectual generado en torno a la gestión sostenible del agua. Todo ello forma parte de una herencia que no se agota en lo físico. Hay un legado invisible —ideas, redes, conocimiento— que resulta especialmente valioso para una juventud que busca referentes, oportunidades y proyectos con sentido.

En este punto, la responsabilidad es compartida. Ayuntamiento, Gobierno de Aragón y Gobierno de España tienen un papel que desempeñar. Pero también la sociedad civil, el tejido educativo, cultural y asociativo. Si el legado cumple dieciocho años, quizá ha llegado el momento de dejar de tratarlo como un menor tutelado o como un recuerdo frágil, y empezar a confiar en él como un adulto con potencial.

Dar protagonismo a los jóvenes no significa solo invitarles a actos conmemorativos, sino abrirles espacios de participación real en la definición del futuro de ese legado. Convertirlo en laboratorio urbano, en campo de prácticas para nuevas ideas, en soporte para iniciativas culturales, deportivas, ambientales y económicas que conecten con su mirada. La Expo no fue conservadora; fue audaz. Traicionaríamos su espíritu si ahora optáramos por la inercia.

Celebrar dieciocho años de la Expo es, en definitiva, celebrar una apuesta colectiva que transformó la ciudad y la proyectó al mundo. Pero también es aceptar que esa transformación no está garantizada para siempre. El legado necesita ser actualizado, cuidado y defendido. No por nostalgia, sino por responsabilidad intergeneracional.

Porque si algo nos enseña una mayoría de edad es que el futuro ya no se puede aplazar. Y la Expo, dieciocho años después, sigue siendo una conversación necesaria sobre la Zaragoza que queremos ser.