Hace unos días publiqué en redes sociales una foto mía con Pilar Alegría, tomada en La Zaida, su pueblo natal, durante el primer acto de su carrera hacia la presidencia del Gobierno de Aragón. Aunque soy una persona más o menos pública, no soy especialmente conocida ni suelo generar grandes reacciones en redes. Sin embargo, aquella fotografía provocó algo que nunca había vivido: más de 100.000 interacciones en menos de ocho horas. Por primera vez experimenté en primera persona lo que hoy se llama “viralizarse”.
Entre muchos mensajes iniciales de apoyo, pronto comenzaron a aparecer miles de insultos soeces, ataques personales y, sobre todo, ataques de carácter sexual. Una auténtica lluvia de mensajes de odio, con una carga de violencia verbal elevadísima. Confieso que me sentí primero abrumado, después preocupado y, durante días, profundamente reflexivo.
Porque si publicar una simple foto en un acto público genera esta avalancha de odio, ¿qué no estará soportando Pilar Alegría día tras día? Insultos constantes, un acoso que puede calificarse claramente de sexualizado por el hecho de ser mujer, y que responde a una estrategia organizada, sostenida en el tiempo, ejecutada por una red perfectamente engranada de perfiles radicalizados. Un auténtico ejército de odio y difamación con un único objetivo: quebrar a la persona para derribar a la política y alcanzar el poder.
Si quienes leen estas líneas confían en mi testimonio y en mi opinión, debo decirlo con claridad: existe una distancia enorme entre el ruido de las redes y la realidad. En este caso, además, lo que se dice en redes es directamente mentira. Hace unos días, la propia Pilar Alegría planteaba públicamente la necesidad de una campaña limpia, basada en ideas y en el respeto. Está claro que quienes la insultan y quienes están detrás organizando y amplificando ese acoso buscan justo lo contrario. Porque ya conocemos esa consigna que algunos parecen haber asumido sin pudor: el que pueda hacer, que haga. Aunque para ello haya que machacar a una persona, traspasar todas las líneas y convertir el odio en herramienta política.
Nada tiene que ver la Pilar Alegría real con la imagen que intentan imponer los radicales. La Pilar real es una mujer trabajadora, humilde, preparada, solvente, cercana y de pueblo. De La Zaida. Justamente el lugar donde se tomó la foto que desató semejante campaña de odio.
Aragón es una tierra especial, entre otras cosas porque aquí nos conocemos todos. Y a Pilar Alegría se la conoce. También en Teruel, donde estudió y pasó una etapa importante de su vida, la universitaria. Aquí, en Teruel, compartió vivencias con mucha gente. Y lo sé porque, en estos días, paseando por la calle, parándome a hablar con unos y con otros, me lo han dicho directamente. Conversaciones reales, lejos de las redes y del ruido. Gente que la conoció entonces y que hoy alza la voz para desmentir la caricatura. “Eso que dicen de Pilar es mentira; la conocemos”, “me acuerdo de las charradas que nos pegábamos en el Vicente y de lo dispuesta que estaba siempre a colaborar y ayudar”, “¿que Pilar va para presidenta? Muy trabajadora y responsable; ojalá le vaya muy bien”.
La crítica es legítima. El acoso no lo es. Y normalizarlo tiene consecuencias muy graves: empobrece la democracia, aleja a personas valiosas de la vida pública y degrada la convivencia. Lo que se está haciendo con la persona Pilar Alegría es inhumano, inmoral e indecente.
Escribo estas líneas porque lo vivido a raíz de aquella imagen me conmocionó, me dolió y me puso en alerta. Y porque no se puede mirar hacia otro lado ante estas situaciones. Es necesario denunciar con toda la fuerza y claridad el acoso total, especialmente sexualizado por ser mujer, que está sufriendo la candidata del PSOE a la presidencia del Gobierno de Aragón: Pilar Alegría.
