Pepe Verón, profesor de Periodismo de la USJ
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Cuando el agua lo inundó todo, también se llevó por delante la credibilidad de quien debía liderar la respuesta. Pero Carlos Mazón no ha caído por la DANA y sus efectos, sino por su incapacidad para asumir responsabilidades. En tiempos de crisis, el silencio, la evasión y el dedo acusador no son estrategias: son errores fatales. Y esta vez, el relato lo derrotó.

Desde el primer momento y hasta el último instante, Mazón eligió el camino equivocado: el de la negación. No de los hechos, sino de su responsabilidad. Señaló al Gobierno central, a los protocolos, a los avisos tardíos… a todos menos a sí mismo. Y eso, en comunicación de crisis, es como echar gasolina al fuego. El relato se le escapó de las manos, y con él, la confianza de la ciudadanía.

No canceló su agenda el día de la tragedia. Pero eso es casi lo de menos. En sus comparecencias posteriores evitó preguntas y se centró en destacar el esfuerzo institucional. El problema no era lo que se hacía después, sino lo que no se hizo antes.

La gestión comunicativa de una crisis tiene reglas claras. La primera: asumir la responsabilidad. No se trata de autoflagelarse, sino de mostrar liderazgo. La segunda: dar la cara cuanto antes. El tiempo juega en contra, y cada minuto de silencio se llena de rumores, especulaciones y desconfianza. La tercera: empatía real. No basta con decir “lo sentimos”; hay que demostrar que se entiende el dolor ajeno.

Este tipo de errores no son nuevos. En España hemos visto cómo la negación de responsabilidades ha agravado crisis que ya eran graves. El caso más paradigmático: el 11M. El Gobierno de Aznar insistió en culpar a ETA cuando las evidencias apuntaban a Al Qaeda. La estrategia de negación sistemática no solo fue errónea, sino que generó una sensación de engaño que hizo perder las elecciones al PP y que marcó a toda una generación.

Otro ejemplo: la crisis del ébola en 2014. El consejero de Sanidad de Madrid culpó a la enfermera Teresa Romero de haberse contagiado por imprudencia. Una revictimización en toda regla que indignó a medio país. La gestión fue tan errática que la Organización Mundial de la Salud llegó a calificarla de incompetente.

Y qué decir del aceite de girasol contaminado en 2008. El Ministerio emitió comunicados contradictorios que mezclaban recomendaciones con tranquilizantes, generando más confusión que claridad. “No lo consuma, pero si lo ha hecho, no se preocupe”, decían. ¿Cómo no preocuparse?

En todos estos casos, y en tantos otros, el patrón se repite: cuando los responsables políticos se empeñan en buscar culpables ajenos, el foco se desplaza hacia su falta de liderazgo, hacia su incapacidad para asumir errores, hacia su catadura moral.

Carlos Mazón ha sido víctima de ese síndrome. El de pensar que el relato se puede controlar desde el atril (atalaya, dijo en su discurso del lunes), sin asumir que la verdad y la responsabilidad siempre acaban saliendo a flote. Su dimisión no es solo el final de una gestión. Es el epílogo de una narrativa fallida.

La comunicación en crisis no es solo una herramienta. Es el núcleo que puede agravar o mitigar el problema. Puede convertir una situación difícil en una oportunidad para demostrar liderazgo, o en una caída libre hacia la pérdida de credibilidad.

Carlos Mazón no cayó por la lluvia, sino por la tormenta que él mismo alimentó con su silencio, sus evasivas y su falta de empatía. En comunicación de crisis, no hay paraguas que proteja del descrédito cuando se elude la verdad. Y si algo ha quedado claro, es que los ciudadanos ya no aceptan líderes que se esconden cuando más se les necesita. Porque en tiempos de incertidumbre, el liderazgo no se mide por lo que se dice desde una atalaya, sino por la capacidad de decir: “Fue mi responsabilidad y aquí estoy para solucionarlo”.