Hay una sensación que la ciencia describe como movimiento relativo. Sucede cuando viajamos en tren y vemos por la ventanilla a otro convoy. Pensamos que estamos avanzando hasta que descubrimos que era el otro tren el que nos estaba adelantando. Es solo una de las tantas veces en las que el cerebro nos engaña: cree que nuestro vagón es el centro del mundo, da plena credibilidad a lo que ven nuestros ojos y, después, dedica unos segundos a sobrevivir a la confusión. Hemos sido engañados, que dirían, por nosotros mismos.
Este espejismo me recuerda siempre a un capítulo de Alicia, a través del espejo. En una parte del libro, la Reina Roja arrastra a Alicia a una carrera frenética.
—¡Vamos, corre! —le ordena. Corren tanto que el aire golpea sus caras, el pelo vuela desordenado y el vestido de Alicia se enreda entre las piernas. El corazón casi se sale del pecho por el esfuerzo, pero nada cambia: al parar, los árboles siguen en el mismo lugar. “En este país -le explica la soberana-, hace falta correr con todas tus fuerzas para quedarte en el mismo sitio. Y si quieres llegar a otra parte, tendrás que correr el doble de rápido”.
Tal vez vivimos en el imperio de la Reina Roja. Todo va cada vez más deprisa, pero seguimos sin llegar. Retrocedemos cuando nos quedamos quietos y pensar que avanzamos no garantiza que lo hagamos. La competencia conquista nuevas metas sin tregua y la adaptación al cambio es condición mínima para la supervivencia.
Nadie cuestiona que esto funciona en el mundo de los negocios y en el del sentido común. El principio de impermanencia nos enseña que todo cambia, y que hay que saber adaptarse e innovar. Pero, ¿qué pasa con nuestras relaciones internacionales?
La vieja Europa ha iniciado una carrera a remolque, jadeante y forzada. Esta anciana llevaba mucho tiempo sin ponerse las zapatillas, y se ve obligada a hacerlo para competir en un sistema internacional cada vez más fragmentado y hostil: para conservar el poder hay que transitar por una escalada de tensiones en la que los históricos aliados ya no ejercen como tales, sino que exigen un pago cambiante y excesivo. Nada más visual que la actual política arancelaria.
Algunos dicen que andamos inmersos en la era de la ‘egopolítica’. No hay ejemplo mejor que Trump. La portada del Daily Mirror de la semana pasada anunciando la llegada del presidente de los Estados Unidos a Reino Unido rebosaba tanta flema como acierto: “The ego has landed” (el ego ha aterrizado)”, rezaba el enorme titular del tabloide.
Estados Unidos ha pasado de ser un socio protector a convertir la interdependencia histórica con aliados como Europa en una herramienta de control y subordinación. Es, además, un fondista impredecible, como demostró esta semana en la sede de la ONU en Nueva York.
Estas asambleas nos han dado impagables momentos a lo largo de la historia: imposible olvidar el discurso con el que Hugo Chávez llamó “diablo” a Bush y reprochó el “olor a azufre” que todavía se sentía en la sala o el discurso con el que Fidel Castro batió el récord de permanencia en el estrado - 4 horas y 29 minutos- después de anunciar que sería breve.
Tampoco Trump ha defraudado esta semana en su práctica de la ‘egopolítica’. No escatimó en desprecios hacia la anfitriona, la ONU, de la que dijo que se dedica a escribir cartas con palabras muy fuertes que luego nunca asume. Exigió a los países europeos que dejen de comprar gas y petróleo a Rusia para poder poner fin a la guerra de Ucrania y aseguró amar a Europa mientras la apuntaba con un dedito reprochón. Amores tóxicos, los llaman.
La sesión fue como una loca carrera en el hipódromo, pero quién sabe si el mundo avanzó algún milímetro.
