Nueve y cuarto de la noche. En mitad del campo, en una cuneta sin bancos ni abrigo, una mujer de casi 80 años espera un autobús que nunca llega. Antes había un tren que conectaba el pueblo con Calatayud y Zaragoza, pero las obras en la vía han sustituido el servicio ferroviario por autobuses. Como los buses elegidos son muy grandes y no pueden maniobrar en el pueblo, Renfe ha decidido que la parada sea en un ensanchamiento de la cuneta, en medio de la nada.

La señora espera con paciencia, los retrasos son frecuentes en la línea. Solo una farola le hace compañía. A las diez, ya refresca. Llama al teléfono de atención al cliente de Renfe. Le dicen que puede haber tráfico, que espere. A las diez y media, vuelve a llamar. “Algo está pasando”, le dicen. Le recomiendan que al día siguiente vaya a la estación de Calatayud a presentar una reclamación. Pero ella no quiere reclamar, quiere llegar a casa. ¿Dónde pasará la noche en un pueblo sin servicios de ningún tipo?

A las once, ya es noche cerrada. Hace tiempo que no pasan coches por la carretera. Camina hacia el pueblo. Encuentra un viejo cartel con un número de incidencias. Llama. Le atienden desde Valencia. Por fin, alguien con empatía. Le piden unos minutos. A las once y media, cuarta llamada: le ofrecen un taxi. A los pocos minutos una nueva llamada, esta vez desde Zaragoza para interesarse por ella. Le anuncian que recibirá un SMS con los detalles.

El SMS llega en diez minutos. El taxi le recogerá antes de las doce en la misma mitad de la nada en la que lleva esperando desde las nueve.

Son las doce y cuarto, el taxi no aparece. Llama al número del mensaje. “No encontramos ningún taxi que quiera hacer el servicio”, le dicen. Vuelve a llamar a Renfe. Desde Valencia y desde Zaragoza, le aseguran que lo solucionarán. A las doce y media, recibe tres llamadas: de la aplicación, de Renfe y de la Cooperativa de Taxis de Zaragoza. Un coche ha salido desde Zaragoza. Tardará una hora.

El taxista se pierde. El navegador le manda por un camino rural. Tarda más, pero finalmente llega. Pasadas ampliamente las cuatro horas del horario previsto, ya casi a las dos de la madrugada, la señora llega a casa. No ha cenado. Ha pasado frío. Está agotada.

Este relato, tan real como que sucedió hace apenas unos días, no es una anécdota. Es una categoría. Es el reflejo de lo que viven miles de personas en las zonas despobladas de Aragón, en este caso en el eje Zaragoza–Calatayud–Arcos de Jalón. El transporte público, lejos de ser un servicio esencial, se ha convertido en una odisea. Renfe, en lugar de adaptarse a las necesidades del territorio, impone soluciones que ignoran la realidad rural. ¿Cómo puede ser que una parada se sitúe en una cuneta sin abrigo ni señalización? ¿Cómo puede ser que una persona mayor quede abandonada durante horas sin alternativa? ¿Cómo se puede diseñar un servicio con autobuses de grandes dimensiones que no caben en los pueblos y tampoco en muchas carreteras provinciales?

La falta de servicios no solo dificulta la vida diaria: acelera la despoblación. Sin trenes, sin autobuses fiables, sin atención digna, los pueblos se vacían. La gente se va porque vivir en el medio rural se convierte en una lucha constante. Este caso es real, pero no es único. Es el síntoma de un sistema que olvida a quienes viven lejos de las grandes ciudades.

No podemos permitir que el transporte público en Aragón se convierta en una trampa para los más vulnerables. La dignidad no debería depender del código postal.