En Aragón, como en otras regiones de nuestro país, estamos viviendo una de esas paradojas que invitan a la reflexión: hay empleo, pero no hay personas que cubran la demanda del mercado.
No se trata de una frase hecha ni de una provocación retórica: es una realidad que día a día constatan las empresas de sectores muy diversos. Nos encontramos con vacantes abiertas durante semanas o meses. Y no hablamos de puestos altamente especializados o de perfiles excepcionales, sino de ocupaciones con una demanda creciente y sostenida: operarios logísticos, técnicos en energías renovables, gerocultores, soldadores, carretilleros… ¿Qué está ocurriendo?
La explicación más cómoda, y a menudo superficial, es apuntar a la falta de formación. Sin duda, existe un desajuste formativo, pero la raíz del problema es más profunda. Lo que vivimos es el resultado de una combinación de factores que, juntos, generan una tormenta perfecta: el envejecimiento de la población y un desconocimiento generalizado —cuando no desprestigio— de la Formación Profesional.
La demografía nos está dando señales cada vez más claras. Aragón es una comunidad envejecida, especialmente en las zonas rurales. La natalidad cae, la pirámide poblacional se invierte y, como consecuencia, cada año contamos con menos jóvenes dispuestos (o disponibles) para incorporarse al mercado laboral.
Por otro lado, existe una brecha preocupante entre la percepción social de la Formación Profesional y su verdadero valor. Durante décadas, hemos alimentado un relato que situaba a la FP como una segunda opción, una vía “menor” frente a la universidad. Afortunadamente, eso ha cambiado. Hoy sabemos que la Formación Profesional no solo ofrece salidas laborales rápidas y concretas, sino que además conecta de forma directa con las necesidades reales de las empresas.
Mientras tanto, oficios de toda la vida, como herrero, ebanista o zapatero, se enfrentan a una lenta desaparición por falta de relevo generacional. Son profesiones con un alto valor añadido, que combinan técnica, creatividad y saber hacer, pero que no cuentan con el suficiente reconocimiento social ni con el impulso institucional necesario. Preservarlas no es solo una cuestión de empleo: es una apuesta por la diversidad del tejido productivo, por la tradición y por el futuro.
Entonces, ¿cómo revertimos esta situación?
Necesitamos una estrategia integral de orientación profesional desde edades tempranas, que no se limite a dar información, sino que despierte vocaciones, muestre realidades y conecte con los intereses y capacidades del alumnado. Hablarles de empleabilidad, de competencias, de sectores emergentes, pero también de oficios en transformación, con ejemplos reales y cercanos. La orientación debe ser un eje vertebrador del sistema educativo, no un complemento. Y eso es lo que desde CEPYME y la Fundación Ibercaja llevamos haciendo en nuestra Comunidad Autónoma desde hace 13 años ininterrumpidos. Setecientas mil consultas de padres y alumnos que buscan ORIENTACIÓN para aprender una profesión.
Debemos seguir impulsando una Formación Profesional moderna, flexible, conectada con el entorno productivo y capaz de anticiparse a las necesidades del mercado. Esto exige una estrecha colaboración entre centros formativos y empresas, una apuesta clara por la FP Dual y una revisión continua de los contenidos y metodologías. Pero también requiere inversión: en equipamientos, en personal docente cualificado...
El talento no falta. Existe en nuestros jóvenes, en quienes buscan una oportunidad de reciclarse, en quienes están dispuestos a reinventarse profesionalmente. Pero hay que saber buscarlo, activarlo y, sobre todo, cuidarlo.
Es hora de afrontar este desafío con una mirada estratégica y valiente. De poner en valor las profesiones que realmente sostienen nuestra economía. De romper tabúes, de fomentar la cultura del esfuerzo y de devolver el prestigio a quienes, con sus manos o su técnica, hacen posible que todo funcione.
Porque el empleo está aquí. Lo que necesitamos ahora es que también estén las personas.