Está claro que la predominancia de las redes sociales ha fomentado un discurso polarizado donde la polémica reina a sus anchas. Es decir, ya no existen argumentos intermedios, matices en las afirmaciones, y no digamos rectificaciones en un diálogo con intercambio de pareceres. Vivimos en la sociedad de los dilemas. Blanco o negro, arriba o abajo, derecha o izquierda, bueno o malo. Así es todo, sin excepción.
Por desgracia, el mundo cinematográfico no ha sido inmune a esta tendencia universal. La crítica "tuitera" expande un discurso en el que ya no existen argumentos desarrollados sino afirmaciones categóricas que se suelen resumir en dos ideas: "desastre absoluto" u "obra maestra". Y en torno a esas dos barricadas se ha cimentado el debate público del cine. O estás a favor de una película, o estás en contra. Si te gusta una película, la defiendes como si fuese lo único que se ha rodado en el último siglo y, por supuesto, quien no te da la razón, no tiene ni idea, es un ignorante, o carece de sensibilidad para entender las sutilezas de la genialidad.
Los mismos argumentos se podrían utilizar cuando una película no gusta: "¿no te das cuenta de las carencias que tiene?"; "igual necesitas ver más cine"; o simplemente, "no tienes ni idea".
En definitiva, asistimos al despliegue de una sociedad donde la palabra ha perdido claramente su sentido auténtico, y en la que llamar la atención e imponer una postura son las tendencias naturales. No puedo sino aborrecer esta deriva en la que nos encontramos, que agudiza los dilemas pero que, especialmente, simplifica los argumentos para homogeneizar el gusto y las ideas. Todos iguales y peores. Cerrados a los demás, categorizados y simplificados al extremo.
El arte siempre ha estado relacionado con el concepto de "gusto", que implica claramente una visión personal y subjetiva, y esto no conlleva nada negativo. Además, el "gusto" puede tener un componente "universalizador". Es decir, puede ser compartido. Descubrir que una película que te enamora le emociona a otra es un regalo, pero comprender las razones que remueven al público en aquellas obras que no te gustan es todavía aún más emocionante.
En definitiva, en la diferencia, en los contrastes, tal y como explica el profesor Alfonso López Quintás, es donde llegamos al encuentro. Y no hay nada más maravilloso que descubrirnos en las diferencias, ampliar nuestros horizontes, y sentir sensaciones que jamás experimentaríamos por nosotros mismos. Y es que el cine se fundó gracias a las emociones colectivas y no hay nada más enriquecedor que vivirlas por primera vez. Y algo mejor. Si proyectas estas vivencias a través de los ojos de otras personas, saldrás enriquecido.
Joseba Bonaut Iriarte, profesor titular de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la Universidad de Zaragoza