La tribuna

Bloqueo en Venezuela: ni negociación, ni revocatorio

Bloqueo en Venezuela: ni negociación, ni revocatorio

Ilustración

Cuando el 5 de marzo del año 2013 moría Hugo Chávez, hasta el último venezolano sabía que aquella fecha supondría un antes y un después para el país. Los unos, porque su carismático referente había desaparecido; los otros, porque se abrían enormes oportunidades de crecimiento político, prácticamente inalcanzables desde que el líder bolivariano ganase la presidencia de Venezuela en 1999.

Ni cuatro años han pasado desde aquel momento y, siendo generosos en el diagnóstico, el país vive una tormenta perfecta. Una crisis fraguada al calor de las debilidades del sistema heredado de Chávez y alimentado por el irrefrenable deseo de todos los sectores políticos por asegurarse el mayor poder a su alcance. Cuesta imaginar cómo puede llegar a ser posible que el país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo se esté enfrentando a una inflación desbocada, al desabastecimiento y a la polarización social más absoluta que se conoce en los regímenes democráticos existentes en el mundo.

En los últimos años Venezuela se encuentra en un embudo político que va del inmovilismo a la confrontación

Más allá de esto, los posibles caminos a recorrer han ido desapareciendo hasta quedar un embudo político que sólo deja dos opciones: sentarse a la mesa o llenar las calles. En definitiva, el tira y afloja de todos estos años entre inmovilismo o confrontación. La oposición parece haber optado por lanzarse a las calles con la "Toma de Venezuela" que llenó ayer el país con miles de manifestantes así como la huelga general convocada para el viernes y la marcha prevista a Miraflores la semana que viene.  Ahora, tanto la oposición como el presidente Nicolás Maduro parecen haberse percatado del desastroso punto en el que se encuentran. Ninguno tiene fuerza ni legitimidad para imponerse sobre el otro, y el tiempo, que deteriora cada vez más el país que todos prometieron mejorar, corre en su contra.

Pocos en la Mesa de Unidad Nacional (MUD), la formación que aglutina a la heterogénea oposición venezolana, se creían los resultados que acababan de obtener aquel 6 de diciembre del año 2015. Era la primera derrota que conseguían endosarle al chavismo en dieciséis años. Por si fuera poco, habían logrado que el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) retrocediese lo suficiente en la Asamblea Nacional como para otorgarles una mayoría de dos tercios, la frontera necesaria para obtener un poder considerable en el Legislativo y poner contra las cuerdas al presidente Maduro.

En 2015 el electorado venezolano no apoyó a la oposición por afinidad con su caus, sino como castigo a Maduro

Sin embargo, muchas lecturas erradas salieron de aquella jornada. La primera, que la MUD había conseguido sobreponerse al chavismo. El electorado venezolano no había apoyado al conglomerado electoral opositor por afinidad, sino como castigo a Maduro, esperando una reacción del chavismo ante la desastrosa situación del país. La segunda, entender que la MUD es un partido al uso, homogéneo, fuerte y unido, cuando lo cierto es que es una amalgama de formaciones –con algunas rencillas entre sí– de diversa ideología y con distintos intereses cuyo único punto en común es el rechazo al sistema chavista.

No era extraña la derrota del PSUV. Maduro no era Chávez y las costuras del sistema asistencial se veían con claridad con un petróleo con los precios desplomados. El sistema cambiario y el de precios fijos para productos de primera necesidad habían enloquecido por la inflación, dando pie a que la especulación y los llamados bachaqueros –personas que compran a precios subvencionados y revenden a altísimos precios de mercado– proliferasen por todo el país. Y eso sin contar con la sospecha de que parte del sector empresarial estaba promoviendo el desabastecimiento de los comercios del país para dañar al Gobierno.

La condena del chavismo a Leopoldo López fue una medida torpe, que acabó convirtiendo al opositor en un mártir

Tampoco fue hábil la gestión del chavismo con las acciones de la oposición. Maduro había salvado por escaso punto y medio las presidenciales de 2013 –un mes después de morir Chávez– frente a Henrique Capriles, la cara visible de la MUD. Ante este evidente debilitamiento del chavismo, la oposición redobló sus esfuerzos por hacerse presente en la calle. Las manifestaciones se hicieron habituales, a lo que se unieron las guarimbas, protestas en las que los sectores acomodados levantan barricadas –a menudo incluso incendiándolas– de manera sorpresiva. Los niveles de violencia política eran tan alarmantes que no fue extraño que en febrero de 2014 las manifestaciones convocadas por la oposición acabasen con 43 muertos y 600 heridos, muchos de los cuales nada tenían que ver con las protestas. Un trágico balance cuya responsabilidad recaía por igual en fuerzas policiales y en miembros armados de la oposición. Por incitar a estas acabó el conocido opositor Leopoldo López –descendiente de Simón Bolívar y exalcalde de Chacao, uno de los municipios más ricos de Venezuela– condenado a más de trece años de prisión.

Medida torpe del chavismo, que ya había comenzado a instrumentalizar sin pudor las instituciones y los poderes estatales en favor de la pervivencia política del presidente. Una condena orientada a disuadir a la oposición de intentar repetir algo similar acabó por convertir a López en un mártir, insufló ánimos a la MUD y atrajo las miradas de medio mundo sobre la situación en Venezuela.

Es evidente lo mezclados que están el Estado y Maduro y cómo el primero se encarga de mantener vivo al segundo

Los últimos sucesos políticos ocurridos, con unas elecciones regionales aplazadas a 2017 sin motivo de peso aparente y un revocatorio paralizado por un extraño encaje de bolillos entre tribunales provinciales y el Consejo Nacional Electoral (CNE), evidencian lo mezclados que están ya el Estado y el propio Maduro y cómo el primero se encarga de mantener vivo al segundo. El objetivo es que al menos el revocatorio –si llega a producirse– se haga a partir de enero de 2017. De esa fecha en adelante, de verse obligado Maduro a dejar el cargo, la presidencia recaería en su vicepresidente, Aristóbulo Istúriz, evitando una celebración de presidenciales hasta el fin del mandato, en 2019.

No hay gran cosa que pueda hacer la oposición, en realidad. La apertura del “juicio político” es poco más que un farol que intenta emular el reciente precedente brasileño, y si bien los números en el Legislativo salen para intentar modificar la Constitución del país, con que un solo diputado –de 112– de la MUD cambiase de bando, todo el plan se vendría abajo al perder la mayoría cualificada. Dada la heterogeneidad de la coalición, no es una apuesta muy recomendable.

Sin restarle mérito a la Santa Sede, no parece que pueda conseguir grandes concesiones de ninguna de las partes

Es en este impasse cuando ha surgido una figura inesperada: el papa Francisco. Con la experiencia del deshielo entre Cuba y Estados Unidos y el proceso de paz en Colombia, parece que la diplomacia vaticana se ha propuesto mediar en el escenario político más enquistado de América Latina.

No obstante, sin quitarle mérito a la Santa Sede –ha sido fundamental en los dos procesos mencionados–, no parece que pueda obtener grandes concesiones de ninguna de las partes. Bien es cierto que Maduro no va a poder aguantar en esta situación hasta 2019, como la oposición no va a poder ir más lejos –pacífica y legalmente– más allá de donde ya ha ido. Quizá la solución pase por pactar la propia fecha del revocatorio y realizar una transición controlada hacia el mismo. Maduro se aseguraría la pervivencia del chavismo hasta 2019 –permitiendo al PSUV reorganizarse– y la MUD conseguiría el objetivo de realizar el referéndum. A fin de cuentas, tan incomprensible es el bloqueo gubernamental a una expresión de la voluntad popular como el afán opositor por descabezar como sea al chavismo. O quizá el problema es intentar buscarle algo de sentido a lo que ocurre en Venezuela.

*** Fernando Arancón es licenciado en Relaciones Internacionales, Máster en Inteligencia Económica y miembro de la dirección de la revista ‘El Orden Mundial en el Siglo XXI’.