Correr la milla

La máquina del fango

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Es probable que dentro de unas horas Donald Trump declare que una conspiración mediática le ha impedido llegar al Despacho Oval. En realidad, el hecho de que un disparate como Trump esté en la disputa por la presidencia a apenas 48 horas de la noche electoral es un síntoma de hasta qué punto los periodistas han hecho mal su trabajo. Para beneficio de Trump, claro.

Las encuestas están tan ajustadas que Pedro Sánchez ha tenido que irse a Washington para acudir en auxilio de Hillary Clinton. El exsecretario general rompe así la aseada tradición del socialismo español de no interferir con su influencia en las elecciones de Estados Unidos. Fue José Blanco, siendo secretario de Organización del PSOE, quien renunció a manipular la voluntad de los votantes estadounidenses cuando en 2008 en el proceso de primarias en el Partido Demócrata decidió no revelar su preferencia entre Barack Obama y Hillary Clinton: “Me he resistido a confesar públicamente mi simpatía [por Obama] para no interferir lo más mínimo”.

Pedro Sánchez también culpó a los medios de su desgracia. Se presentó a su entrevista con Jordi Évole como si fuera el dueño de una mercería acosado por la mafia. Quién diría que ese hombre cabizbajo y balbuciente había sido hasta hace sólo una semanas el líder del partido que durante más tiempo ha gobernado España. Quién diría que había sido él, el desamparado Sánchez, quien solicitó una reunión con el presidente de Telefónica para que utilizara el 13% que la compañía posee de Prisa como palanca para torcer, mucho, la línea editorial de El País y que el diario institucional y europeísta aplaudiera un gobierno que incluyera a los elementos más reaccionarios del sistema español de partidos. Porque lo estrafalario habría sido que prestara su apoyo a semejante engendro y no lo contrario. ¿Lo duda Sánchez? ¿Acaso también él es lector del Marca?

Lo de la conspiración mediática es una coartada muy coqueta que entusiasma a las bases. El otro día, por ejemplo, en La Sexta Noche intervinieron Irene Montero, Rita Maestre y Ramón Espinar. En el mismo programa, el Gran Wyoming fue objeto de una larguísima entrevista, en la que defendió sin complejos la teoría y la práctica de Podemos y atacó con dureza a PP, PSOE y Ciudadanos hasta el punto de alegar que “la política de este Gobierno genera muerte” y que “los jueces de este país están haciendo lo posible para no sacar a la gente de las cunetas”. Cuando Jesús Maraña, director editorial de Infolibre, estaba interrogando al afortunado Espinar por sus negocios inmobiliarios, éste dijo: “A veces tengo la sensación de que a los de Podemos se nos niega el derecho a la palabra”.

España es un país cuyo espectro radioeléctrico puedes atravesar saltando de tertuliano de Podemos en tertuliano de Podemos y aun se sienten amordazados. Lo curioso de esta campaña suya de La máquina del fango es que, como casi siempre que se habla de una conspiración mediática, lo único que se reprocha es la oportunidad. El fango existe, vienen a decir, pero no deberían ponerse a procesarlo precisamente ahora.