El pandemónium

La carta de María Luisa

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María Luisa Carrillo, ilustradora y escritora, pero “sobre todo” madre, se puso a llorar cuando conoció la nota de su hija en la Prueba de Acceso a la Universidad. Y eso que había aprobado. Luego se secó las lágrimas, le escribió una carta a su hija y, en vez de leérsela de viva voz a la hora de la cena, la mandó al diario El País, que la publicó este martes. Confiemos en que la hija de María Luisa Carrillo sea lectora de El País. Confiemos también en que el ejemplo de María Luisa Carrillo no cunda.

—¿Has recogido a tu hermana pequeña en el colegio?

—¿Cómo? No sabía que me tocaba recogerla a mí.

—Pues el diario El País me ha publicado una carta en la que te decía muy claramente que debías recoger a tu hermana a las 17.00.

—¿Pero desde cuándo leo yo El País, mamá? Ya sabes que yo soy más de Snapchat.

—Estás castigado.

—Hasta que no lo publique Antonio Caño no me daré por notificado oficialmente.

María Luisa Carrillo ha escrito la carta porque se siente culpable. Se siente culpable porque vive frente a un parque precioso y su hija no ha podido disfrutar de él. Ríanse ustedes de los monjes de clausura, de los escolares coreanos y de los opositores a notarías. “Volvíamos a casa todas las tardes sin pararnos porque teníamos que encerrarnos a hacer deberes”. Sorprende ese plural: “encerrarnos”.

También dice María Luisa sentirse triste por haber “sacrificado” la infancia de su hija. Y le pide perdón. “Perdóname, hija mía. Sólo quise lo mejor para ti y esta sociedad me obligó a meterte en ella”. Esta última frase es especialmente críptica. Porque la opción de calzarse un taparrabos y largarse al bosque más cercano a cazar ardillas con un tirachinas está al alcance de cualquiera: sólo hay que enfilar el camino más recto que salga del pueblo y en el primer alcornoque a la derecha está la libertad. Es lo del emboscado de Ernst Jünger, pero sin tanta filosofía germánica intensa a cuestas.

Maldice finalmente María Luisa a “esta sociedad que sólo se mide en resultados, que no tolera el fracaso”. Con lo de “resultado” se refiere María Luisa a la nota de su hija, “un guarismo más en el que quedan resumidas muchas vidas reducidas a matemáticas”.

Me sorprende la mala prensa de las “frías” matemáticas y los guarismos “reduccionistas” teniendo en cuenta que aún no conozco a una sola persona con los arrestos suficientes como para subirse a un avión que no haya sido construido por ingenieros con “guarismos” reduccionistas, pero excelentes, en las Pruebas de Acceso a la Universidad. O de meterse en un quirófano en el que el cirujano no haya obtenido su título tras ser evaluado de acuerdo a un criterio “matemático” frío como el hielo polar. O de vivir en una casa que no haya sido construida de acuerdo a los poco empáticos “guarismos matemáticos” de la resistencia de materiales.

Pero puede ser que la hija de María Luisa sea de letras y quiera estudiar una carrera de letras. Ahí sí le doy entonces la razón a María Luisa: para acabar en humanidades, historia, políticas, filología o periodismo, mejor haberse tirado las tardes en el parque chutando guijarros.