Sin soltar amarras

El último deseo

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Se llamaba Daniel Fleetwood y era fan rendido de la saga Star Wars, quizá de esos  que decoran el dormitorio con posters de Yoda, se compran muñequitos de la familia Skywalker y buscan en cada chica a un remedo de la princesa Leia.

Daniel, que tenía 31 años, llevaba meses esperando la nueva entrega de la serie, pero un cáncer de pulmón se le cruzó en su camino y recibió su sentencia de muerte al mismo tiempo que los cines de todo el mundo anunciaban la fecha del estreno de El despertar de la fuerza. Y tuvo que aceptar al mismo tiempo que iba a morirse y que no podría ver el séptimo capítulo de las aventuras de Han Solo y compañía.

Es difícil entender que un hombre joven condenado a muerte se vaya a sentir más desdichado por no poder seguir las andanzas de Darth Vader, pero el corazón humano está lleno de sustancias misteriosas y felizmente distintas. La esposa de Daniel, Ashley, inició entonces una campaña en redes sociales para que J.J. Abrams, director de El despertar de la fuerza, le permitiese verla antes de su estreno. La galaxia global hizo el resto: los mensajes se multiplicaron, e incluso algunos actores de la película se unieron a la petición de Ashley Fleetwood.

Supongo que la historia de Daniel tocó el corazón de los estudios Walt Disney, que decidieron convertirse en el genio de la lámpara de los deseos y dieron su permiso para que fuese el primer espectador de la película. Murió un par de días después de ver hecho realidad su sueño.

Es bonito pensar que el cine proporcionó a alguien sus últimas horas de dicha. Ese es el fin de la ficción: brindar una salida, un refugio, una vía de escape. Estoy segura de que en las dos horas que duró la proyección de El despertar de la fuerza, Daniel no pensó en su enfermedad, ni en su dolor, ni en la inminencia de la muerte, ni en su condición de chico desahuciado.

Cuando se apagaron las luces, cuando se escuchó la sintonía de Star Wars, cuando brillaron las espadas láser y despegó el Halcón Milenario con el magnífico estruendo de la factoría Disney, Daniel dejó de ser un moribundo para convertirse en un privilegiado: millones de aficionados a la ciencia ficción habrían querido estar en su lugar. Y a pesar de su desdicha, es posible que durante unos instantes Daniel se sintiera incluso afortunado.

Me alegro de que JJ Abrams haya querido demostrar que, como alguien dijo una vez, el cine está fabricado del mismo material del que están hechos los sueños.