Qué raro es todo! por Álvaro Guibert

Brahms de otra manera

19 septiembre, 2018 12:33

¡La magia de la radio! Será un lugar común, pero a mí me sigue pareciendo mágica. Ayer iba yo camino de Pastrana, entre Escariche y Escopete, en plena Alcarria, pensando en Cela y en su cuadro inicial: el viajero en la pensión, planeando el viaje, la izquierda aplastando el mapa de la Alcarria contra la pared, la derecha sujetando el lápiz, la colilla en la boca, el humo en el ojo a medio cerrar. Pensaba también en otro cuadro inicial: el de Cervantes pluma en ristre imaginando el Quijote. Todo eso, junto con un millón de encinas y la carretera que las iba regateando, desapareció de mi mente por arte de birlibirloque en cuanto empezó a sonar Brahms en la radio. Era un Brahms distinto, orquestal pero no sinfónico, profundo pero no demasiado serio, el Brahms de la Serenata núm. 2 dirigida por un español, Jaime Martín, al frente de una orquesta sueca, la Sinfónica de Gävle, la vieja Gevalia latina.

[caption id="attachment_1059" width="560"] Jaime Martín dirige a la Sinfónica de Gävle  en las Serenatas de Brahms[/caption]

Las dos serenatas de Brahms (esta en la mayor y la primera en re mayor) se tocan muy poco y no sé por qué. A Brahms le costó veinte años reunir el valor y la madurez necesarios para terminar la primera de sus cuatro sinfonías, que son cuatro cumbres del arte europeo, pero, entre tanto, compuso con cierta facilidad dos serenatas que no miran a las sinfonías que había dejado plantadas Beethoven, sino a los divertimentos que Haydn y Mozart solían componer sin mayores pretensiones para amenizar las veladas de sus aristocráticos mecenas.

Las sinfonías, sobre todo si son de Brahms, tienen obligación de ser hondas y dramáticas, pero las serenatas, no. Una serenata puede tranquilamente ser somera y celebrar con sencillez la belleza de los sonidos y la gracia de los ritmos. Las serenatas son música para pasar la tarde y pueden conformarse con colorear un poco el tiempo. La Serenata en la es una delicia. Es Brahms, pero de otra manera. Es un Brahms sonriente, que se entretiene jugando con los sonidos de la orquesta. El color es deslumbrante y satura a veces el espacio, como en las pinturas impresionistas. Los vientos, con los clarinetes a la cabeza, están casi siempre en el primer plano de una orquesta que ha dejado muchos músicos fuera: no hay metales (salvo dos trompas), ni timbales... ¡ni violines! La cuerda es toda grave: violas, violonchelos y contrabajos, como anticipando a Stravinski, otro enamorado del color viento que tampoco tenía empacho en suprimir los violines. El atracón de colores de este Brahms recuerda a la Gran partita de Mozart, el Septimino de Beethoven y el Octeto de Schubert, pero con dimensión orquestal.

Jaime Martín acaba de grabar para el sello Ondine una versión señorial de las dos serenatas. Es fácil desorientarse o atragantarse con este Brahms inhabitual, entre serio y ligero, entre sinfónico y de cámara. Martín lo clava, como clavó hace unos años la Sinfonietta de Halffter, otra música sonriente y maravillosa, pero llena de escollos en los que han naufragado directores de postín. Tras muchos años como flautista de éxito en la London Philharmonic y en la Academy of St. Martin in the Fields, la carrera de director de Jaime Martín está subiendo como un cohete. Es titular en Gävle desde hace cinco años y acaba de aceptar el mismo puesto en la Orquesta de Cámara de Los Ángeles. En España le vemos poco. Es titular de la Orquesta de Cadaqués y director artístico del Festival de Santander, donde prefiere no programarse (un pudor saludable e infrecuente).Nos podremos desquitar dentro de unas semanas en el Auditorio Nacional de Madrid, donde actuará al frente de la London Symphony.

Image: De capitanes, reyes, hombres y bestias

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