Boxeo

Rubén Nieto revalida su título en el mejor combate del siglo entre púgiles españoles

Vence a Nicolás González en el séptimo asalto de un combate casi de película celebrado en la Cubierta de Leganés.

Rubén Nieto (i) y Nico González (d).

Rubén Nieto (i) y Nico González (d). EFE

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Lo de combate épico suena a topicazo, pero lo de la noche del viernes en Leganés no puede definirse de otra manera. Fue una conmovedora batalla entre dos titanes, un ardoroso torneo entre caballeros, un frenético viaje en una montaña rusa. El duelo entre Rubén Nieto y Nicolás González rozó la inverisimilitud de los combates de las películas de Rocky. Siete saltos de vértigo y de incertidumbre, de sorprendentes cambios de rumbo y de recuperaciones milagrosas. Un libro de caballería de siete capítulos. Una locura de alto voltaje.

La Cubierta de Leganés, a la que acudieron aproximadamente unos 6000 privilegiados, se convirtió en el escenario del mejor combate entre españoles, como mínimo, de lo que llevamos de siglo. Es difícil recordar un campeonato tan vibrante, intenso y dramático. Los dos cayeron y se levantaron. Rubén se aferró a su cinturón y lo defendió con sobrecogedora heroicidad ante un valiente Nicolás González que supo sufrir y batirse como un coloso, y que llegó a rozar la gloria con la yema de sus dedos. Inolvidable.

En el séptimo episodio y con el público en pie, el árbitro inglés Michael Alexander decidió detener la contienda cuando Nico reculaba hacia las cuerdas sin caer, pero visiblemente desmadejado. Había sido alcanzado por un preciso hook de izquierda, un misil de cuarenta y cinco grados, que Nieto atinó a colocar y que afectó visiblemente la coordinación del retador. Un posterior croché de izquierda del campeón desencadenó la decidida intervención arbitral. Tal vez otro árbitro, más lento o menos humano, podría haber dejado continuar el combate pero con un riesgo muy alto. Mejor así. La actuación del referee es irreprochable.

Un combate de película

Parecía increíble, de guion de Hollywood. Justo en el asalto anterior el que estuvo flotando fue Rubén Nieto que se fue a la lona, a duras penas pudo levantarse y acabó el round con el piloto automático, fundido, tirando de casta y sacando ese instinto de supervivencia que tiene los grandes guerreros. Como en las películas, al campeón le había salvado la campana. Al sonar el gong, música celestial a los oídos de la esquina de Rubén, su entrenador, Luis Muñoz, entró en el ring corriendo para alzar a su pupilo y llevárselo en volandas hasta su banqueta. La capacidad de recuperación de Nieto en ese minuto de descanso resultaría clave en el desenlace final.

Nicolás sabe ya lo que es caer y levantarse, tener que apretar los dientes y sufrir. En algún momento del combate le pudo faltar experiencia, pero de corazón anda sobrado. Estadísticamente, su palmarés tiene ahora una mácula pero puede ir con la cabeza muy alta. Al perdedor también se le despidió entre vítores.

Decía Jack Blackburn, legendario entrenador del gran Joe Louis, que todo boxeador para ser grande ha de haberse llevado en algún momento una buena tunda. Si es capaz de levantarse y aprender, llegará lejos. De hecho opinaba que lo que hizo realmente grande a su pupilo fue la manera de afrontar y superar su primer descalabro frente a Max Schmeling. Castillejo perdió ante Vásquez en su primer intento de proclamarse campeón mundial y el propio Nieto ante Di Rocco, cuando disputó por primera vez el europeo. Ambos salieron reforzados y mejores boxeadores. O como resume otro entrenador, mucho más cercano en el espacio y en el tiempo, el Hermano Mayor Jero García: cuando no se gana, se aprende. Nico superará el varapalo y tiene aún mucho recorrido.

El combate comenzó con un tenso asalto de tanteo. Una cosa es lo que se ve en los vídeos o lo que te cuenten, o incluso el recuerdo de esa vez en la que se entrenaron juntos, pero es en esos tres primeros minutos en los que los boxeadores se sienten, se palpan, se miden. Valoran si su rival es o no tan fuerte como parecía o si está más o menos rápido que lo que se apreciaba en sus combates anteriores. También es tiempo de cruzar miradas; se buscan las dudas e inseguridades y se examinan las reacciones. Pero poco duró esa fase analítica. El campeón salía boxeando alto, como dicen los anglosajones, erguido, con calma intentando aprovechar su mayor envergadura. Nico salió a presionar y a adueñarse del centro del ring, boxeando bajo, cabeceando, agazapado como Frazier o Tyson. La suya era una lucha por acortar la distancia, dando pasos para cerrar las salidas y moviendo la cabeza y la cintura para poder superar la barrera que le imponía Nieto con sus directos. Nico dejó muestras del peligro que llevan sus voleas de derecha y con una presión más decidida se llevó el asalto.

A González se le suele dar mejor hacer daño que ganar asaltos, pero estaba realizando un gran trabajo. En su esquina le recordaban lo trabajado, con su lenguaje en clave: “la de Cotto, la de Julito, ahora como con Tyrone…” Nieto aguantaba paciente pero el ritmo iba en aumento.

La pelea se 'calentaba'

Lo que ocurrió a partir del tercero es lo que entra en el terreno de la épica. Nieto, corazón caliente, salió mucho más decidido y Nico no quería ceder terreno. El pleito empezaba a ser más físico que táctico y se empezaron a cruzar golpes de manera decidida. Los de González parecían más contundentes, aunque más precisos los de Rubén. El combate no había hecho más que empezar y el rostro de Nieto ya estaba visiblemente marcado. El campeón empezó a sufrir una llamativa hemorragia nasal pero no variaba el rostro serio y concentrado. La tensión aumentaba y los intercambios de cuero cada vez se intuían más peligrosos. Y en esas que Rubén cazó a su retador. Dos contundentes y certeras izquierdas afectaron el equilibrio de Nicolás que se fue a la lona por primera vez en su carrera. Estaba dañado. Había llegado el momento de saber de qué pasta estaba hecho. La Cubierta rugía.

Y Nico se levantó, sufrió, apretó los dientes y demostró una tremenda capacidad de recuperación. Era la primera vez que como profesional se veía en una así y reaccionó con coraje. Cuando más tocado estaba, lo que le faltó de experiencia para agarrarse y enfriar el combate lo suplió con bravura. Seguía muy dañado, en su físico y en su orgullo, pero reaccionó con arrojo y acabó el asalto soltando peligrosos zarpazos. Nieto entendió en ese momento que le esperaba una exigente contienda.

El cuarto fue de extremada intensidad y dureza. Lo estratégico pasaba a un segundo o tercer plano. A ese ritmo era imposible que el combate llegara a la distancia. Los dos se hacían daño, arriba y abajo. El combate era ya una guerra de desgaste. Como en el quinto, en el que apretó Rubén, acertando con sus directos. El intento de acortar la distancia de Nico tenía un precio alto pero el de La Cabrera estaba decidido a pagarlo. Y llegó con una tremenda izquierda al cuerpo del campeón. Un golpe tan duro como con el que noqueó a Steve Jamoye. Pero Rubén Nieto está hecho de otro material. El impacto del golpe en su zona hepática le hizo encogerse. Le habían sacado el aire y retrocedía sin fuelle. Pero aguantó el tipo y se metió de nuevo en la refriega.

El combate iba parejo pero tal y como se estaba desarrollando el campeonato, lo de las cartulinas parecía secundario. El sexto iba por los mismos derroteros porque ya no había tregua. Y si en el tercero Nico estuvo al borde del KO, fue Rubén el que más cerca estuvo de caer por el precipicio. Quedaba claro que Nico hace mucho daño y en uno de los intercambios culminó una de sus combinaciones con un croché de izquierda que explosionó en la mandíbula de Nieto. El campeón caía desplomado y es difícil de explicar cómo pudo superar la cuenta del inglés y ponerse en pie. Aun así estaba flotando y tuvo que tirar de instinto hasta que sonó la campana salvadora. Se lo tuvieron que llevar en brazos a su rincón, lo que hace todavía más incomprensible lo que sucedió en el séptimo y definitivo capítulo de este thriller.

La recuperación de Rubén fue milagrosa. Le habíamos visto frito y sin embargo sacaba ahora su mejor boxeo, más en línea, utilizando sus duros directos ante un sorprendido Nicolás, que de haber durado el asalto anterior un poco más se habría llevado el cinturón. Seguían cruzando golpes con el público en pie. Y entonces llegó esa izquierda de Rubén, la que finalmente definió la Batalla de Leganés. Nico no cayó, aguantaba en pie, pero el árbitro decidió intervenir.

El abrazó final de los dos luchadores con el público ovacionándolos será difícil de olvidar por los que pudieron vivir una noche tan llena de emociones. Nico y Rubén se abrazaban y se reconocían mutuamente, habían compartido algo muy íntimo e intenso. Juntos, acababan de hacer historia.