FÚTBOL SUDAMERICANO

Pumas: la última esperanza mexicana en la Copa Libertadores

El equipo lucha por ser el primer club del país en ganar el trofeo más importante de América.

Formación clásica de Pumas mientras suena el himno de la universidad.

Formación clásica de Pumas mientras suena el himno de la universidad. Pumas, UNAM

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La revolución mexicana algún día llegará a la Copa Libertadores, a pesar de los pesares y de los grandes dominadores argentinos y brasileños. Llegará como llegaron las tropas de Pancho Villa hasta donde nadie hubiera imaginado, y hasta donde levantaron la dignidad los movimientos estudiantiles más aguerridos. En la edición de 2016 del torneo de clubes más importante de América, ya en su fase de cuartos de final, la última esperanza mexicana son los Pumas. Y los Pumas y su casa, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), no son cualquier cosa.

No es tarea fácil elegir las palabras para contar la sensación de pasear desde la Biblioteca Central hasta el Estadio Olímpico. El aficionado llega extasiado desde el mural de Juan O´Gorman hasta el de Diego Rivera. Tampoco es fácil explicar el respeto que se palpa al caminar por la ciudad universitaria que catapultó el movimiento estudiantil en los años sesenta. Esa revolución estudiantil que crecía formando equipos, de fútbol y fútbol americano, y mamaba compañerismo cada fin de semana.

El césped brota, junto a las facultades, nostálgico pero con todo el orgullo del mundo. Centenas de aquellos estudiantes, con la bandera de la UNAM a cuestas, fueron acribillados mientras luchaban por sus derechos en Tlatelolco, Plaza de las Tres Culturas de Ciudad de México, el 2 de octubre de 1968 –10 días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos–. Masacrados en el mismo lugar donde cuatro siglos antes Hernán Cortés masacró a decenas de miles de indígenas.

Aquel 12 de octubre de 1968, en la apertura de los Juegos Olímpicos, el estadio, de luto, veía cómo el presidente Díaz Ordaz –orquestador de la tragedia– pasaba página y obligaba a transformar la lucha en algo eterno, como no podía ser de otra manera. Desde entonces el 2 de octubre no se olvida y los Pumas son muchos Pumas. El equipo que vio nacer el mito de Hugo Sánchez está actualmente dirigido por Guillermo “Memo” Vázquez, un hombre de la casa, y en el último lustro ha conseguido ser campeón del Torneo Clausura mexicano en 2011, y subcampeón del Apertura el año pasado, en una final angustiosa contra Tigres.

Las fuerzas se despliegan al ritmo de Matías Britos, Eduardo Herrera e Ismael Sosa, con una retaguardia serena y bien plantada capitaneada por Darío Verón y Gerardo Alcoba, protegiendo al Pikolín Palacios, veterano guardameta, también de la casa. Al mismo tiempo que avanzaban en la Libertadores se despeñaban en el Clausura 2016, donde no han podido ni clasificarse entre las ocho plazas con derecho a playoffs. Pero que no cunda el pánico entre los revolucionarios: es algo normal y todo tiene una explicación.

Matías Britos celebra un gol con Pumas.

Matías Britos celebra un gol con Pumas. Pumas, UNAM

México y Pumas en la Libertadores

Los equipos mexicanos nunca lo han tenido sencillo en la Copa Libertadores. Hay que destacar, en primer lugar, que México –perteneciente a la Concacaf– sigue siendo país invitado en esta competición de la Conmebol y la nómina de clubes mexicanos que la juegan cada temporada no es la mejor posible: los mejores de cada campeonato –campeones y subcampeones del Apertura y del Clausura– disputan la Liga de Campeones de la Concacaf –la Concachampions, cuyos principales rivales son los equipos de Estados Unidos–.

Su confederación oficial, por supuesto, les obliga a organizarse así. Los equipos mexicanos clasificados actualmente para cada edición de la Libertadores son el primer y el segundo clasificado de la fase regular del Torneo Apertura –por lo tanto, no los campeones, ya que estos torneos cuentan con playoff final–, y el campeón de la Supercopa MX. Pumas, en este caso, lideró la tabla general el torneo pasado.

El ramillete de inconvenientes es desalentador. Por llegar desde las lejanas tierras de América del Norte, los equipos mexicanos pueden llegar a dar la vuelta al mundo un par de veces tranquilamente en cada edición; detalle que, de cara a elegir entre la competición local y la internacional, y de cara al cansancio, es fundamental. Viajar a Manchester no es lo mismo que viajar a los estadios de Bolivia o Venezuela. Ahí está la magia.

Tampoco tienen derecho a jugar, si triunfan en la competición, el Mundial de Clubes, ya que la Conmebol tiene reservado un lugar, como todas las confederaciones, y en este caso el único representante de la Concacaf vendría desde la Concachampions. Lo que más escuece, en cambio, es que la Copa Libertadores ha de entregarse cada año en territorio sudamericano; lo cual significa que en el partido de vuelta de la final los equipos mexicanos siempre tienen factor campo en contra, aunque sobre el terreno de juego se hayan ganado esta ventaja.

Herrera y Sosa celebran uno de los goles del equipo universitario.

Herrera y Sosa celebran uno de los goles del equipo universitario. Pumas, UNAM

Pumas, en la edición en curso, ha sido el segundo mejor equipo de la fase de grupos, por detrás de Atlético Nacional. Solo deberían tener factor cancha en contra en una hipotética final si se enfrentaran a los de Medellín. Sin embargo, jugarán el partido de vuelta fuera de casa contra cualquier equipo, si alcanzan ese objetivo. A Tigres le sentenció esta norma el año pasado contra River Plate, después de un campeonato para el recuerdo.

La historia, eso seguro, siempre te da una segunda oportunidad. Igual que en Tlatelolco hubo dramas, allí mismo también se fugó de la cárcel Pancho Villa. Los techos de alguna cantina del DF fueron testigos de su festejo y aún conservan agujeros de recuerdo. México también tendrá esa nueva oportunidad en la Libertadores. Hasta la fecha, al margen de Tigres en 2015, no consiguieron culminar la revolución ni Cruz Azul –cayó ante Boca en 2011– ni Guadalajara –cayó ante Internacional de Porto Alegre en 2010–. Los Pumas, para alentar a los rebeldes, han demostrado que saben sufrir, lo cual es obligatorio en la Copa Libertadores. Divertirse es lo de menos, aquí prevalece apretar los puños, los dientes y la lengua.

Aunque su fútbol no ha sido espectacular, sí ha contado con la dosis de sangre caliente suficiente como para resolver con carácter los partidos en el Estadio Olímpico, y llevarse triunfos en Ecuador contra Emelec y en Paraguay frente a Olimpia. Ha atacado con rabia con una buena tropa de mediapuntas, y ha mantenido la calma necesaria para atar esos tesoros en los campos en los cuales a otros muchos equipos se les escapa el torneo año tras año.

Debido a su magnífica primera fase, el rival de octavos fue asequible –de nuevo, como en fase de grupos, los venezolanos de Deportivo Táchira–, pero sudó sangre hasta el final. En cuartos de final le esperan los ecuatorianos de Independiente del Valle, verdugos del actual campeón, River Plate. La diferencia es que a Pumas los partidos en altura le afectan poco o nada –clave también en Libertadores– y el grupo llega en su mejor momento. En semifinales esperarían Boca Juniors o Nacional de Montevideo. Casi nada. Por el otro lado del cuadro llegan brasileños, colombianos y más argentinos. No hay respiro.

La Copa Libertadores, como demuestra la trayectoria de los equipos mexicanos desde que comenzaron a disputarla en 1998, no perdona nunca. Pero por muchas dificultades que se presenten, a Pumas, y a México, sobre el césped nostálgico siempre les quedará una bala. Como a Pancho Villa de correrías nocturnas, o escapando de su celda en Tlatelolco.

Los futbolistas de Pumas celebran uno de sus goles.

Los futbolistas de Pumas celebran uno de sus goles. Pumas, UNAM