Literatura

Buen viaje, monsieur Tournier

El escritor francés Michel Tournier murió el lunes a los 91 años en su casa de París.

El escritor Michel Tournier

El escritor Michel Tournier

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“No concibo otra definición de adulto que esta: es adulto aquel que, cualquiera que sea su edad, ha perdido a alguien”, escribió Michel Tournier. El escritor francés convirtió el lunes a una oleada de lectores en adultos de golpe; los dejó actualizando sus páginas, incrédulos ante la noticia de su muerte. Tuvo siempre una relación exótica con su público: lo mismo les alimentaba con Viernes o los limbos del Pacífico (1967) -revisión del Robinson Crusoe de Defoe con el que obtuvo el premio de la Academia Francesa- que se lanzaba a un Gaspar, Melchor y Baltasar (1980) como excusa para acudir directamente a centros escolares a leer algunos extractos. Trató por igual a académicos que a niños mellados. No empleó nunca la literatura como elemento de soberbia. Solía decir que no escribía para críos, que le avergonzaría hacerlo, que eso sería subliteratura: “Mis maestros -Perrault, La Fontaine, Kipling, Saint Exupéry…- nunca han escrito para niños, pero escriben tan bien que los niños pueden leerlos”.

Tournier tenía esa cara bondadosa del filósofo que está de vuelta, esa calma extraña del que ya ha entendido de qué va esto. También él fue un chaval turbulento y mediocre en los estudios, un niño pusilánime de buena familia que un día quiso saber el porqué de las cosas y se enamoró de la filosofía. Vivió la Alemania nazi, la presenció con lucidez siendo muy pequeño: conocer el horror le hizo -dijo más tarde- celebrar fácilmente la belleza. Estudió en la Sorbona y en Turingia (Alemania), bebió de Jean-Paul Sartre y de Gaston Bachelard y, afectado tras suspender unas oposiciones, decidió zambullirse en la vida bohemia. Fue traductor y colaborador de radio y televisión en temas fotográficos -otra pasión-, y cumplidos los 40 años probó a escribir. No le ha ido nada mal. Su otra gran novela, El Rey de los Alisos (1992), que contaba la historia de un prisionero francés en la Alemania del II Reich, recibió el premio Goncourt por unanimidad.

Le interesaba la imagen pero creía en la palabra, ya lo demostró en La gota de oro (1992). Ha sido traducido en el mundo entero y citado en varias ocasiones como candidato a un Nobel que nunca recibió. No le importaba. Cuando The New York Review of Books lo llamó “el mejor escritor francés de su generación”, hasta se ofendió: “Eso minusvalora a mis compañeros y me hace sentir solo”. Se volcó en hacer de su obra un tratado sobre el poder de la fascinación. Decía que el hombre sólo es capaz de derribar los muros edificados en la infancia a través del conocimiento de los mitos; conocía bien los seres que habitan las cabezas de los niños. Estudió la magia y sus ritos. Explicó que sólo hay un signo infalible para reconocer al ser amado: “Es cuando su rostro nos inspira más deseo que cualquier otra parte de su cuerpo”. Hoy Francia, Alemania, el mundo está raro. Queda un sabor de boca irrecuperable, como si se hubiera apagado un oráculo.

Desde 1957, vivía en un presbiterio en el valle de Chevreuse, a la afueras de París. Allí murió el 18 de enero de 2016, de forma natural, silencioso, digno. “Hay que escribir de pie, nunca de rodillas”, recordó una vez, y ha sabido morir así. En los últimos años reconoció que tenía un diario donde apuntaba sus ideas. Había escrito en él que se sentía muy mimado por la vida. “La mirada del mundo depende del mundo, pero sobre todo de la mirada”. También que “ningún viaje es una huida, sólo un objetivo a alcanzar”. Feliz viaje entonces, monsieur Tournier. Y prósperas miradas nuevas.