Literatura

Periodistas en su salsa

No desvelamos el ganador del Premio Planeta, pero contamos cómo se monta el mayor fenómeno de marketing editorial de este país

El presidente del grupo Planeta, junto a dos miembros del jurado.

El presidente del grupo Planeta, junto a dos miembros del jurado. EFE

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El escabeche cultural está en Barcelona. Decenas de periodistas culturales enlatados en un autobús blanco con tapicería gris y cortinas azules cruzan la ciudad de un lado a otro. Mientras cocinan la noticia más preparada de la parte blanda del periódico y los telediarios, repiten el ritual de cada año. Hay que abrazarse para sentir que uno sigue vivo y confirmar que todo va bien. Todos de cuerpo presente, después del hundimiento. 

Agarrados a los portátiles como al madero que flota entre los restos del naufragio, escribimos una crónica de la rueda de prensa en la que el presidente del grupo Planeta reconoce haber tenido unos beneficios de casi 110 millones de euros en el último año antes de dar las gracias a las decenas de periodistas que toman fiel nota de sus palabras: "Hemos vendido 41 millones de libros en todos estos años, eso quiere decir que en cada hogar de España hay, al menos, dos premios Planeta. Hemos conseguido todos nuestros objetivos. Gracias a vosotros, la prensa, que convertís el libro en noticia por un día. Éste es el hito de las letras más importante del año". Todo en el mayor fenómeno de marketing de la industria cultural -segundo premio mejor pagado del mundo- es exagerado.

Disneyland del Modernismo

Todavía no hemos pasado a agradecer nuestros estómagos con un canelón de gambas y verduras con vinagreta de tomate y chalotas, un rodaballo relleno de setas, goxua de postre [y de regalo una videocámara de acción], cuando uno de los periodistas aprovecha el turno de preguntas al jurado que "decidirá" la próxima jornada, para hablar en nombre del resto de sus compañeros y sumarnos al sentido homenaje que le han dado al fallecido José Manuel Lara, "que sigue entre nosotros".

El siguiente en preguntar ha querido recordar al protagonista ausente con una anécdota que no ha logrado alcanzar los efectos a los que aspiraba y ha advertido, voz en micro, que, si en los últimos años a Lara, víctima del cáncer, se le aclaró la barba fue gracias a él, dando a entender que por la canina tarea de las preguntas afiladas.

Los periodistas salen del recinto de Sant Pau. Han comido en las tripas de un Disneyland del Modernismo y ahora corren lejos de la joya arquitectónica de Domènech i Montaner, enlatados de nuevo en el bus blanco, que les lleva al hotel, donde tomarán la tarde libre -si es que no tienen que mandar una o dos crónicas de lo que ha pasado en el Premio Planeta Día Uno- antes de volver al escabeche cultural: la cena en bodegas La puntual.

Teorías y elecciones

En el ascensor se bromea sobre el premiado. En la barra de la cafetería también. En la sala de prensa, mientras rematan el asunto, lo mismo. Hay teorías de todos los colores, que siempre empiezan en el mismo, Javier Sierra, y acaban en el lugar más insospechado. Con los idus catalanistas las teorías se retuercen hasta la ciencia-ficción-política: ¿y si fuera una novelista vinculada a las listas de Ciudadanos, tan anti-independentista como la casa? Como gesto de acercamiento al partido que parece con la llave de todos los acuerdos del 20 de diciembre antes del 20 de diciembre sería un movimiento de posicionamiento muy descarado. Que se desvelará la noche del Día Dos o antes.

Uno de los periodistas se gira para mirar el cuadro que cuelga del pasillo de moqueta que lleva hasta la sala de prensa del hotel. Junto a ese hay otro y otro y otro. Las paredes están forradas. 9.000 euros y unas vistas espantosas de la Costa Blanca con peñón al fondo. El pintor no viene al caso más que para fijarse en una insufrible pincelada impresionista elevada al ridículo, con colores estridentes que estallan al acercarlos. Hay cientos, como si estuvieran hechos en cadena y todos a precios hinchadísimos, a la espera de que algún despistado de la zona business se despiste y caiga en una de esas redes que los pescadores recogen a orillas del Mediterráneo. El pintor aprovecha los asuntos más tópicos del país para lanzar un anzuelo irresistible. La farsa vende de primera, los colores, el ruido, el envoltorio, el precio, un carnaval en el que está mal visto levantar la máscara.