70 AÑOS de una crónica histórica

Un reportaje digno del Nobel de la paz

En 1946 John Hersey fue a Japón para contar las consecuencias de la bomba atómica. El artículo se publicó hace siete décadas en 'New Yorker'. 

La imagen de la destrucción de Hiroshima.

La imagen de la destrucción de Hiroshima. Getty Images

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El número de agosto de 1946 de la revista New Yorker cambió la historia. John Hersey (1914-1993) publicó el reportaje que llevaba por nombre Hiroshima, un año después de la explosión de la bomba atómica en la ciudad japonesa el periodista aportó un nuevo punto de vista: el de las personas. El número de agosto del 46 sólo contenía el reportaje de Hersey y la programación teatral.

Hersey encontró a una oficinista, un médico, una viuda a cargo de tres niños pequeños, un misionero alemán, un joven cirujano y un pastor metodista. Seis supervivientes dispuestos a contar su historia, la de la bomba que mató a más de 100.000 personas. Durante tres semanas el periodista estuvo en la ciudad japonesa y el resultado fue un reportaje que situaba en primer plano las siguientes horas del ataque y narraba lo que los supervivientes estaban haciendo en ese momento: leer, estar en la cocina, hablar con el compañero que se sienta al lado en la oficina…

Las historias tienen más que ver con los gestos que con los eventos. Cada voz cuenta su propia historia, la cual se desarrolla como si fuera una novela donde el narrador desaparece y las descripciones e impresiones corren a cargo de los ojos de los personajes.

Vista aérea después de la bomba.

Vista aérea después de la bomba.

Cuando el presidente de los EEUU visitó en mayo de este año Hiroshima no pidió perdón. "Cuando lo leí pensé que Obama no habría leído el reportaje de Hersey, si lo hubiera hecho se habría disculpado", afirma Javier Marrodán, periodista y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. 

Personas y papel 

La crónica se gestó en el despacho del entonces director de la revista New Yorker, William Shawn. Las informaciones que llegaban sobre la bomba atómica y sus consecuencias hablaban de números y datos, pero nadie había escrito sobre aquellos que la vivieron y tuvieron la suerte de sobrevivir. Shawn se puso en contacto con Hersey, entonces corresponsal en Oriente para Time.

“Una de las cosas más llamativas del reportaje es que cuando Hersey lo escribió tenía 32 años. Estaba más cerca de ser alumno que periodista reputado. Diez años después de acabar la carrera escribe el mejor reportaje que se ha publicado en inglés”, afirma Marrodán. “Tiene circunstancias biográficas que lo ayudan, él se manejaba muy bien en la zona, había nacido en China porque sus padres eran misioneros… pero lo escribe con herramientas que están a disposición de todos: personas y papel”.

Las informaciones que llegaban sobre la bomba atómica y sus consecuencias hablaban de números y datos, pero nadie había escrito sobre aquellos que la vivieron y tuvieron la suerte de sobrevivir

Un mes y medio después de que se publicase el reportaje ya se había convertido en un libro. Hoy, 70 años más tarde, el reportaje sigue siendo una guía para el periodismo y un documento histórico.

Hersey se situó ante la historia con el afán de obviar todo lo que desde Estados Unidos se había dicho (Oppenheimer llegó a decir que la bomba no fue más que un estallido). Y con ese afán modernizó un género que hasta ese momento se había limitado a preguntarse las uves dobles del periodismo, no a ver a través de ellas. “Frente a la deshumanización que implica la violencia es preciso reivindicar al ser humano que la sufre, tantas veces cosificado”, afirma Marrodán.

Hersey consiguió hacerlo sin moralejas, con una receta “aparentemente sencilla”: contar la realidad sin aditivos ni adjetivos. “Él narra lo que le han contado de una manera casi notarial, respeta el pacto de lectura en todo momento y eso conlleva una cosa que decía Arcadi Espada: en ningún momento te preguntas cómo ha sabido eso”.

Hiroshima tras la bomba.

Hiroshima tras la bomba.

La certeza de que un periodista está haciendo bien su trabajo es que te lo crees porque “el lector se siente identificado y se hace cargo de lo que está ocurriendo a través de los testimonios que le llegan”. Hersey no adorna la historia ni cae en moralidades porque no hacen falta, “si cuentas bien el cómo y el qué, te das cuenta del por qué”, sentencia Marrodán. Si el periodista añade elementos que hacen desestabilizar la historia el lector deja de creérselo.

“En Noticia de un secuestro, de García Márquez, la primera frase da datos muy exactos, eran las siete y cinco de la noche, pero en la segunda comienza a hablar de las hojas del parque. Un lector agudo se pregunta cómo el periodista sabe eso. Cuando el que lee sabe que hay una adición, sabe que hay una sospecha”.

Nuevo periodismo

Hersey se situó ante la historia y la contó tal y como se la habían contado. La generación de periodistas que llegó en los años sesenta, autodenominada Nuevo Periodismo, no incluyó al reportero en la lista de prodigios que ellos mismos se consideraban. “Para Truman Capote Hersey no era más que un simple mecanógrafo, él lo despreciaba por completo. Y eso que él calentaba la verdad cada vez que le hacía falta”, afirma Marrodán.

“Para Truman Capote Hersey no era más que un simple mecanógrafo, él lo despreciaba por completo. Y eso que él calentaba la verdad cada vez que le hacía falta”, dice Javier Marrodán

El Nuevo Periodismo llegó lleno de miradas que se basaban en las técnicas narrativas de la ficción para contar la realidad. “Tom Wolfe escribió que la novela es como el sueño de todo reportero, cuenta que una serie de personas, ellos mismos, descubrieron que frente a sentarte en una cabaña en medio del bosque a sentarte a escribir, las técnicas de las técnicas literarias servían para contar historias en movimiento”, afirma Marrodán.

Frente a las críticas de Capote al estilo de Hersey, él se valió de los recursos literarios para apartarse y ser un mero narrador. “Las técnicas del Nuevo Periodismo tienen que ver con la retórica, con lo barroco, pero él escribe sin florituras, sin artificios”, quizá porque el valor de Hiroshima está en que el periodista consiguió que seis personas le contasen el momento más atroz de sus vidas.

En la elección de los personajes “se materializa la responsabilidad de un periodista” porque “sirve para llamar sutilmente a las puertas de su conciencia”

“A veces lo verdaderamente literario está en eso, en el recorrido entero, ya ha pasado por lo rebuscado… El libro está lleno de detalles, de preguntas concretas, a qué hora, dónde, cómo… todo eso tuvo que preguntárselo a los entrevistados y él lo narra sin añadir nada, esa es la clave de Hiroshima”, afirma Marrodán. En la elección de los personajes “se materializa la responsabilidad de un periodista” porque “sirve para llamar sutilmente a las puertas de su conciencia”.

Narrar el dolor

“Exactamente quince minutos después de las ocho de la mañana, el seis de agosto de 1945, hora japonesa, fue el momento en que la bomba atómica estalló sobre Hiroshima (…). Cien mil personas murieron y estas seis personas sobrevivieron, todavía se preguntan por qué viven cuando tantos otros fallecieron. Cada uno cuenta los pequeños detalles de la casualidad o la voluntad -dar unos pasos, la decisión de entrar en casa, coger el tranvía en lugar de esperar al siguiente- que los salvó”, comienza el reportaje.

Hersey da voz a las historias de cada uno de los seis supervivientes, pero también a sus contradicciones, a sus odios, sus lamentos y su impotencia. La incertidumbre del primer momento, el “destello de luz que cortó el cielo” y cómo “en el primer momento de la era atómica, un ser humano fue aplastado por libros”.

Hiroshima.

Hiroshima.

El reportaje va narrando cómo los supervivientes que en apariencia estaban sanos, comenzaron a empeorar. Las heridas se abrían conforme pasaba el tiempo, el pelo se les caía, poco a poco iban desfalleciendo y se acababa su actividad cotidiana. La gente que parecía sana después del ataque, caían enfermos, más tarde sabrían que padecían la llamada enfermedad de la radiación.

Cada uno cuenta los pequeños detalles de la casualidad o la voluntad -dar unos pasos, la decisión de entrar en casa, coger el tranvía en lugar de esperar al siguiente- que los salvó

Hersey cuenta el terror de no comprender qué era aquello que había caído en la ciudad y la había destruido por completo: “La bomba no era una bomba en absoluto”. Conforme pasaba el tiempo se extendió el rumor de que lo que había caído en Hiroshima había dejado una especie de veneno, unas emanaciones mortales y en los próximos siete años nadie podría vivir allí.

“Esto molestó especialmente a la señora Nakamura, quien recordó que en medio de la confusión de aquella mañana se había hundido, literalmente, toda su forma de vida, su máquina de coser Sankoku y el pequeño tanque de agua que tenía frente a su casa. Hasta ese momento la señora Nakamura y su familia habían renunciado a opinar sobre la cuestión moral de la bomba atómica, pero este rumor de repente despertó en ellos más odio y resentimiento hacia los Estados Unidos del que habían tenido durante toda la guerra”, escribe Hersey.

Cuando tuvieron información algo cambió. La bomba que había arrasado con sus medios de vida, que les arrancaba el pelo y que hacía que la gente languideciera durante semanas hasta morir tenía unos responsables. Al otro lado del océano, los estadounidenses acabaron en cuestión de horas con los ejemplares de la revista y algo también cambio en ellos. Las más de 30.000 palabras de Hersey cambiaron la conciencia del pueblo norteamericano. Hoy lo siguen haciendo, aunque no pidamos perdón.