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Russell Crowe y Ryan Gosling: dos borrachos contra el capitalismo

Los actores forman pareja cómica en 'Dos buenos tipos', el último filme del director Shane Black.

Russell Crowe y Ryan Gosling en Dos buenos tipos.

Russell Crowe y Ryan Gosling en Dos buenos tipos.

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Suena Papa Was a Rolling Stone de Temptations. Un coche irrumpe a altas horas de la noche en un penthouse setentero. La casa (y el coche) saltan por los aires. Una voluptuosa mujer, que está desnuda, muere en el accidente. Y un niño, Hustler en mano, lo presencia todo. Shane Black no tiene miedo de presentar cuáles son los materiales estéticos que le marcaron de niño, en parte porque también son como la caja de legos de Dos buenos tipos, esta despreocupada 'buddy movie' en la que todas las cosas parecen supeditadas a que el espectador se lo pase bien. Todo. El tiempo.

Shane Black

El que fuera guionista de la saga Arma letal y El último gran héroe debutó hace una década tras las cámaras con el Kiss Kiss, Bang Bang, un divertido juego metarreferencial que, pese a que no suscitó demasiado entusiasmo en su momento, es del todo reivindicable. Después se pasaría al cine de superhéroes con Iron Man 3, esa cinta donde Robert Downey Jr. haría un mano a mano con Don Cheadle. Así que sí, lo de este cineasta es la camaradería y la suciedad noir, influido como estaba por el Ron Howard de Turno de noche, una película cuyo espíritu sale a colación en Dos buenos tipos. Pero el batiburrillo que nos ofrece ahora tiene tanto de la estela de la literatura de detectives clásica como de la moderna, de esa California imaginaria y conceptual que hemos experimentado al ver El gran Lebowski o Puro vicio, por poner dos ejemplos territorialmente cercanos. Hay que mirar hacia adelante y hacia atrás.

Porno metafórico

El aire de Los Ángeles está viciado, y sólo iremos comprendiendo, a medida que avance esta historia sobre un investigador y un matón a sueldo aunados por una tensión amistosa no resuelta, si el causante de estos malos humos forma parte de su universo automovilístico, de la incipiente cultura pornográfica o de las bambalinas de un gobierno en el que la estela de Nixon ejerce una influencia desde la distancia. En cualquiera de los casos, estos tres pilares se irán entrelazando con fina ironía en diversos puntos de la trama sólo para servir de material de fondo de lo importante: las divertidas y estudiadas reacciones que provocarán el choque de sus protagonistas a medida que resuelven la yincana detectivesca, en una cadena de pistas que se desvelan más por accidente que por pericia hasta la revelación final: que el desalmado capitalismo asciende por los sumideros de esta corrupta ciudad al tiempo que nos devuelve la esperanza de saber que siempre habrá un par de patanes borrachos capaces de hacer que todo tenga el humor necesario para sobrellevarlo.

El don verbal

En Dos buenos tipos la comedia es tan física como verbal, pero es esta última vertiente la que resplandece por encima de las bondades del trabajo corpóreo de Russell Crowe y, especialmente, Ryan Gosling. No porque los trompones y puñetazos no sean la mar de risibles, sino tal vez porque la precisión de la pluma del dúo Black y Anthony Bagarozzi se hace inusitada en el cine actual. “¿Me estás diciendo que por una vez lo importante de una película porno es el argumento?” es una frase real, una de tantas, de la película. El flow, el slang… Hay que advertirlo: el espectador corre el riesgo de perderse buena parte del encanto de esta cinta de verla en versión doblada, que aunque esta cronista no la ha visto aún en este formato, es obvio que teniendo en cuenta los juegos de palabras que sazonan la historia podrían verse truncados.

Russell Crowe y Ryan Gosling en Dos buenos tipos.

Russell Crowe y Ryan Gosling en Dos buenos tipos.

Pasarlo teta

Dijo Russell Crowe en Cannes, donde se pasó la película recientemente, que lo único que necesitó para hacer el papel de estoico Jackson Healy fue saber que iba a formar equipo con Ryan Gosling… y escuchar un poco de funky. La química del dúo funciona sobre ruedas, o más bien, sobre ese guión lleno de abrevaderos a los que los actores saben asirse para conformar esa liturgia que supone a día de hoy parir una comedia de acción que sea de verdad divertida y que funcione. No importa que los comentarios sean políticamente incorrectos, o que a veces se pasen de frenada. Su patosidad y el ritmo inspirado de las escenas completan una armonía fílmica que encuentra en sus leves imperfecciones la confirmación de su personalidad, una en la que la preocupación principal es jugar con las expectativas y el punto de vista del espectador. De congraciarle desde la idea más pulp. De hacer una película retro y no sólo por su estética o ambientación, sino por su forma de elaborar un entretenimiento. 'Hardboiled' hasta el final. Hasta el último sorbo.