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'Kiki, el amor se hace': más director que película

Paco León ('Carmina o revienta') regresa a la gran pantalla con una comedia sobre parafilias.

Una escena de la película Kiki, el amor se hace.

Una escena de la película Kiki, el amor se hace.

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Kiki, el amor se hace es más la película de un buen director que una gran película. Obviamente, tal y como está el patio, es bastante mejor que la mayoría de comedias españolas actuales (tampoco había que correr mucho). El tercer largometraje de Paco León tiene muy poco de la comedia española barata, rancia y manida que ha vuelto con fuerza y, vistos algunos proyectos en marcha, no tiene intención de marcharse pronto. Es una bendita alternativa, y ya sólo por eso es muy tentador perdonarle todos los males.

No hay que perder la cabeza: Kiki, el amor se hace es una comedia eficaz, divertida y con muchos aciertos. Pero ni es perfecta ni es la cosa más original del mundo. Tiene unos cuantos defectos, de hecho. Eso sí, lo que es indiscutible es que tiene detrás a un director que hay tomarse en serio.

Kiki, el amor se hace es una comedia eficaz, divertida y con muchos aciertos. Pero ni es perfecta ni es la cosa más original del mundo

Centrada en las parafilias (desviaciones sexuales) de varios personajes, Kiki, el amor se hace confirma el talento y la gracia de Paco León como director. También como guionista (aquí ha escrito el guión al alimón con Fernando Pérez).

Puedes conectar más o menos con su universo, sus gustos y su sentido del humor. El costumbrismo que practica, por ejemplo, no es del gusto de todos. Pero es obvio que tiene intención, personalidad y una visión muy peculiar del mundo (el mundo pequeño, el cercano y ordinario). Se veía en su díptico Carmina o revienta (2012) y Carmina y amén. (2014), y es más que evidente en Kiki, el amor se hace.

Su voz y su estilo se notan, sobre todo, en el contraste entre su comedia sexual y el filme en el que se inspira. Lo nuevo de Paco León es un remake de la película australiana The Little Death (2014), y no precisamente libre (más o menos los mismos personajes, escenas clavadas, estructura narrativa similar…). Sin embargo, tiene otro rollo.

El director se lleva a su terreno las viñetas de la película de Josh Lawson. Rompe con la frialdad, el humor esquinado y el deje antipático de su modelo y hace accesibles y cercanos los conflictos de los personajes: sus parafilias, jamás juzgadas u observadas como algo exótico, activan dramas universales (del miedo al fracaso sentimental a las inseguridades sexuales). Lo consigue con el costumbrismo citado, no exento de referentes pero actualizado, y la frescura y la chispa de los diálogos, a la que contribuye la gracia de los actores (los chicos están bien, pero las chicas se los meriendan). También al imprimir a la película una atmósfera sexual, calurosa, cercana, doméstica y un punto romántica.

Sus parafilias, jamás juzgadas u observadas como algo exótico, activan dramas universales (del miedo al fracaso sentimental a las inseguridades sexuales)

Aun así, Kiki, el amor se hace tiene sus problemas. El más insignificante, lo irregular del conjunto, mal común en los filmes de historias independientes: no todos los relatos tienen el mismo interés. Otro, la excesiva naturaleza de sketch aislado de algunas secuencias. Y el más importante, sus desajustes de tono. Algunos son leves, como la escritura histriónica de algunos personajes y diálogos. Otros, más graves. Es el caso de la historia del cirujano plástico al que da vida Luis Bermejo. No hay por dónde cogerla. El humor, más desafortunado que negro, no funciona y la resolución del relato es muy dudosa. El toque romántico que tan bien le viene al resto de las historias a ésta le sienta como una patada.