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Granjero busca ‘Espasa’

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Bette Davis, actriz: “La televisión es maravillosa. No sólo nos produce dolor de cabeza, sino que además en su publicidad encontramos las pastillas que nos aliviarán”. Pues sí. Sabias palabras de ‘La Reina de Hollywood’. Y eso que la pobrecilla no llegó nunca a ver este ‘Granjero busca esposa’ con el que los cuatreros han decidido amenizarnos los lunes. Y gracias a ellos, los primeros días de la semana están dejando de ser odiosos para convertirse en jornadas repletas de risión generalizada. A costa de José, Juanmi, Rocío, Lander y Sigi [de Sigifredo], trabajadores agrícolas a la caza y captura de pareja como si de pokemones o ganado lanar se tratase.

Ya desde la cortinilla de inicio, con esa cancioncilla chorra y un gallo cutre cogiendo un taxi en la Gran Vía madrileña, nos dejan muy clarinete que este programa promete risas garantizadas y vergüenzajenismo cañí a cascoporro. Y, después, sin más dilación, aparece él. Carlos Lozano. El hombre pegado a dos hoyuelos en las mejillas que, a base de sonrisas falsas, empiezan a convertirse en sendas fosas comunes. El elegido. Nuestro Gran ‘Lozano’ VIP. Maqueado cual vaquero salido de su ‘Brokeback Mountain’ particular y achulapado como nunca. “¿Habrá algún besito?”, se pregunta el tío, segundos antes de reunir a ‘pretendientas’ y granjeros.

La cosa no llega a provocar carcajadas, pero mantiene un tono generalizado de coña marinera muy de agradecer. Ver a ese don Luis de Arapiles, el Condemor, a lomos de un jamelgo en su finquita vallisoletana es algo digno de una peli de Berlanga. Ver a don Luis de Arapiles tocando la campanilla para avisar al servicio antes del desayuno, puro divertimento. Ver a don Luis de Arapiles, todo un ‘gentleman’ aunque chapadillo a la antigua, leyendo las cartas de sus futuras parejas a su centenaria madre, propio de una fotonovela. Y ver a don Luis esperando la llegada de las candidatas y valorándolas, babeando, como si fuesen ganado bovino, un espectáculo.

Pero yo me quedo con Sigi [de Sigifredo], si hay que quedarse con uno. Aunque casi empate en supernumerario friquismo con esa Rocío Jurado de modelitos estrafalarios. Sigi, que se autodenomina el ‘broker’ de Badajoz. Un ‘crack’. Eso sí, cada vez que abre la boca el tío, por lo que tengo entendido, fallecen de un soponcio inexplicable cinco académicos de la RAE. Es el terror de la Academia de la Lengua, este Sigi. Un ‘asaltaespasas’ y demás diccionarios. Un tipo que habla y sube el precio del sashimi de atún en Kioto.

“Me gusta que la chica me ‘empiece’. Pero, vamos, yo soy gasolina. Yo, con una chica que nos ‘gustemos’, puedo hacer cualquier cosa”, confiesa Sigifredo [de Sigi], casi al borde de la traducción simultánea. Y, luego, cuando desfilaban ante él sus ‘pretendientas’, cinco megachonis ávidas de granjero, soltó Sigi un: “¡Y yo cagándome! ¡Chacho, qué apretón me ha ‘dao’”, una salida que llevó directos a urgencias, en ambulancia, a los 57 invitados a un congreso de hispanistas en Gandía. ¡Nivelazo! ¡Y subiendo!