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“Conseguíamos aislarnos cerrando las puertas del coche y escuchábamos a Julio Iglesias”

La periodista que enamoró al presidente Fabra publica un libro en el que narra con detalle cómo se enamoró del político y de la persona

Editorial Sar Alejandria

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Esther Pallardó (42) periodista de formación y con una corta pero intensa trayectoria en los medios de comunicación, quedó prendada de los encantos personales y políticos de Carlos Fabra, el político de las gafas oscuras, que durante 16 años fue presidente de la Diputación de Castellón y uno de los populares más influyentes de la Comunidad Valenciana.

A solas, de la vida, de la política (Sar Alejandría Ediciones) es el primer libro de la trilogía que esta peculiar pareja piensa publicar para contar en primera persona su trayectoria política y afectiva. Ahora sus vidas han cambiado; Esther ya no está en política y Carlos lleva desde el 1 de diciembre de 2014 en el Centro Penitenciario de Aranjuez cumpliendo una condena de tres años por tres delitos de fraude fiscal contra la Hacienda Pública.

La periodista no duda en contar cómo durante su etapa en Canal 9 como reportera, el político castellonense intentó conquistarla con su fama de playboy (que ella misma reconoce en el libro). Pero ella se resistió a esos intentos pues por entonces, estaba casada y Fabra también.

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Fue la tarde del 4 de septiembre de 2003, cuando el Presidente de la Diputación, la llamó por teléfono para ofrecerle la Jefatura de Prensa de la institución. A partir de aquel día tuvo que soportar todo tipo de rumores que buscaban descalificar su valía profesional, asegurando que mantenía una relación personal con el presidente. “No teníamos ninguna relación sentimental. Los dos lo sabíamos y nos bastaba. Era un rumor infundado, totalmente incierto. El hecho de que se nos viera compartir tanto tiempo juntos, incluso en momentos de ocio, hizo que se avivaran lo comentarios maliciosos”.

Pero sin embargo, la llamaba Geish “era la abreviatura de la palabra geisha porque decía que siempre intentaba ser muy complaciente y hacer la vida agradable a todo el mundo. Lo cierto es que no era exactamente así, pero él lo percibía así y estaba convencido de ello”, reconoce la autora.

La erótica del poder se impuso y a pesar de la diferencia de edad y del defecto óptico, Esther se enamoró de él. “Cuando llegué a su vida era un hombre influyente, poderoso en lo político, se le percibía como un ser que todo lo podía conseguir, aunque no fuese así. Excesivo, genial, artista, encantador, ocurrente, generoso, gracioso. Un amante del flamenco —diría de él— que tiene arte”.

La pareja buscaba paz en la casa que Fabra tiene en Playetas de Bellver, la urbanización de Oropesa del Mar más próxima a Benicàssim, tan conocida por las estancias veraniegas —entre mayo de 1996 y abril de 2004— del que fuera presidente del Gobierno de España, José María Aznar. Allí acudían cada vez que sus agendas se lo permitían. Y conseguían aislarse “cuando cerrábamos las puertas del coche al mundo exterior, al griterío, del trabajo, de las preocupaciones, de los objetivos de las cámaras, del ruido ensordecedor… solo se oía a Julio Iglesias de fondo.

Pallardó es una mujer enamorada que ha sufrido la caída política de su amado, ha sobrellevado la dura enfermedad que abocó a Fabra a un trasplante de hígado y ahora sufre porque lleva ya casi un año en la cárcel. Así le describe ella en la intimidad: “Conocí a ese Fabra que se emocionaba escuchando la canción El Cielo en casa, de la cantante italiana Mina, mientras emprendíamos viaje hacia alguna parte; a ese Fabra que derramaba mil y una lágrimas frente a la tumba de su madre, cada año el día de Todos los Santos; al que levantaba pasiones sin saberlo; al que confiaba en sus posibilidades más que en nada en el mundo; al que decía no ser guapo pero sí muy resultón; a ese Fabra que te hacía reír hasta altas horas de la madrugada con un güiski entre las manos; a ese personaje divertido que sin pensarlo dos veces, micrófono en mano, cantaba canciones como Roberta, Volare o Il Mondo en cualquier momento y en cualquier lugar; a ese Fabra que amenizaba siempre las sobremesas, que embaucaba a las masas con sus chistes, sus anécdotas, sus gracias… “, describe emocionada.

El tándem profesional y afectivo que formaba la pareja hizo correr ríos de tinta. Tanto se llegó a decir de ambos que ella misma le resta importancia: “Me descubrieron tantas cosas sobre mí misma que hasta mis familiares y amigos llegaron a pensar que tenía una doble. ‘La periodista que enamoró al presidente’ fue quizá el titular que más me llamó la atención. No lo vi ni tan grave, a pesar de que a la prensa siempre le interesó ser incisiva en esa historia. El derecho a la intimidad, por lo visto y lo vivido, es misión imposible cuando ostentas un cargo público”.

El día 27 de diciembre de 2011, se anunció públicamente el nombramiento de Esther como vicepresidenta de la Diputación. Hubo muchas críticas, ella se defiende: “era la diputada del equipo de gobierno con mayor formación académica y mi experiencia política no era, ni más ni menos, que la de otros muchos compañeros que, como yo, ocupaban en ese momento un cargo público. Yo aspiré a tener vocación de servicio en los cargos que ocupé; con la satisfacción de haber podido dar respuestas a demandas ciudadanas”, aclara.

Reivindica en el título del primer volumen de la trilogía que se sintió sola en numerosas ocasiones en lo político y en lo personal. Y aunque recalca que los libros no son una vendetta “no hay lugar para el rencor ni nunca lo habrá”. Si quiere defender el legado de su admirado y amado Fabra: “ Como dice la canción que tanto le gusta ‘las obras quedan, las gentes se van…’, como la vida misma. Es la figura pública más relevante y polémica de la historia más reciente de Castellón, un animal político que consiguió dar un giro de 180 grados a la provincia; también a mi vida que, en los últimos doce años, ha tenido bastante en común con la suya.”

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