Tras la bola

Hablaremos de tenis, aunque también de viajes, ciudades, culturas y periodismo en primera línea de batalla. Porque hay cosas que no se ven, pero tampoco se cuentan.

 

La pista desde lo alto.

La pista desde lo alto. Reuters

Por días así

Cuando empecé a cubrir tenis, hace ya algunos años, Nadal había levantado gran parte de su legendario currículo. Él se presentó ante el mundo en la Copa Davis de 2004 y ganó su primer gran título en Roland Garros 2005 y yo no empecé a juntar letras sobre tenis hasta 2011. Es cierto que luego he tenido la oportunidad de vivir momentos muy especiales, pero siempre escucho con envidia cómo los periodistas más veteranos cuentan batallas de sus inicios. Muchos de ellos, que afortunadamente todavía siguen danzando por aquí, vieron crecer al mallorquín, siendo testigos de cómo el niño se convirtió en un hombre y el hombre en un campeón.

Con Garbiñe me ocurre más o menos lo mismo. Antes de que apareciese en Miami 2012, explotando con prometedoras victorias, ya había tenido la suerte de ver cómo jugaba en Sevilla, donde perdió en cuartos de un torneo ITF con Estrella Cabeza. Luego, he presenciado casi todos sus grandes momentos en directo, incluida la final de Wimbledon 2015 y su posterior charla con los periodistas, con el rostro bañado en lágrimas por la decepción de haber fracasado en su primer intento de ganar un Grand Slam.

Por eso, ver a alguien subir una escalera y saber que va a llegar arriba es una sensación fantástica. Eso es lo que ocurrió ayer en Roland Garros. Haber sido espectador de la primera gran conquista de Muguruza (la primera de muchas) es algo difícil de explicar. Primero, porque tener la suerte de vivir historia del deporte en directo es increíble, de verdad. Segundo, porque tener la responsabilidad de contarlo es algo inigualable, aunque el día haya sido de los más exigentes a los que me he enfrentado como periodista. Y tercero, porque por esto elegí esta profesión, para encontrarme con estas situaciones soñadas.

La vida te regala momentos imborrables. El de Garbiñe ha sido uno de ellos, emocionante, vibrante y también reconfortante. Dentro de unos años, cuando lleguen nuevos periodistas a cubrir este deporte, cuando estemos sentados cenando y hablando de mil cosas, podré ser yo quien cuente cómo vi crecer profesionalmente a una joven prometedora que terminó poniendo en pie a la pista central de Roland Garros. Y cómo llegó luego abrazada a la copa de campeona, feliz porque su nombre pasaría a formar parte de una lista histórica de vencedoras. Por días así me hice periodista. Y, sinceramente, ha merecido la pena.