Yo creo que Jerome Powell es uno de los presidentes de la Fed que mejor entiende los mercados. Entendió que, si tenía que anunciar que iba a reducir sus compras de bonos –el famoso 'tapering'–, tendría que ir preparando minuciosamente el terreno, para que su salida fuera descontando poco a poco los precios. Y no hacer como hizo Bernanke, que casi lo anunció de un día para otro y provocó una caída importante, tanto en los bonos como en las bolsas.

Powell preparó tan bien al mercado que, cuando lo anuncio, ni se notó. Los bonos bajaron un poco -lógico, estaba anunciando que compraría menos- pero las bolsas incluso subieron, puesto que interpretaron –correctamente- que si la Reserva Federal reducía el estímulo monetario es porque consideraba que la economía estaba en condiciones de crecer sin necesidad de su apoyo.

Hace un par de semanas, Powell y la Fed se encontraban ante un reto mucho más importante: como acelerar la reducción de compras de bonos ahora que la inflación parece que no va a ser tan transitoria, y hacerlo sin hundir el precio de los bonos.



Para empezar, no tenía tiempo de preparar a los mercados. Cuando anunció el 'tapering' llevaba meses preparándolos, primero con globos sonda y luego con 'grande finale' en la reunión anual de Jackson Hole. En esta ocasión, varios miembros de la Fed estaban lanzando globos sonda, pero se notaba cierta premura y así lo estaba notando el mercado de bonos USA, donde los tipos de interés estaban repuntando –y cayendo por lo tanto los precios-, ante la expectativa de que la Fed fuera más agresiva en su proceso de reducción de compras.



Pero parece que Powell es también un hombre con suerte, algo muy importante en los negocios. Porque hete aquí que, justo cuando se encontraba ante el momento en el que tendría que decir que había que cerrar el grifo más rápido -con las consecuencias que eso iba a tener en el mercado de bonos-, va y llega la variante ómicron. Y los inversores, que están muy escaldados con todo lo que suene a virus, se encuentran de repente con una variante que parece creada para meter miedo. Así que se han lanzado a vender bolsa y comprar bonos, especialmente bonos del Estado. Da igual que haya que pagar por tenerlos: es un sálvese quien pueda y, si hay que pagar por tener la protección del Estado, pues se paga.

Y es ahí donde se ve que Powell también es un buen jugador de póker. No ha desaprovechado la ocasión: se quería retirar de la mesa y le acaban de dar una oportunidad de oro para que otros tomen su lugar. Y con creces, porque el pánico no mira precios.



Y ha funcionado: Powell ha dicho que se va y lo que en cualquier otra circunstancia habría supuesto un fuerte recorte en el precio de los bonos -estamos hablando de que se retira el mayor comprador que existe- se ha convertido en una subida, gracias a que los inversores han descontado el peor escenario posible: el de la vuelta a la casilla de salida, sin vacunas, con confinamientos y, encima, con la inflación más alta que antes. Es más, si yo fuera Powell aprovecharía no solo para comprar menos bonos, sino para venderlos, es decir, para ir reduciendo el elefantiásico balance de la Fed, consecuencia de los distintos procesos de estímulo monetario. Porque algún día tendrá que hacerlo y si para entonces no hay nada que de miedo le va a costar mucho más que ahora.



A Powell la jugada le ha salido perfecta. A los inversores podría ser que no tanto.



Si finalmente se confirma el escenario que descuentan los mercados, es decir, las vacunas no valen o podría llevar meses modificarlas o la nueva variante es igual o más dañina que las anteriores, en ese caso los inversores habrán acertado. Pero... ¿y si es una falsa alarma? ¿Qué pasa si la enfermedad resulta ser incluso menos grave que las anteriores, aunque sea más contagiosa? ¿Y si resulta que las vacunas funcionan o solo requieren de pequeñas modificaciones?

Si finalmente se tratara de una falsa alarma, dentro de unas semanas estaríamos donde estábamos antes de la llegada de la nueva variante. No habría incremento en los confinamientos ni en las medidas restrictivas y encima habrá subido fuertemente el nivel de vacunación, puesto que ómicron ha metido el miedo en el cuerpo a gente que no se quería vacunar. Y desde luego se lo ha metido a los gobiernos, que ya no se “cortan un pelo” a la hora de presionar para que todo el mundo se vacune.



En ese supuesto, los inversores que han comprado bonos se encontrarían, de repente, en un escenario muy distinto: no estarían en la casilla de salida de marzo de 2020, si no en la del día antes a que se anunciará la llegada de ómicron, es decir, con bonos que casi no dan cupón (intereses) o hay que pagar por tenerlos, la inflación por encima del 6% y la Fed diciendo que ellos ya no compran bonos y que, de hecho, su plan es subir los tipos de interés.

En un par de semanas sabremos quién ha acertado, si Powell abandonando la partida o los inversores cogiendo su sitio.

*** Víctor Alvargonzález es asesor financiero independiente y socio fundador de Nextep Finance.