El 20 de julio del pasado año, comparecí ante la Comisión de Reconstrucción del Parlamento Andaluz, para ofrecer mi opinión acerca de cómo debía enfocar el futuro Andalucía, de cara a la llegada de los fondos europeos. Mi compañero de panel era el profesor Luis Garicano, que se centró básicamente en la idea de "gastar mejor" en los grandes temas pendientes.

No es el único economista que advertía, ya entonces, de la incapacidad de los gobernantes españoles de sacar partido a las ayudas europeas por falta de planes adecuados que se ejecuten plenamente.

Mi propuesta estaba más dirigida hacia la inversión, el fomento de la empresarialidad, especialmente, en agricultura y en educación. La diferencia entre gasto e inversión es importante pero no evidente para todo el mundo. Por ejemplo, se puede gastar parte de los fondos en crear tutorías presenciales que complementen la enseñanza virtual dotando a los ayuntamientos de fondos para acondicionar locales, contratar profesores tutores, etc. Pero ¿durante cuánto tiempo se podrá mantener ese gasto?

Una inversión es un gasto en una actividad de la que se espera una rentabilidad o beneficio. Es verdad que el gasto en educación es en sí mismo una inversión por cuanto que se enriquece y abona el mercado de trabajo del futuro. Pero, precisamente por eso, desde el punto de vista financiero, las actuaciones en educación deberían ser idealmente autosostenidas, de manera que, cuando se acaben los fondos europeos, la mejora siga funcionando y no se pierda.

El gasto en educación es en sí mismo una inversión por cuanto que se enriquece y abona el mercado de trabajo

Claro está que la opción de ayudar mediante ayudas directas es mucho más fácil e inmediata que la de invertir, que requiere de un esfuerzo imaginativo mayor, de más tiempo, y una implicación seria de los agentes involucrados en el proyecto.

Mientras pasa el tiempo y el Gobierno deja para el último momento la presentación de los planes a la Unión Europea, la sociedad española no sabe dónde mirar. En medio de la vorágine política que vivimos y de las demás distracciones que tenemos a nuestro alrededor, pasan por delante de nuestros ojos los rescates millonarios de la SEPI a empresas estratégicas, sin analizar si son más o menos “estratégicas” que la hostelería.

Los dos rescates conocidos hasta ahora afectan a empresas que ya tenían problemas con anterioridad a la pandemia. Y, en el caso de la aerolinea hispano-venezolana, se habla incluso de un posible delito de prevaricación. Mientras tanto, los dueños de restaurantes y de hoteles, en un país turístico como el nuestro, ven agonizar sus negocios, no solamente por los cierres perimetrales, sino también por la mala gestión de las vacunaciones por parte del gobierno. Y esa es la segunda cuestión que se nos escapa.

Ya son más de 25.000 las dosis "desaparecidas" de las vacunas, tanto de los laboratorios Moderna como de Pfizer, por el Ministerio de Sanidad, contando con la “aparición” de las casi 7.000 dosis de Astra Zeneca, que no estaban en los informes, pero que habían sido transferidas al ejército.

Es desolador comprobar la ineptitud de un Gobierno que no es capaz de mantener un registro de vacunación, o que no logra la coordinación de los diferentes ministerios y, todo ello, en detrimento de la salud de la población.

Otro tema que tiene secuestrada la atención pública es el despropósito del ex-vicepresidente del Gobierno, quien, aunque mantiene su acta de diputado en el Congreso, decidió abandonar el gobierno para ser candidato regional de su partido.

Es tan obsceno el modo en el que ponen por delante las necesidades del partido sin importar si es el mejor momento para la nación, que sonroja ver las imágenes de la desplazada Isa Serra, agradeciendo a Iglesias su decisión. Como si dejar la vicepresidencia, que claramente le venía grande, fuera un sacrificio patriótico.

Son tres problemas lo suficientemente graves como para que hubiera un clamor popular. Sin embargo, las manifestaciones que estamos presenciando exigen la libertad para un rapero faltón.

Explican quienes se dedican a estudiar las decisiones económicas, como Kahneman y Tversky o Vernon Smith, que, normalmente, las decisiones se toman no tanto guiados por una escala de valores sino en función del coste de oportunidad, y, además, en ese análisis hay sesgos que dan más peso a la posibilidad de pérdida que a la de ganancia.

Estos autores nos ayudan a entender lo que sucede en España respecto a los fondos europeos y qué razones pueden explicar la poca atención política que se les presta. Imaginemos que el gobierno se esfuerza en elaborar planes de gasto e inversión de calidad y recibimos ayudas que son adecuadamente ejecutadas.

¿Cómo se vería afectado el ciudadano medio? Probablemente percibiría los beneficios pero no de manera inmediata y directa, sino al cabo de un tiempo y, seguramente, de forma indirecta. No genera tantos votos como insultar al contrario o como un slogan pegadizo.

Independientemente de lo que es más o menos importante en una escala de valores para el Gobierno, la decisión de cuáles son los empeños en los que se van a emplear el tiempo, la energía y las habilidades de sus miembros, se va a basar en el coste de oportunidad: aquello en lo que tienen menos que perder.

Una gestión mediocre de los fondos es un fallo que no cala en la opinión pública: es demasiado técnico

Una gestión mediocre de los fondos es un fallo que no cala en la opinión pública: es demasiado técnico, complicado de explicar y alejado del día a día de los ciudadanos. Y, además, si algo va mal, siempre se le puede echar la culpa a la UE.

Merece más la pena empeñarse en generar titulares: ganar a la derecha en Madrid, anunciar la concesión de ayudas a empresas estratégicas, alardear de la compra de muchas vacunas.

Decía Antonio Garamendi que las empresas españolas, que han perdido casi 300.000 millones de euros, necesitan las ayudas europeas y para eso España tiene que resultar creíble, debemos inspirar confianza. No parece que ese sea el objetivo de nuestros gobernantes. El corto plazo y la gratificación inmediata ganan la partida. Como auténticos adolescentes.

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