La sostenibilidad como criterio de inversión ha llegado para quedarse. Y las gestoras no están dispuestas a perder comba. En un redoblado esfuerzo por situarse a la vanguardia de esta tendencia, ya no solo exigen a las compañías en las que invierten que cumplan con sus preceptos de responsabilidad corporativa, sino que les exigen que incluyan criterios sostenibles en toda su cadena de producción y sus centros de trabajo.

Esta intromisión más allá de las puras cifras de negocio que acostumbraban a analizar se entiende a la luz de una pila de estudios recientes que subrayan que los inversores cada vez se preocupan más por conseguir un impacto positivo con su cartera en cuanto a los temas que tocan la sostenibilidad, el desarrollo social y la promoción de la economía verde. Aquí nace el afán de las gestoras en desarrollar nuevos productos cada vez más exigentes, novedosos y específicos.

La gestora holandesa Robeco, una de las pioneras en este tipo de estrategias, está decidida a meterse hasta la cocina de las empresas que selecciona para sus productos de inversión con criterios ESG, las siglas inglesas que la comunidad financiera ha adoptado como sinónimo de responsabilidad medioambiental, social y de gobernanza. No basta ya con programas de ayuda al desarrollo o de eliminación de la huella de carbono de la compañía, sino de su día a día.

En este sentido, Carola van Lamoen, responsable de titularidad activa de Robeco subraya que más allá de resultados, previsiones y planes estratégicos, su diálogo con las empresas susceptibles de inversión también va a versar sobre temas como la reducción en la utilización de plásticos de un solo uso, los riesgos que conlleva la inteligencia artificial para los derechos de las personas, el impacto ambiental que generan los cultivos para la obtención del aceite de palma. Un trabajo concienzudo que “suele desarrollarse en el plazo de tres años” hasta que en la compañía se implantan los estándares perseguidos por la firma holandesa.

Una empresa sostenible ya no es la que elimina su huella de carbono o tiene programas de desarrollo social, también debe tener programas de igualdad, no consumir plásticos de un solo uso y vigilar de cerca a sus proveedores

Si bien a priori tanto esfuerzo podría resultar titánico para unas inversiones que a día de hoy todavía son minoría, de cara al futuro se promete recompensa. Así lo percibe Larry Fink, consejero delegado de BlackRock, la mayor gestora del mundo por volumen de activos. Convencido de que cada vez un mayor porcentaje de la población, y especialmente los ‘millennials’, sitúan entre sus principales preocupaciones la sostenibilidad y la economía verde, no ha dudado en señalar que los factores ESG son la clave.

En la casa estadounidense, empezando por su máximo responsable, están convencidos de que las empresas que se comporten de acuerdo a estos criterios tendrán más facilidad para atraer más capital y, por tanto, se financiarán a menor coste y tendrán un mayor margen de expansión. Por este motivo, desde hace unos meses BlackRock ha abierto un nuevo equipo dentro de su división de análisis para aplicar criterios ESG a toda la cadena de selección de valores y diseño de nuevos productos de inversión. Y no es la única que lo ha hecho. También las europeas Amundi y Mirova, entre otras muchas.

Este vuelco es síntoma del tránsito desde unas reglas restrictivas de inversión a la hora de construir carteras, a un modelo más amplio en el que se busca que la sostenibilidad cale hondo y multiplique el número de activos elegibles. Aquí se enmarca la iniciativa de 140 gestoras responsables de 6,8 billones de dólares para que los principales proveedores mundiales de índices excluyan definitivamente a los fabricantes de armas de sus selectivos, para que sus productos de réplica -como ETF- puedan ser incluidos en una cartera construida con criterios ESG.

La petición, que de momento se ha dirigido a Ftse Rusell, Morningstar, MSCI, S&P Dow Jones y Stoxx, tiene entre sus firmantes a varias firmas españolas. Y, a la luz de estas recientes exigencias de incluir la sostenibilidad en el ADN de las empresas, no es de extrañar que muchas sean las responsables de planes de empresa de grandes cotizadas nacionales tales como Pensions Caixa 30, de CaixaBank, y Repsol II, encargada de la previsión social de los empleados del grupo petrolero.

La creciente demanda de productos de inversión verde ha terminado por convencer a las gestoras más reacias en lanzar productos de este tipo

Algunas entidades ya se han adelantado a las casas responsables de los índices y han creado sus propios indicadores de referencia para la inversión sostenible, como es el caso del gigante estadounidense JP Morgan con toda una gama completa de selectivos sectoriales o diferenciados por geografías, pero siempre con criterios ESG.

Aunque las gestoras podrían buscar una imagen conveniente a sus intereses de captación de capitales en pleno auge de los miedos a la recesión global, las cifras no engañan. Solo en EEUU, un 25% de la inversión gestionada por profesionales ya se distribuye entre unos u otros activos considerando factores de sostenibilidad y responsabilidad. Así se desprende de la última edición del análisis bianual del foro especializado US SIF.

VESTIRSE DE VERDE ES LA ÚNICA OPCIÓN

Este apetito es el que ha facilitado que en los últimos meses gestoras nacionales e internacionales hayan reforzado su apuesta de fondos de perfil sostenible, con distinto foco. El banco privado de origen andorrano Andbank ha dado buena cuenta de ello con el reciente lanzamiento del Sigma Global Sustainable Impact, un producto multiactivo con vocación de impacto positivo que busca acciones, fondos, ETF temáticos y bonos verdes para conformar su cartera. Un modelo muy similar al que ha desplegado Banca March con su Next Generation, si bien para su desarrollo se fija en algunas megatendencias económicas como el envejecimiento y la tecnología más allá de los criterios más puramente verdes.

Con este clima no es de extrañar que grandes compañías centren sus últimos discursos públicos en las cuestiones ‘verdes’. Un ejercicio de exhibición de las políticas internas de la casa para ponerse a tiro de los cazadores de activos sostenibles y terminar de convencer a los que se lo venían pensando. Tal ha sido el caso de BBVA, cuyo consejero delegado Carlos Torres centró en estos temas su intervención inicial en la reciente junta de accionistas del grupo. Contaminación, desarrollo social, igualdad… fueron los temas que poblaron su discurso en pleno estallido del ‘caso Villarejo’ dentro de la entidad.

Aún en tiempos de crisis, toca vestirse de verde. Y el banco, que desde su nacimiento en el año 2000 presidió Francisco González, y es el emisor del mayor bono sostenible de la historia de la Eurozona, bien lo sabe.

Noticias relacionadas