Igual que Michael Chabon en su Omega Glory, nos preguntamos ¿qué le ha pasado al futuro? Parece como como si hubiéramos perdido nuestra habilidad, o la voluntad, de imaginar algo más allá de cómo serán los próximos 100… qué digo, 10 años. Lo que vemos no parece algo real, sino escrito por gente como J. G. Ballard, Isaac Asimov o Philip K. Dick. Da la impresión de que hubo, visto lo anunciado triunfalmente por los augures de la tecnología, un fracaso cultural colectivo en imaginar cómo sería el futuro y sin una sola pista sobre lo que estamos viendo hoy. Pero no fue así. Sí hubo avisos. Nos dieron pistas. Pero durante años, muchos dirigentes miraron a otro lado. Y así estamos ahora.

¿Qué concepto sobre el tiempo actual han demostrado tener los dirigentes del mundo civilizado en estas dos décadas que llevamos de siglo XXI? Quizá una explicación sobre ello nos la puede aclarar lo que la artista americana Laurie Anderson describe como la diferencia entre ver las cosas en un tiempo largo o en un tiempo ancho. Si se ven las cosas en un tiempo largo se tiende a percibir los sucesos como parte del devenir lineal de la historia. Pero si se ven según un tiempo ‘ancho’ lo que sucede se ve como efectos de procesos que están ocurriendo ‘ahora’ mismo, solo en el presente, obviando lo demás. 

Las comunidades de ciencia básica e investigación aplicada e innovación han decidido cooperar en una masiva explosión de apertura, colaboración y producción de ciencia centrada en el COVID-19 a gran escala y en todo el mundo materializada en producir diariamente más de 500 artículos científicos. Todos sobre aspectos relacionados con el objetivo principal de hallar una vacuna, lo cual pasa ineludiblemente por comprender primero las múltiples incógnitas que plantea el coronavirus. 

Y algo equivalente pasa con multitud de laboratorios, empresas y talleres de todos los lugares, que han reconducido su producción hacia las ingentes necesidades de materiales de aislamiento y protección para profesionales de sistemas sanitarios, pacientes y también, para la prevención de todo el público, de cara a la urgente reapertura del comercio e industria para salvar producción y servicios y minimizar todo lo posible el esperado cataclismo económico.

Dos modelos

Y, sobre todo, se han ‘puesto las pilas’ a gran escala las fuerzas de la innovación tecnológica unida a la ciencia. Ahí es donde podemos comparar dos modelos en lo que podría ser un cierto remedo de la visión entendida como de tiempo largo o de tiempo ancho también en la innovación y que incluye los medios necesarios y, por tanto, su financiación. Dos ejemplos. Primero la del tiempo ancho, los acostumbrados al largo ahora, a la alta velocidad de la innovación actual y su financiación con capital riesgo, pero en sentido positivo. La iniciativa FastGrands o Fast Funding for COVID-19 Science (Financiación Rápida para Ciencia de COVID-19) ha puesto accesible en muy pocos días un fondo de 15 millones de dólares, con un mecanismo de financiación de capital riesgo abierta a cualquier grupo de investigación en el mundo sin condiciones previas. 

Su breve propuesta de objetivos deja claro sus propósitos: "Los mecanismos de financiación de la ciencia son demasiado lentos en tiempos normales y pueden ser demasiado lentos durante la pandemia Covid-19. Las Subvenciones Rápidas son un esfuerzo para corregir esto". Y añade: "Si usted es un científico de una institución académica que actualmente trabaja en un proyecto relacionado con COVID-19 y necesita financiación, le invitamos a solicitar una Subvención Rápida. Las subvenciones rápidas son de 10.000 a 500.000 dólares y las decisiones se toman en menos de 48 horas. Si aprobamos la subvención, recibirás el pago tan pronto como tu universidad pueda recibirlo". 

Es tal la dinámica de este ámbito a nivel mundial que la primera ronda de financiación se llenó de propuestas en pocas horas. Ya hay una lista pública de primeros adjudicatarios. Tras ese fondo hay nombres como Paul Graham (YC Combinator); Elon Musk (Tesla y Space X); los hermanos Collison, fundadores de Stripe, –un ‘unicornio’ valorado en 9.200 millones de dólares–; CapitalG, Alphabet (Google) y General Catalyst Partners, además de Peter Thiel, Max Levchin, y Sequoia Capital, la Crankstart Foundation, del inversor británico Sir Michael Jonathan Moritz (el capitalista de riesgo número uno según la lista Midas de Forbes y miembro del consejo de Google); Tobias “Tobi” Lütke (fundador y CEO de Shopify, conocido también porque en 2019 donó 1.000.001 árboles a Team Trees), entre otros muchos.

En contraste, para mostrar ‘velocidad más lenta’ (y, al parecer inevitablemente burocrática) para financiar ciencia y tecnología con que luchar contra la Pandemia COVID-19, citaré otro ejemplo. El de la Unión Europea que ha habilitado dentro de su programa H2020 la European Research Area (ERA) corona platform con el mismo fin. La diferencia de velocidad con la anterior es evidente como se muestra en el acceso a la plataforma, donde hay un texto muy ilustrativo que dice: "Las tareas de validación de las entidades jurídicas y cuentas bancarias se llevarán a cabo en los Servicios de Gestión de Subvenciones el lunes 27 de abril de 2020, entre las 08:30 y las 16:00. Las funciones de Identidad, Cuenta Bancaria, Contratos y Pagos en el Área de Expertos del Portal F&T no estarán disponibles el lunes 27.04.2020, entre las 08:30 y las 16:00. Los Servicios de Gestión de Subvenciones no estarán disponibles el miércoles 22.04.2020, entre las 07:30 y las 08:10". Compare el lector esta ‘literatura’ y la de la anterior. 

Las iniciativas tipo Fast Funding for COVID-19 Science son de visión de tiempo ancho, de largo ahora, mucho más veloces; y las de la European Research Area (ERA) corona platform son de ‘tiempo largo’. Todas, las de un tipo y otro, suman. 

Pero la urgencia de la pandemia exige velocidad. El coronavirus y el mundo actual la tienen, y muy alta. ¿Qué concepto de tiempo tan limitado tenían los dirigentes de los paíeses avanzados que les condujo durante tanto tiempo a la inacción de la prevención previa a 2020, año en que, en solo cuatro meses, el COVID-19 ha infectado y colonizado cuerpos humanos de 185 países de todo el planeta matando a cientos de miles de personas?

Una patente abierta

Y una preocupación: lo más urgente para neutralizar los terroríficos efectos de esta crisis sanitaria y económica será obtener una vacuna científicamente probada e impecable (sin efectos secundarios), y accesible a cualquier país a gran escala para luego centrase en la ‘reconstrucción económica’ en todas las naciones de las economías, empresas y puestos de trabajo perdidos por causa de la pandemia. Será esencial que sea una vacuna sin patente comercial, sino abierta a fabricación libre a escala mundial, al estilo de la filosofía del CERN

La vacuna deberá ser un bien común compartido para toda la humanidad. Naturalmente, las empresas que la fabriquen deben cobrar por ello, pero sin hacerla objeto de abuso, ni dejar a la gente sin recursos del mundo fuera de este remedio. Eso sería una nueva desigualdad extrema añadida al mundo por el COVID-19. 

Tenemos avisos y precedentes. Un aviso, el intento reciente de Trump de comprar en exclusiva la futura vacuna a la empresa alemana CureVac, y su posible patente con intención de declararla exclusiva para EEUU incluyendo su consecuente inmenso negocio. Y un precedente: ocurrió al principio de la secuenciación de genoma humano, cuando Craig Venter y su empresa quisieron obtener negocios exclusivos basados en el genoma humano, como se cuenta en el libro La Guerra del Genoma: Cómo Craig Venter trató de capturar el código de la vida. Eso se desbarató porque un consorcio colaborativo público mundial lo secuenció aceleradamente y lo abrió para todos. 

La duda es: ¿serán la Organización de la Salud y la ONU capaces de conseguir que la futura o posible vacuna que libere al mundo del COVID-19 no sea un negocio exclusivo de nadie? ¿Serán capaces de liberarse de su congelante burocracia paralizadora? Los fallecidos en la pandemia y los héroes que intentaron e intentan salvarles, y han salvado a muchos otros, no merecen algo así.

TRAGEDIA GLOBAL

El científico Denis Carroll, durante varias décadas, una voz líder que señalaba la amenaza de la propagación zoonótica, la transmisión de patógenos de animales a humanos se mostraba recientemente, en una entrevista, "aturdido por la absoluta ausencia de diálogo global para lo que es un evento [tragedia] global".