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Tribunas La tribuna

El espejismo de los récords turísticos

El autor examina las consecuencias de la mediocratización del turismo en España y señala los peligros de la turismofobia en un país cuya economía está basada en el sector servicios.

Javier Redondo Jordán

El turismo bate récords en España. En 2016 se cerraba el ejercicio con 75 millones de visitantes. Durante la pasada Semana Santa se superó en un 10% la ocupación hotelera del año anterior y, ya doblada esta primera mitad de 2017, se prevé otra plusmarca: más de 80 millones de turistas para cuando en diciembre toque hacer balances.

A nadie se le escapa que, para una economía basada en el sector servicios como la española, esto es una buena noticia. Algunos pensarán que estas crecientes oleadas turísticas sólo vienen a cincelar con más relieve nuestro pedestal como país de camareros, recepcionistas y strippers. Habrá a quien esta circunstancia le importe menos, pues el chorreo de guiris es tan abundante que hay tajada para todos. Dame pan y llámame tonto en el idioma que te apetezca. Existen mil maneras de sacar provecho. Aparte de las tradicionales que cualquiera conoce, la aparición de Internet y sus aplicaciones para móviles han traído consigo algunas novedades: ahora cualquiera puede regentar un hotelito con Airbnb; cualquiera puede conducir un taxi con Uber o Cabify; cualquiera puede ser repartidor con Deliveroo; etc. Alojamiento, transporte y suministros: la Santa Trinidad en la caza del guiri. Del bolsillo de Mister Marshall al nuestro. Y lo puede hacer cualquiera.

La democratización del turismo ha conducido a una democratización de las condiciones laborales a bajo coste

La palabra clave es cualquiera. Cualquiera puede desempeñar el oficio que le dé la gana en la inconmensurable tierra de promisión de la red global. Libertad suprema. Nos prometieron que Internet supondría la democracia de la información y así, en efecto, ha sucedido. La información es poder, y su democratización es otorgar ese poder al pueblo. Sin embargo, la democracia suele hacer sus promedios a la baja, y la democratización del turismo low cost ha conducido, como es natural, a una democratización de las condiciones laborales, también a bajo coste. O, si se prefiere un neologismo más ilustrativo: democratización equivale a mediocratización. Cualquiera puede exprimir al turista si nos avenimos a usar como material de trabajo nuestro propio piso o nuestro propio vehículo, si aceptamos ejercer sin licencia, sin convenio sindical, sin seguro y sin vacaciones, si accedemos a ir al tajo sometidos al estrés, la tiranía y la espada de Damocles de una mala opinión en nuestro perfil que dé al traste con nuestra reputación virtual y, de paso, con nuestro chiringuito, y si asumimos pagar, aparte de nuestra propia cuota de autónomo, un buen porcentaje de nuestros ingresos a una empresa radicada en un paraíso fiscal que sólo actúa como intermediaria de manera automática.

Jauja. Emprendimiento, lo llamará el gobierno; economía colaborativa, le corregirá la oposición; capitalismo tecnológico, dirán los más liberales; auto empleo, replicarán los gurús financieros; pero no es más que economía de subsistencia, el modelo tercermundista por antonomasia. El pobre es un emprendedor nato. Pero allí, en el Tercer Mundo, al menos son conscientes de su esclavitud, mientras que aquí saludamos este nuevo paradigma como el milagro de las redes sociales, de la democracia y de la libertad, y dejamos el sector servicios en manos de aficionados que se dejan explotar felizmente a través del teléfono móvil.

El guiri cuando aterriza se encuentra ¡con todo este pandemónium y a nadie extrañaría que se volviera a casa

Tenemos poca memoria. Lo hemos visto ya en la industria de la música y después en la industria editorial. Internet ha dinamitado el esqueleto laboral de la cultura, con el consiguiente empobrecimiento tanto cuantitativo como cualitativo de sus productos, y ahora apunta hacia el ámbito turístico. Mientras dura el espejismo de récords de afluencia y descensos de las cifras del paro, se sentencia a los hoteles a la quiebra, se destruyen puestos de trabajo, suben los impuestos municipales por los gastos que acarrean las multitudes, se colapsan las calles peatonales, desaparece la vida de barrio, surgen síntomas de parque temático y se desaloja a los vecinos del centro de las ciudades, que huyen tanto del ruido de los turistas democráticamente jóvenes y borrachos como de los alquileres democráticamente abusivos que su presencia provoca.

A pesar de todo, los turistas no tienen la culpa. Poco a poco está surgiendo una injusta corriente de animadversión hacia ellos desde zonas especialmente saturadas como Barcelona y Palma de Mallorca, que violentan a sus visitantes con pintadas con lemas como Tourists, go home (Idos a casa, turistas), entre otros modos de intimidación. El guiri, cuando aterriza en nuestra piel de toro, se encuentra de repente con todo este pandemónium y a nadie extrañaría que su primer pensamiento sea volver a meterse en el avión de regreso, efectivamente, a casa. Es sólo una víctima necesaria, un cordero a desangrar. Tampoco podemos condenar a Internet, que es sólo un tapete sin -a priori- ninguna intención mefistofélica. El medio es neutro. Si ha de buscarse un culpable, más vale hacerlo dentro de nuestras fronteras.

El mundo avanza, el progreso es imparable. Varían las reglas del juego. El Estado terminará legislando estas realidades cambiantes y se equilibrarán sus desajustes. Por el camino, unos pocos se habrán beneficiado y, una vez agostado el terreno, buscarán parajes más fértiles. Es la ley del ecosistema del dinero. Darwin no profesa ideologías ni sienta cátedras morales. De ahí que esta situación de récords turísticos a la que hemos llegado no sea mala. Ni buena. Al menos no podemos juzgarla en estos momentos con la perspectiva suficiente que brinda el tiempo. Otra cosa es que el resultado sea de nuestro gusto.

*** Javier Redondo Jordán es escritor.

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