La tribuna

Trump embiste contra el sistema para salvar su ego

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Ha sido doloroso, pero ya han acabado los tres cara a cara entre Hillary Clinton y Donald Trump. Puede ser que este último debate te haya parecido aburrido, que pienses que no ha aportado nada nuevo sobre Clinton y Trump. Sin embargo los primeros 26 minutos fueron bastante sustanciosos. Es cierto que a partir de ahí todo degeneró para acabar en las mismas interrupciones e insultos de los dos anteriores enfrentamientos. Tampoco importaba demasiado porque nada va a cambiar ya la trayectoria de estas elecciones.

Sin duda, el gran momento de la noche llegó cuando Trump respondió a la pregunta sobre su intención de aceptar los resultados de las urnas. “Lo veré en su momento”, respondió. El candidato republicano lleva días expresando sus dudas sobre la legitimidad de los comicios, sugiriendo que están manipulados, algo que para muchos estadounidenses resulta profundamente perturbador porque pone en duda nuestros 240 años de democracia.

Tras cada elección presidencial hay un hecho de hondo significado: el momento en el que el candidato perdedor da un discurso reconociendo la victoria de ganador y le da la enhorabuena. Forma parte crucial del relato de nuestra democracia, algo que aprendemos desde jóvenes. Esa transición pacífica es la esencia misma de nuestra democracia. De hecho, los discursos de los perdedores suelen ser conmovedores, como lo fueron el de John McCain en 2008 y el de Al Gore en 2000.

Las irresponsables declaraciones de Trump exaltan a sus seguidores más fieles: para ellos, el sistema está quebrado

Las irresponsables declaraciones de Trump exaltan a sus seguidores más fieles. Para ellos, el sistema está quebrado y su voto a Trump es un voto a favor de romperlo. Sin embargo, para darse cuenta de que lo que dice es inaceptable, basta con ver las reacciones de su candidato a vicepresidente, Mike Pence, de su directora de campaña, Kellyanne Conway, y de su hija Ivanka, que han asegurado que sí, que Trump reconocerá los resultados.

Si has visto el debate puede que te parezca que Hillary Clinton podría haber hecho más, que tenía que haber dicho algo nuevo. Pero hay que analizar su intervención desde el punto de vista de su estrategia de campaña. Clinton disfruta de una amplia ventaja en los sondeos y, lo que es muy importante, en los realizados Estado a Estado: hoy, aunque con ligeras diferencias en alguno, va por delante en todos. Hasta en Arizona, tradicionalmente territorio Republicano, podría ganar. O sea, es ella la que tenía mucho que perder y poco más que ganar.

Hillary Clinton ha hecho, por tanto, lo que tenía que hacer: seguir con lo que le funcionó en los dos anteriores debates. Por eso se defendió de los ataques de Trump con la calma que corresponde a quien aspira a entrar en la Casa Blanca, y explicó sus propuestas a la vez que provocaba a su adversario para que mostrase a los estadounidenses su lado feo.

El mejor momento para Clinton llegó al final, cuando subrayó su mensaje inclusivo: 'Necesitamos a todo el mundo'

Por tanto, esperar grandes sorpresas era poco realista. La campaña de Clinton en este momento semeja la táctica del equipo de fútbol americano que está ganando un partido que toca a su fin: deja que corra el reloj sin arriesgar para no dar oportunidad al rival de que anote. Dado que las apuestas están tan altas, parece una elección acertada.

El mejor momento del debate para Clinton llegó al final, cuando miró a la cámara con convicción para subrayar su mensaje inclusivo: “Necesitamos a todo el mundo para ayudar a hacer que nuestro país sea lo que debería ser”.

Trump, en cambio, acabó su intervención dirigiéndose al moderador, Chris Wallace, dejando así la sensación de que no tenía demasiado interés por conectar con la gente que le estaba mirando desde casa. Los primeros dos debates no fueron buenos para Trump, pero además sus deslices y el famoso vídeo -está peleando por ello con los líderes de su propio partido- le han llevado a cuajar una mala campaña.

Al poner en duda la legitimidad de las elecciones, lo que Trump está expresando es que no cree que vaya a ganar

Trump necesitaba en este tercer debate una victoria enorme, un “game changer” para poder superar la desventaja que arrastra. Eso suponía persuadir a los votantes para ampliar su base, que parece anclada en una franja de entre el 35% y el 42% de la población. No lo logró. Salió fuerte, pero no fue capaz de mantener la calma al mencionársele a Rusia y a Putin. A partir de ese momento, el minuto 26, volvió a ser el mismo Trump que hemos visto ya.

Colaboradores de Roger Ailes, exdirectivo de Fox News, aseguran que dejó de asesorar a Trump por que ara tarea imposible. Pero el candidato republicano no sólo no ha hecho caso a sus asesores a la hora de preparar los debates, sino también en el modo de organizar la campaña. Le ha faltado un aparato de captación de fondos y, por eso, ha recaudado la mitad que Clinton. Sin dinero, no ha podido desarrollar una red de colaboradores en los Estados en juego para movilizar el voto, como tampoco ha podido comprar muchos espacios en los medios para publicidad.

Con esas últimas declaraciones en las que pone en duda la legitimidad de las elecciones, lo que Trump está realmente expresando es que no cree que vaya a ganar. Es triste que se refugie en la excusa de que los comicios están manipulados para salvar su propio ego en lugar de pensar en el bien del país. La buena noticia es que estamos cada vez más cerca del 8 de noviembre y, por tanto, más cerca del final de esta campaña tan fea como desmoralizadora. El Partido Republicano tiene una gran tarea de reconstrucción por delante. De ella depende el futuro de la democracia del país.

*** Alana Moceri es profesora de Comunicación política en la Universidad Europea de Madrid y fundadora del movimiento Spain for Hillary.