el pandemonium

De inconscientes y traidores

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Ha costado dios y ayuda, pero finalmente ha calado en España la idea de que la distancia moral entre los etarras que disparaban en la cabeza a guardias civiles y los vascos que miraban hacia otro lado mientras eso ocurría es más corta que la longitud de las balas utilizada por los terroristas.

Las razones por las que los primeros daban el paso de matar y los segundos se limitaban a justificarlo desde la comodidad de su tkoxo quedan para la neurociencia, pero lo importante es que el derecho penal considera que esa distancia es suficiente como para que los primeros vayan a la cárcel y los segundos sigan libres siempre y cuando no expresen su tara mental de una forma que ofenda gravemente a las víctimas. En algún lugar hay que poner la raya y los legisladores españoles han decidido con buen criterio que esa raya sea la piel. De la piel p’adentro, el odio es libre. De la piel p’afuera, la extroversión se paga.

Hoy en día el artículo 578 del Código Penal, el que castiga el enaltecimiento del terrorismo, se suele usar para condenar a veinteañeros irrelevantes con evidentes problemas de socialización. Pero su finalidad original, olvidada por algunos jueces y fiscales que harían mejor ocupándose de cosas más importantes que las miles de idioteces que se escriben cada día en Twitter, era la de ponerle freno a aquellos que no asesinan pero dan apoyo y cobertura política a los que sí lo hacen.

Lo que va a costarnos ahora dos dioses y algo más de ayuda es hacerle comprender a los españoles que a la distancia de una bala moral de los musulmanes moderados que miran hacia otro lado mientras los musulmanes radicales atropellan, acribillan y decapitan están, precisamente, los que defienden la existencia de un islam moderado.

Los que opinan que el velo es una prenda cualquiera sin mayor trascendencia ¡y hasta un signo de liberación feminista!

Los que utilizan rastreramente la foto del pequeño Aylan Kurdi, ahogado en una playa turca (huyendo por cierto del islam), y giran la vista frente a la foto de la niña de once años desmembrada en Estocolmo por un terrorista islámico.

Los que tras cada atentado retuercen la realidad para intentar convencerse a sí mismos de que el islam no ha tenido nada que ver con ese crimen.

Son esos para los que todo es terrorismo (el IVA del cine, la corrupción, los viejos, Europa, los camareros, los desahucios, los guardias civiles, la oposición venezolana, los de derechas, los católicos, el machismo, el sistema bancario, el brexit, los que heredan y hasta los que dan empleo a miles de españoles o donan millones contra el cáncer) menos el terrorismo.

Como en el caso del terrorismo etarra, este tipo de fascinación adolescente por la barbarie medieval es perfectamente legal. Aunque el término exacto debería ser inimputable pues aquellos que lo llevan a cabo carecen de dos de las características que convierten a un ciudadano en sujeto de responsabilidad jurídica: el discernimiento y la libertad. Ni disciernen, porque no piensan, ni son libres, porque son esclavos de sus prejuicios y fantasías.

Otra cosa es la responsabilidad moral. Que estos submarinos del terrorismo islámico no puedan o no deban ser castigados penalmente no quiere decir que no puedan ser controlados socialmente de la misma manera que ellos pretenden controlar el discurso político haciendo uso y abuso del término islamofobia, una etiqueta tan absurda como la de violadorfobia, corruptofobia o machistofobia. A fin de cuentas, la historia la escriben los vencedores y si el término nazifobia no llegó a cuajar es porque el nazismo fue derrotado y la etiqueta que triunfó fue la contraria: colaboracionista.

Así que su elección es simple. Sólo necesitan echar un vistazo a la foto de la niña atropellada en Estocolmo, leer después algo de Ayaan Hirsi Ali, Ibn Warraq o Brigitte Gabriel y, una vez aclarado qué es el islam en la teoría y en la práctica, apostar a su caballo ganador. ¿El islam o las democracias seculares occidentales? ¿El oscurantismo o la ciencia? ¿Los gays colgados de una grúa y las adúlteras quemadas con ácido o sus selfies idiotas de Instagram? De su elección depende que el día de mañana sean juzgados como traidores o sólo como unos inconscientes (más o menos) inofensivos.