Correr la milla

Niños sin deberes

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Existen asociaciones de internautas, de consumidores y hasta de padres. Está bien que la gente se asocie -la asociación de la gente, por cierto, se llama Podemos-, siempre y cuando la asociación resultante hable sólo en nombre de sus asociados. Más que nada porque el 75% de los hogares en España tienen conexión a Internet, aquí los padres son legión y todos, sin excepción, somos consumidores.

La culpa es, claro, de la prensa, que jamás renuncia a una buena sinécdoque. Esta semana, los periódicos publicaron que los padres estaban llamando al boicot contra los deberes que los profesores encargaban a sus hijos. Los padres, recuerden. Es evidente que España no atraviesa su mejor momento en lo que se refiere a su salud moral pero de ahí a que todos los progenitores, ¡siquiera una mayoría!, decidan unirse a sus hijos en una enloquecida huelga intergeneracional para desautorizar al profesor media un abismo. Exactamente el que separa a un país occidental de la Benavís que inventó Chicho Ibañez Serrador para ubicar su siniestra ¿Quién puede matar a un niño?

Por citar un caso reciente, esto recuerda a aquella época infeliz en que el periódico nos contaba que la ministra de Cultura había recibido en el Ministerio a los internautas -los internautas, repito- porque a estos -a los internautas, insisto, y a usted no le llamaron para ir con ellos al Ministerio- no les gustaba la Ley de Propiedad Intelectual que pretendía proteger a los autores del expolio digital.

La asociación que reclama el fin de los deberes se llama CEAPA y representa a unos respetabilísimos padres que consideran que “los deberes suponen una intromisión e injerencia en la vida familiar y el tiempo del ocio” y que con verbo inflamado llegan a denunciar que las tareas “vulneran los derechos del niño”. Los derechos del niño: niños con deberes, niños soldado. Su protesta está salpimentada por consignas como esta: “Tengo derecho a jugar, pensar, aburrirme,…, a disfrutar de mi infancia y mi adolescencia. Los deberes me lo impiden”.

Les confieso que no sé cuánto tiempo dedican a sus deberes los niños españoles. Supongo, aunque esto sea impopular, que los más inteligentes dedicarán menos tiempo que los que no lo son tanto. Sí sé, porque hay evaluaciones que lo respaldan, que los resultados de nuestros escolares son muy inferiores a los que corresponden a un país como España. También sé que hay profesores esforzados y preocupados que no encuentran un aliado sino un enemigo en la casa de sus alumnos. Y que así es imposible ejercer un trabajo, el magisterio, que requiere de disciplina y autoridad.

También sé que unirse a tu hijo en un boicot contra el profesor no va a reforzar la autoridad de este último y que inculcará en el primero la confortable idea del victimismo perpetuo, de que la responsabilidad es algo vaporoso mientras los derechos son bien sólidos y que contribuirá a la castración moral, a forjar seres incapaces de asumir que la consecución de sus metas requiere de un esfuerzo y que, en ocasiones, ese esfuerzo es inútil pues no todos pueden alcanzar las metas que se han propuesto.

“Sólo tengo una vida, no me hagas que la malgaste. Déjame disfrutarla”, dice otra de las consignas de la campaña. Y no me resisto a transcribir una más, la última, que quizás sea la clave de todo este asunto: “Mi padre y mi madre se han convertido en mi profesorado a la fuerza. No es justo”.