La tribuna

Abrazando a los imanes en Cataluña

Alfons Quintà
Abrazando a los imanes en Cataluña

Ilustración

Cataluña es un eslabón débil en cuanto a defensa respecto al islamismo. Con una cohesión social deliberadamente herida no podía ser de otra manera. Ha sido un secreto a voces, hasta que finalmente la realidad ha quemado los ojos. Recientemente, EL ESPAÑOL informaba de que "Decenas de niños musulmanes de Gerona son radicalizados en madrasas del Magreb". Hay más informaciones que señalan a sectores islamistas al socaire de la Generalitat y subvencionados por ésta, que, en cambio,  no cumple con otros pagos.

El pasado 4 de julio La Vanguardia escribió que Cataluña "se ha ido configurando, junto con Ceuta y Melilla, y por motivos totalmente diferentes, como un territorio distinto en algunas zonas", en cuanto a gravedad de la presencia del islamismo radical. Omar Charach, un dirigente asociativo de Lérida, anti islamista, se atrevió a denunciarlo hace meses: "Fuimos pocos los que alertamos de que desde las mezquitas (de Cataluña) se estaba incitando al odio, y los partidos políticos lo único que hicieron fue abrazarse a los imanes pensando en el voto. Ahora ese odio es imparable". Acaso, añado yo, desde el independentismo ¿no hay, también, que odiar a España, dicen, por motivos  laicos? Los enfrentamientos se complementan.

El fundamentalismo y el terrorismo islámicos desean dividir y debilitar las sociedades democráticas. En Cataluña, el independentismo ya ha efectuado parte de esta nefasta labor. No han desestructurado la sociedad porque eso ya se ha hecho desde Cataluña. En cambio, en el resto del mundo hay consenso respecto a que la lucha contra el islamismo requiere unidad, palabra hoy proscrita en y por la Generalidad.

En consecuencia, la reacción en Cataluña contra el brutal drama de París ha oscilado entre el servicio mínimo y la insolencia. La CUP fue muy lejos, después de que el Ayuntamiento de Barcelona decidiese iluminar su sede con los tres colores de la bandera francesa. Un Twitter suyo afirmó: "¡Esto no es solidaridad! Los colores de una bandera imperialista en la fachada del Ayuntamiento". Hubo otras barbaridades de idéntico cariz, siempre concordantes con la voluntad independentista de crear unos "Países catalanes", concepto utópico que incluye el departamento francés de los Pirineos Orientales, con 450.000 habitantes, de los cuales menos del diez por ciento practica el uso social del catalán.

El problema de fondo es la pésima calidad de la cúpula de los Mossos d'Esquadra

Como gran telón de fondo aparece la pésima calidad de la cúpula de la policía autonómica, los Mossos d’ Esquadra y un fallido intento de que Cataluña liderase una gran región que englobara toda la cuenca mediterránea, error delirante de ambición política de Jordi Pujol. En 1999, a instigación del escritor mallorquín Baltasar Porcel (1937-2009), Pujol decidió crear el Instituto Catalán del Mediterráneo. El objetivo de aquel Instituto era lograr para Porcel el Nobel de Literatura, para así conseguir que Cataluña irradiase en todo el Mediterráneo. Juro no faltar ni un ápice a la verdad: logré la confirmación de aquella locura por parte del propio Porcel.

Muchos millones de pesetas más tarde y después de varios informes críticos de la Sindicatura de Cuentas, aquel instituto fue "refundado" -según su propia terminología- en 2002. Perdió el absurdo boato que le había dado la Generalitat y pasó a estar vinculado a la Administración española con el nombre de Instituto Europeo del Mediterráneo. Finalizó el ruido donde nunca hubo nueces. Ahora languidece sin pena ni gloria. Fue el fin de un cuento de terror.

Originariamente, Pujol fue de un pro Israel exuberante. Fundó Banca Catalana con David Tanenbaum, israelita e israelí. Paralelamente, en la sociedad catalana se impuso, por parte del comunismo catalán, un fuerte sentimiento pro palestino.  Correspondía a la política exterior de la URSS.

El resultado es que hoy, en Cataluña, existe un amplio substrato de enfrentamiento arabopalestino. Ello entusiasma a los terroristas, que odian las zonas grises: desde luego no son liberales. En las recientes elecciones, el cabeza de lista de la coalición más próxima a lo que queda del comunismo (Lluís Rabell) afirmó que, a Artur Mas, Israel "le produce una erección". A su vez, la escritora Pilar Rahola, biógrafa y ridícula cortesana de Mas, muestra un sionismo que puede resultar nocivo para Israel, por su agresiva radicalidad.

En Cataluña hay una banalización de la violencia y de la guerra con fines políticos

En síntesis, el tema no conduce a consensos moderadores, sino todo lo contrario. En Cataluña es una norma que todas las radicalizaciones atraigan. Así se crea una banalización de la violencia y de la guerra con fines políticos. En estos momentos, nadie pone tanto hincapié como la CUP en una hoy suicida retirada de la OTAN.

Quienes lo tienen claro son los Mossos d'Esquadra, cuerpo con una base muy mayoritariamente constitucionalista. "Bajo Convergència, los familiares y miembros del clan pujolista que eran listos fueron colocados en el poder económico, para enriquecerse. A los nada listos los situaron en la cúpula de los Mossos, donde permanecen. La cosa va así, así de mal", me asegura alguien con peso en este cuerpo.

La Administración catalana es un dechado de ineptitudes. El anecdotario puede hacer caer de espaldas. Todo está en continuo empeoramiento y a ello contribuye sobremanera una televisión autonómica (TV-3) muy cómplice.

Todo ello explica que mientras en Europa la lucha antiterrorista está en la cima de les preocupaciones sociales y políticas, en Cataluña, sectores minoritarios -si bien hoy políticamente determinantes- tienen otra agenda. En vez de analizar y combatir el problema se dedican a reconfortar. Quieren hacer creer que con los Mossos habrían desaparecido los problemas de seguridad, cuando lo cierto es que han aumentado, por mucho que se camuflen las estadísticas. De la misma forma, quieren hacer creer que la corrupción no existe en Cataluña, que una calumnia inventada por el poder español. De momento, el agónico Artur Mas puede aparentar ir de la mano de la Alicia del País de las Maravillas... mientras alguien se lo crea, mantendrá su falaz discurso