Sin soltar amarras

La humillación húngara

La historia me la contó su protagonista. Hace años, en el transcurso de una semana cultural española que se celebraba en Budapest, un escritor fue invitado a dar una conferencia. El auditorio estaba repleto, y el hombre se puso los cascos para escuchar, traducida, la presentación que de él iba a hacer en húngaro el organizador del tinglado.

Lo que oyó fue lo siguiente: "Señores, para inaugurar este ciclo de conferencias intentamos traer a Muñoz Molina o a Ana María Matute, pero ya estaban comprometidos y esto es todo lo que hemos podido conseguir". El escritor -conocido, premiado- dio la charla aceptando que había sufrido un episodio de escarnio público difícilmente superable.

Al regresar a España, haciendo gala de su sentido del humor, nos contó la anécdota, que bautizó como "la humillación húngara". Desde entonces, mis amigos escritores suelen referirse con ese nombre a las múltiples formas de maltrato de las que somos objeto los que nos dedicamos al noble oficio de juntar letras.

Entre todos acumulamos suficientes como para escribir un libro. Algunas son surrealistas, como la de un autor muy famoso que se pasó una semana  encerrado en un hotel de Sao Paulo esperando a que sus anfitriones en Brasil le dijesen a dónde tenía que ir para dar una conferencia que no llegó a pronunciar. Otras, simplemente degradantes, como aquella vez que un amigo se encontró a sí mismo haciendo pinza con los dedos en la nariz para pasar por su secretaria y reclamar los trescientos euros que le adeudaba una fundación. Las hay divertidas, como la que cuenta un escritor al que la concejala de Cultura de un pueblecito le aseguró que su charla tendría mucho público "porque le he dicho a mi marido que si no trae a sus amigos lo voy a tener un mes a pan y agua, usted ya me entiende".

Mi última humillación húngara tuvo lugar hace unos días, cuando otros dos autores y yo fuimos invitados a leer un texto inédito en el marco del Liber, y no apareció nadie. Estuvimos un rato mirando la puerta como corderos a punto de ser degollados, hasta que el representante de la organización, muy misericordioso, propuso suspender el acto y tomarnos una cerveza.

Cierro la lista de humillaciones con la que sufrió una autora  guapa y exitosa en el photocall del Premio Planeta: pidieron a una presentadora emergente que posara con ella, y la niña respondió "no, yo sola, que a esa no la conozco de nada". Pongan ustedes el titular, que a mí me da la risa.