El puente de Toledo

(17 de octubre de 1935, jueves)

Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

Mi querida Merche:

Me pides que te describa Madrid, y me cuesta trabajo hacerlo. Me doy cuenta de que esta ciudad son muchas ciudades; por algo le dicen los madriles. ¿Cómo combinar en una misma estampa los cafés de la calle de Alcalá, Gran Vía, la universidad, Carabanchel o la verbena de la Paloma? Te podría decir, a ti que eres de Ciudad Real, que esto es un gran poblachón manchego, y remitirte a los cuadros de Goya o a Galdós, o a Baroja, que, es cierto, dan cierta idea de Madrid, aunque ninguno la abarca del todo.

Ahora, si bien es difícil levantar la mirada y abarcar la vida en esta gran colmena, no lo es tanto hablar del barrio de cada cual, y yo, como te he dicho, aunque nací junto a la Gran Vía, he vivido desde los nueve años con mis padres en la calle General Ricardos, lo que es decir en el suroeste de la Villa, justito al otro lado del puente de Toledo.

He crecido en Carabanchel Bajo, pero en realidad la vida siempre la hice en la otra orilla del Manzanares. Mi colegio, el Instituto de San Isidro, estaba en la calle de Toledo, y toda mi infancia la he pasado cruzando el puente a pie, cuando no tenía dinero para el tranvía, y así la principal imagen que yo tengo es la de este puente de fábrica barroca y churrigueresca.

El puente ha sido el principal escenario de mi vida. Es el que atravesaba, de niño, para ir al colegio, y el que cruzo ya de mayor día tras día en tranvía para llegar al edificio de la Escuela de Arquitectura, donde trabajo, y los domingos para subir al Rastro, mi único pasatiempo. Durante veinte años he visto casi a diario las estatuas de San Isidro labrador y Santa María de la Cabeza, uno apoyado en el brocal del pozo, la otra agarrando el cántaro, cada cual en su hornacina.

Ese puente y la panorámica que desde él se tiene sobre el Manzanares –el pobre Manzanares del que tanto se ríen los poetas del Siglo de Oro- es una vista que no me cansa nunca, al amparo de un cielo alto y purísimo de media montaña que protege todo, porque, que no te engañe nadie, lo que tiene Madrid de más hermoso es esa luz que hace que todo parezca mucho menos feo y mezquino.

Siempre me gustó mirar hacia el sur, más allá del matadero y los mercados al otro lado del río, y del campo de Comillas y la colonia San Antonio, y busco a lo lejos el puente de la carretera de Andalucía, porque por esa carretera se llega a donde estás tú… Es un paisaje pobre, pero que reconozco como propio.

Hoy, por ejemplo, según te escribo –lo hago en el tranvía, porque el resto del tiempo libre lo utilizo para estudiar- al cruzar el puente, lo que veo es esa suerte de estadio que están construyendo en el campo de Comillas, donde va a hablar el domingo don Manuel Azaña, un mitin del que te daré noticias. Parece que, como el Gobierno no autoriza a utilizar la plaza de toros, los republicanos se han dedicado a allanar la campa y a construir esa estructura provisional en que están trabajando varios camiones y hasta una grúa…

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