Hace casi treinta años la plantilla del Barcelona se levantó contra su directiva y convocó a los medios para pedir su dimisión. Quién sabe si fue acertado, pero al menos fue un acto colectivo, comprometido y valiente. El menosprecio de la MSN, aplaudida por el píquaro bufón de la escena, es una demostración de la irresponsabilidad de unos niñatos que no respetan a los aficionados de un club con más de cien años de historia. Unas imágenes que retratan los intereses que mueven a sus esperpénticos modelos: los suyos.


Las lamentables fotografías son la última y sorprendente prueba del nuevo status de los futbolistas. Las estrellas han pasado de esclavos en jaulas de oro a multimillonarios caprichosos que se mueven a su antojo. Mientras que sus colegas del siglo pasado se tuvieron que organizar para obtener el respeto de unos mínimos derechos que les garantizasen un mínimo de dignidad y una cierta equiparación con el resto de los trabajadores por cuenta ajena, las estrellas del futuro mueven los hilos a su voluntad.


No solo el saltarín y bailongo Neymar se aplicó en su despedida en arrojar toda la responsabilidad de su marcha sobre el desconcertado Bartomeu, sino que ahora, sus amigos del alma, enamorados hasta el tuétano, no pueden soportar esconder su pasión y publican la prueba de su amor en las redes sociales. No les importó que el brasileño dejara al equipo en cuadro y con todos los planteamientos rotos, como declaró Valverde. Tampoco que recién llegado a París declarase que “mucha gente pensó que estaría triste por irme de Barcelona, pero aquí estoy igual de contento que siempre”. Y tampoco tuvieron en cuenta el hecho de que el club esté en plena contienda jurídica con el delantero carioca, porque lo importante es que el mundo vea que se quieren. A los aficionados del Barcelona, a la estabilidad del club y al prestigio de la entidad que les den. Están en un segundo plano, faltaría más, porque ellos tienen que acaparar siempre el primero.


Lo más fascinante de estas historias, que cada vez son más frecuentes, es que los causantes del estado de sumisión en el que se encuentran han sido los propios clubs. Se han empeñado en convertir el fútbol en un vertiginoso mercado de intercambio y en malcriar a sus fichajes como hijos predilectos a los que se les consiente todo. Y como suele suceder, los niños consentidos se transfiguran en adolescentes retadores. Si no me das todos los caprichos, me iré de casa. Como declaró Cerezo en fecha reciente, “hoy en día los jugadores juegan donde quieren”.


Curiosamente, quien mejor parece moverse en el actual ciclo de sacudidas sísmicas es Florentino Pérez. El pionero de los fichajes millonarios a mansalva navega con éxito contracorriente. Lleva dos años seguidos sin fichar ningún galáctico para cumplir con ese mantra estival -que no deja de ser una pamema agitada por los medios que no saben hablar de otra cosa-, de que “hay que ilusionar a la afición”. Todo el mundo sabe que a la grada se la ilusiona ganando las supercopas de España y de Europa, después de haber ganado la Liga y la Champions. Lo demás son serpientes de verano que mueren inoculadas por el veneno que llevan dentro: el de una gestación ficticia que solo sirve para ocultar problemas profundos. No hay constancia en estos momentos de que el Bernabéu eche de menos a alguien.


Así que, mientras el Madrid nada en la tranquilidad, el Barcelona zozobra por la incompetencia de su directiva y por la irresponsabilidad de sus jugadores de los que prefiero pensar que son unos mentecatos egoístas que no saben calibrar la trascendencia de sus acciones a que son unos conspiradores contra su directiva. Sería terrible para el club que mientras el Madrid les daba un meneo de los que quedan para el recuerdo, los que tienen que defender sus colores estuvieran jugando a lo que no saben. Más vale que se apliquen en lo suyo y dejen de hacer el canelo.