Cartas y memoria

El hijo de Cela reinventa a su padre sin Marina Castaño

Cela Conde presenta al Nobel como un marido enamorado que tropezó con unos "años oscuros" al final de su vida.

El premio Nobel Camilo José Cela.

El premio Nobel Camilo José Cela. EFE

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"Mi distinguida esposa y amante: estoy con una borrachera que no me lamo". Contaba Camilo José Cela, en una de sus cartas a su primera mujer -Rosario Conde-, que, durante sus viajes por las tierras de la Alcarria, se pilló una cogorza letal con el coronel del zar señor Wladimir de Basil, y acordaron "derribar al memo de Stalin", asegurando que para ello empezarían "por independizar Galicia y pactar con la Gran Bretaña". Lo recoge su hijo, Camilo José Cela Conde (Madrid, 1946), en Cela, piel adentro (Destino), el que quiere ser el retrato más literario y personal de CJC -como firmaba sus misivas. Cela padre era de esos que, como decía Wilde, se pasaba los días diciendo cosas increíbles y las veladas haciendo cosas improbables.

El libro se lo dedica el autor a su madre: "Para Charo, la única persona que conoció al Cela de piel adentro". Tras su muerte en 2002, a los 88 años, el hijo recuperó unos arcones de cartón en los que Rosario atesoraba carpetas llenas de cartas, papeles y manuscritos de Camilo José Cela, además de poemas inéditos, artículos y un par de obras de teatro inacabadas.

El libro se lo dedica el autor a su madre: "Para Charo, la única persona que conoció al Cela de piel adentro"

Es con ese material con el que Cela Conde trata de limpiar la imagen de CJC -un tipo enamorado, un vagabundo rebelde que soñaba desde joven con obtener algún día el Nobel de Literatura- y emanciparla de ese personaje que, dice, "él mismo se creó y que acabó devorándole". Cela, piel adentro es una hagiografía hecha desde el amor filial, una patina de dignidad, un barniz de recuperación del padre, del marido, del imberbe que se confesaba con la niña Rosario a golpe de epístolas "cojonudamente bien escritas", dicho por Cela Conde.

Los años oscuros

"Yo me cago en mi padre, pero soy capaz de matar a quien no reconozca que eres la mujer más perfecta de la tierra", le escribía, meloso, a Charo. "¡Viva tú! Perdóname y bésame, pero soy un desgraciado cuando tú estás lejos de mí". No para el niño de reivindicar a la madre poniéndole al padre las palabras de nuevo en la boca. Y cuenta él mismo que CJC envió varias cartas desde Chile y Argentina a Rosario llamándola "Sra Mª del Rosario Conde de Cela. Marquesa de Iria Flavia". "Es una anticipación sorprendente", sugiere. "Pero el destino se encargó de impedirle a Charo que algún día se convirtiera en marquesa. No sé a quién de los dos, si a Charo o a CJC, le infligió el azar el peor castigo. Bueno, sí que lo sé".

Pinta Cela Conde a Marina Castaño -segunda esposa del Nobel, por la que abandonó a su madre y, al final, marquesa- como a una mujer accidental, pura enajenación transitoria

Pinta Cela Conde a Marina Castaño -segunda esposa del Nobel, por la que abandonó a su madre y, al final, marquesa- como a una mujer accidental, pura enajenación transitoria. Bautiza esta crisis, este salir de sí, como Los años oscuros, allá en el capítulo 10. El autor señala que su padre, además de alejarse del círculo que le había acompañado en sus andanzas literarias, cambia de manera de ser. Aquí la eclosión del Cela de prensa rosa -que recuerda tanto a Mario Vargas Llosa- y que al hijo le cuesta reconocer, "casi siempre disfrazado de chaqueta cruzada azul marino con botones dorados".

Cela Conde no se explica cómo pasó lo que pasó y zarandea al lector: ¿Ve usted? -parece decirle. ¿Ve cómo CJC era un esposo ejemplar, todo palabras calientes, todo mimo y adoración conyugal? Los años oscuros resulta un título con tintes de totalitarismo, de bochorno, casi de esoterismo: época tenebrosa que culmina con el funeral de CJC y el dolor del hijo que no tiene una plaza reservada en el lugar destinado a la familia.

'En qué lío me he metido'

Castaño queda retratada como esa gota de mal que le cae a uno sobre la cabeza sin que pueda zafarse. Llega a decir Cela Conde que, durante la era lóbrega, el pasado íntimo de CJC se intentó eliminar. "No sé cuál fue el papel de mi padre en su transformación, ni si dirigió o no, siquiera en la sombra, ese intento de reescribir la historia haciendo desaparecer de ella personas, lugares, recuerdos y afectos", explica el autor. "Por poner sólo un ejemplo, el libro de homenaje Retrato de Camilo José Cela (Círculo de Lectores, 1995), contiene una "selección de ilustraciones, abundante y representativa, que nos muestra visualmente las etapas de su trayectoria y nos introduce en su mundo". Esa elección incluye un total de 179 fotografías. Pues bien, en ninguna de ellas, ni siquiera en una sola, aparece Charo".

No sé cuál fue el papel de mi padre en su transformación, ni si dirigió o no, siquiera en la sombra, ese intento de reescribir la historia haciendo desaparecer de ella personas, lugares, recuerdos y afectos

Cela Conde lo dice claro: "También es posible que esa segunda vida fuese la que quiso vivir de veras y decidió llevarla hasta las últimas consecuencias, porque mi padre no hacía nunca nada a medias. Pero no resulta probable. A dos de mis tíos -se me permitirá no dar sus nombres- les hizo, en uno de esos momentos rarísimos en que se dejaba estar solo con alguien de su familia, una confesión en voz baja al poco de irse a vivir a Guadalajara [primera residencia junto a su recién estrenada esposa Marina Castaño]. Les dijo: "¡En qué lío me he metido!", y lo hizo en dos ocasiones, por separado". El autor, que ya le ganó a Castaño la batalla judicial por la herencia de su padre en 2014, quiere ahora reivindicar la victoria moral de su familia frente a la periodista con la que el escritor compartió los últimos 12 años de su vida.

Cómo va a ser que un señor que firmaba esas cartas -"Si no fuera por lo que es -lo que es, sois el nene y tú- habría cortado ya amarras"- dejara sólo en herencia a ese nene la obra El cuadro rasgado, de Joan Miró, presente que su mujer y él habían donado al hijo cuando se divorciaron, en 1990. CJC ya quiso recuperar la obra en 1994, al sentirse ofendido por unas críticas que había realizado públicamente su hijo contra él. Planteó una demanda civil que no ganó.

Cómo va a ser que un señor que firmaba esas cartas -"Si no fuera por lo que es -lo que es, sois el nene y tú- habría cortado ya amarras"- dejara sólo en herencia a ese nene un cuadro

Cómo va a ser el mismo el que empuñaba la pluma algodonada en los mensajes íntimos que el señor del que hablaba Marina Conde en 2012, cuando publicó en la revista Telva las aventuras sexuales de su difunto. Del que decía que tuvo "numerosas aventuras amorosas" a lo largo de su vida y que dejó "esparcidos por el mundo" un elevado número de hijos naturales, "todos, o casi todos, llamados Camilo o Camilo José". No entiende el hijo que el ser humano es un claroscuro, que también los años perversos son inherentes a la propia biografía y que no hay que rascar inocencia detrás de toda semblanza. 

Reescribir la historia

Cela Conde reescribe la historia y subraya a la verdadera mujer de la vida de CJC: Rosario. La que estuvo en los años de penurias y en la angustia de los altibajos, la que le apaciguaba el carácter, la que le vio hacerse académico, la que veló sus libros, la que prefirió quitarse de en medio en la ceremonia sueca del Nobel para "respetar la felicidad" de su marido: "Ese episodio coincidió con el testimonio más grande de la entereza y generosidad de mi madre. Renunció a estar en Estocolmo para no amargalre ni lo más mínimo a mi padre el instante más feliz de su vida. Es de dominio público que el matrimonio de mis padres había fracasado poco antes. Pues bien, en mi opinión hace falta mucha entereza, mucha personalidad y, sobre todo, muchísimo amor para que Charo tomase una decisión así", escribe el hijo.

La memoria es algo extraño. A veces preferiría uno cortar los recuerdos y remendarlos al antojo, dejar ese hiriente más lejano o traer cerquita ese bueno, como para hacerlo aún vigente. Claro que uno quiere las palabras de amor al final, como si hubiesen sido -de verdad- las últimas, como si se pudiese rebañar siempre su poso y justificar el resto. Por eso, Camilo José Cela Conde cierra el libro con una carta del 4 de mayo de 1973, es decir, "una semana antes del día de su cumpleaños y poco después de su viaje de conquista a Estocolmo":

Queridísima Charo,

Esta separación nuestra, aunque la sé muy breve, ha sido especialmente dolorosa para mí. Estoy muy cansado y muy perplejo; también estoy en un momento crítico, humano y quizá también profesional, y lo único que busco es distraerme y sosegar la cabeza. Pero quiero decirte una cosa que quizá sepas ya: te necesito, como es posible que me necesites tú también. Pudiera ser que en nuestro ya largo matrimonio jamás te haya escrito unas líneas tan sinceras como éstas.

Sabes de sobra que te quiere muchísimo

tu marido.