Literatura y olvido

Cinco heridas del franquismo en el último libro de Juan Marsé

El autor catalán presenta su nueva novela, 'Esa puta tan distinguida', un soliloquio sobre la memoria y las costras históricas del régimen. 

Juan Marsé presenta su última novela, 'Esa puta tan distinguida'.

Juan Marsé presenta su última novela, 'Esa puta tan distinguida'. EFE

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Juan Marsé (1933, Barcelona) se presenta en su nuevo libro: "Hijo adoptivo y de incierto origen biológico". Y es verdad que el escritor huérfano nunca perteneció a nadie: no entiende de genealogías, de banderas, de patrias más allá del lenguaje. Marsé -apellido prestado- haciendo suyo el barrio de Guinardó. Con el gesto ese de animal callejero, de vástago de su clase, que luego le imprimió a su personaje más sugestivo y racial: el Pijoaparte. Ahí el niño de la posguerra, el novelista social, el joven que apura hasta la colilla en las fotos antiguas. Otra instantánea: sin camisa y al sol, con su compadre -y primer editor- Carlos Barral.

Arrancó siendo escritor obrero por convicción, pero no ha podido evitarlo: la sofisticación se lleva por dentro, y al final se ha pasado la vida esculpiendo libros como un miniaturista, rascando el renglón perfecto. Lleva el régimen inserto en la médula: su obra gira con una cuerda alrededor del franquismo. De vez en cuando habla y dispara; escribe y dispara. Marsé entiende el mundo desde la dictadura y sus herencias tristes.

Lleva el régimen inserto en la médula: su obra gira con una cuerda alrededor del franquismo. De vez en cuando habla y dispara; escribe y dispara

"Habría preferido nacer en otra época, en otro país, con ojos azules y un hoyuelo en la barbilla". Pero hace ya 83 años que puebla España y sigue en pie: no se debe, no se achanta, no milita. Escribe el autor que "como decía Flaubert, todas las banderas están llenas de sangre y mierda y ya va siendo hora de acabar con ellas".

En Esa puta tan distinguida (Lumen), Marsé regresa a la Barcelona de 1982 y se confunde con un escritor que ha recibido el encargo de un guion cinematográfico: debe reconstruir el asesinato de Carol, una prostituta bien conectada con la policía y con el régimen que apareció muerta en 1949 en la cabina de proyección de un cine de barrio. Otro ejercicio de memoria. Otra vez el recuerdo como un bombón envenenado. Otra rozadura, otra historia que no cabe sin su época. Aquí cinco claves -cinco raspas franquistas- que atraviesan la garganta del lector del nuevo libro de Marsé.

1. Fabulación sobre el caso.

La historia que aborda Marsé está inspirada en hechos reales -ahora novelados-: Carol -en el libro- es en realidad Carmen Broto, una joven de Huesca que llegó a Barcelona huyendo de la pobreza. Fregó suelos hasta que se cansó de pasar hambre y comenzó a dedicarse a la prostitución. Se relacionó con hombres de la alta sociedad que la hicieron su protegida y acabó siendo dueña de una pequeña fortuna y una colección de hermosas joyas. Uno de sus compañeros más conocidos era Juan Martínez Penas, el empresario gallego del teatro Tívoli, que vivía en el hotel Ritz y la utilizó como coartada para enmascarar su sexualidad. Un día la encontraron muerta en el huerto de calle Legalidad. Tenía 25 años.

Su asesino era su amigo Jesús Navarro Manau, por quien ella sentía especial debilidad. La intención de Navarro, ayudado por su padre -un delincuente profesional- y un amigo, era sustraerle las joyas a Carmen y matarla después de que los condujese hacia Martínez Penas -y robarle también a él-. El crimen fue sencillo para la policía: los asesinos dejaron muchas pistas. Navarro Manau fue condenado a muerte, pero logró que le conmutaran la pena por 30 años de cárcel y fue liberado prematuramente por buena conducta. Sus dos cómplices se suicidaron con cianuro al ser descubiertos.

La versión oficial no convenció al país: no podía ser que en un ambiente dictatorial, lleno de influencias perversas, Carmen Bronto hubiera tenido un final tan triste y burdo, tan poco novelesco

Sin embargo, la versión oficial no convenció al país. No podía ser que en un ambiente dictatorial, lleno de influencias perversas y tejemanejes eclesiásticos, Carmen Bronto hubiera tenido un final tan triste y burdo, tan poco novelesco -qué ironía-. Su nombre se convirtió en el centro del morbo y la especulación: se dijo que había chantajeado a uno de sus clientes más poderosos con fotografías tomadas mientras mantenía relaciones sexuales con menores de edad, que suministraba mancebos al obispo pederasta de Barcelona, que era la querida de un capitoste del régimen franquista y un largo etcétera. Su propio asesino se sumó al drama asegurando que Bronto fue eliminada por ser confidente de la policía y delatora de los enemigos del franquismo.

La realidad era más sórdida, más hueca, más sencilla. No había conspiración bajo el bigote de Franco. No esta vez. En su libro, Marsé se sienta junto al asesino de Carol (aquí Fermín Sicart, cliente suyo y operador de la cabina de proyección donde la encontraron muerta) y escucha su versión para construir su guion. Sicart reconoce que la mató, pero no recuerda por qué.

2. Descripción de los personajes.

Que el franquismo incide en la óptica del autor se trasluce ya en la descripción de los personajes. A quien no le rodea una estética del régimen se ve movido por los intereses o rencores políticos de la época. Está el aura ahí, como una putrefacción constante. Cuando Marsé habla del señor Sicart -asesino de Carol-, no tarda en señalar que el rictus amargo de su cara, sus hombros caídos, su cuello largo, su pelo repeinado, sus gafas oscuras de montura metálica y su gabardina -en definitiva, su coquetería demodé- resultaban "bastante cómicas y desde luego inofensivas": "Todo él parecía una reliquia de la España triste, remendada y presumidita de la posguerra".

Sus películas de denuncia adolecen hoy de una fastidiosa monserga política, un izquierdismo de manual y unos resabios militantes marca PC que causan grima

Otro ejemplo -esta vez el aura trasciende al look y se adentra en los actos- es el cineasta Héctor Roldán, quien le encarga al escritor el guion del caso. Marsé lo describe como "el autor de una filmografía en blanco y negro muy crítica con la dictadura, valiente y bienintencionada, aunque también bastante plasta: las orejeras ideológicas constriñeron su indudable talento, hasta el punto de que todas sus películas de denuncia, tan celebradas antaño, adolecen hoy de una fastidiosa monserga política, un izquierdismo de manual y unos resabios militantes marca PC que causan grima".

El escritor señala que a Roldán se le había "agarrotado el puño en alto" y que ahora quería "que la sórdida historia del crimen se viera en la película como el claro trasunto de un país encanallado por la dictadura, un reflejo de la miseria moral y política del régimen que habíamos enterrado cuatro años atrás al emprender la Transición democrática".

Juan Marsé presenta su última novela,

Juan Marsé presenta su última novela, EFE

Roldán es parte de esa España descontenta con la versión oficial del caso: buscaba más, anhelaba carnaza, y pretendía llevar el filme "más allá de la denuncia". Sólo hay un asesino para Roldán y es el sistema político. Ahí la muerte como "lógica consecuencia de una depravación nacional institucionalizada que nos afectó a todos, una infamia histórica que victimizó a todo el mundo, en todos los estamentos del país, sin escapatoria posible para nadie", reclama el director. A Marsé todo eso le recuerda al filme aquél "del anónimo ciclista atropellado en una carretera, una peli que ya hemos visto todos". Se refiere a Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955).

3. Memoria, desmemoria y olvido.

Marsé trata los experimentos lobotómicos que llevó a cabo en su día Antonio Vallejo-Nájera -jefe de servicios psiquiátricos militares del franquismo- contra los prisioneros republicanos para demostrar la debilidad del "gen rojo". En el libro es el doctor Tejero-Cámara quien somete al asesino a una psicoterapia para borrarle la memoria. Lo cuenta él mismo en Esa puta tan distinguida: "[Tejero-Cámara] decidió que yo era un degenerado que mamó en el anarquismo, un débil mental con carnet de la FAI (...) A los prisioneros republicanos les vaciaba la mollera, les extirpaba sus ideas bolcheviques, aquello que les había llevado al marxismo o al anarquismo, el... ¿cómo lo llamaba?, el gen rojo".

Dice que el doctor le alentaba: "Sicart, no cultive usted la memoria, esa flor venenosa, a todos nos han pasado cosas que es mejor olvidar". El propio Marsé -o el escritor de su novela- lo habla con Fermín Sicart:

"-¿Sabe?, hoy en día, mucha gente sostiene que el pasado debería ser intocado e inviolable. ¿Usted qué opina?

-A mí me da igual. Pero pienso que todos tenemos derecho a olvidar según qué cosas, ¿no le parece?

-Por supuesto- repone el escritor-. La cuestión es si lo que uno quiere olvidar es su exclusiva pertenencia o lo comparte con otras personas. Y no me refiero tanto al olvido como a la desmemoria...

-¿Qué quiere decir? ¿Acaso no se trata de lo mismo?

-No. El olvido puede ser involuntario. La desmemoria sobre todo en este país, suele ser una falacia perfectamente planeada." 

4. Efectos de la censura (en la escritura y en el cine).

"Durante la interminable dictadura, aquel cine nacionalcatólico de cartón piedra generó tanta miseria moral y estética, se regodeó tanto en su propia falsedad y estupidez, que tardamos muchos años en levantar cabeza", señala Marsé ya en las primeras páginas de su obra. Más tarde, trata el veto cinematográfico en su propio guion. "Es la censura, chaval. Cortan los besos, las piernas, los culos y las tetas. ¡Jolines, qué rabia! Cuando vuelva a salir, ya no enseñará nada, ¿qué te juegas".

Habla Marsé del poso mental de la vieja censura, casi un síndrome de estocolmo que ya no le permite escribir como antes porque ya no recuerda cómo llamar a las cosas por su nombre

Pero más allá de eso -de lo obvio- habla Marsé del poso mental de la vieja censura, casi un síndrome de estocolmo que ya no le permite escribir como antes. "Por alguna razón, al convocar el tiempo ido, sentía el peso de una castradora censura oficial que, paradójicamente, ya había sido abolida, ya no existía en 1982: aquel insidioso mandato de no llamar a las cosas por su nombre. Ocurría que algunas palabras demasiado tiempo evitadas y arrumbadas, como si aún les afectara el expolio y el descrédito sufrido durante tantos años, perdían de pronto su referente ante mis propios ojos y mudaban de significado, enmascaraban su verdadero sentido y me daban insidiosamente la espalda".

El escritor recuerda los tiempos en los que las cosas y las palabras que las designaban no estaban unidas del todo. Sus palabras, "cautivas, marrulleras, afásicas" no decían más que vaguedades. Aquí la peor censura: la autoinfligida: "...contrarrestar de algún modo tan persistente penuria verbal, síndrome remanente de casi cuarenta años de autocensura (en mi imaginación, al menos, aunque soy consciente de mis tenaces deficiencias)".

5. Reproche a la iglesia.

No pierde el autor ocasión de presentarse en el libro como "algo más que laico, decididamente anticlerical": "Mientras la Iglesia católica no pida perdón por su complicidad con la dictadura franquista, declararme anticlerical es lo menos que puedo hacer. Disfruto de una saludable clerofobia desde la más tierna adolescencia".