Libros

El viaje de Màxim: en la maleta de un escritor de éxito

Una gira de dos meses y 13.000 kilómetros, aluvión de entrevistas, horas firmando, así cuidan las editoriales a sus autores fetiche.

Màxim Huerta en el aeropuerto de Barajas.

Màxim Huerta en el aeropuerto de Barajas.

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Una vez leí que cada maleta es un autorretrato y una confesión, que es una casa móvil en la que el mundo del viajero hace así, se encoge y se vuelve miniatura. Los Fitzgerald huyen en 1924 a Europa con 17 baúles y otros tantos bultos. La policía inglesa revuelve entre los cuatro baúles de Mata Hari, además de una caja de madera con un servicio de té chino. En la frontera, y después de dejar paso al mozo que carga con unas cuantas maletas, Wilde sólo declara esto al aduanero: “Nada, excepto mi genio”. Stendhal posee lo que puede meter en dos baúles y cargar por el mundo. “Es como viajar con Greta Garbo”, dice un compañero de Bruce Chatwin, que prefiere no renunciar a las buenas lecturas ni a los pijamas de seda.

¿Te acuerdas de mí? Acabé tu anterior novela y decidí separarme de mi marido

Las maletas son un pecio con ruedas, en el que brilla la intimidad a oscuras. Están llenas de sorpresas, escribe Giuseppe Scaraffia en Los grandes placeres (Periférica). “Recordad, al comprar una maleta, que durante un largo viaje siempre habrá un momento en que os veréis obligados a llevarla vosotros mismos”, avisa Paul Morand. A Simenon y Hemingway les gustan las maletas Vuitton. “Para viajeros diferentes a los demás”. Morand y su testamento viajero: “Me gustaría que después de mi muerte se hiciera con mi piel una maleta de viaje”. Cocteau hace su vuelta al mundo en ochenta días con dos maletas.

Màxim Huerta, dos meses y miles de kilómetros en soledad.

Màxim Huerta, dos meses y miles de kilómetros en soledad.

Para peinar las librerías de España en algo más de sesenta días sólo se necesita una Samsonite roja, trabajada, muy trabajada, tres cajas de omeprazol, una de ibuprofeno, el cargador del móvil y una sonrisa impasible. “No me gustan tus libros. Éste es para que se lo dediques a mi padre, que es ciego. A él sí le gustan. Yo se los leo”. Hoy Màxim Huerta (Utiel, Valencia, 1971) duerme en Madrid, come en Requena y cena en Oviedo. Por la mañana entrevistas; a las siete de la tarde, presentación y firma. Ayer o hace varios días, no recuerda, la librería de El Corte Inglés de no sabe qué ciudad, después de una fila de tres horas, tuvo que echar el cierre y dejar con las ganas a unos cuantos lectores.

“¿Te acuerdas de mí? Acabé tu anterior novela y decidí separarme de mi marido”. Está plantada delante de él con su ejemplar de No me dejes (Espasa), el segundo libro más vendido, en estos momentos, del emporio Planeta. Arrancó con una tirada de 40.000 ejemplares y ya han reimpreso otros 10.000 más desde finales de octubre. Los autores capaces de levantar el ánimo a uno de los sectores más dañados por la crisis financiera -en caída libre de ventas desde 2011- son fetiches. Casi estrellas del rock. La diferencia es que los escritores hacen gira y bolos para vender el libro, sin más remuneración que el porcentaje del PVP que les corresponda. No hay conciertos, no hay taquilla. Aunque actúan cada tarde agradecidos, tratando de empujar la venta, libro a libro. Primero son autores, luego promotores (o defensores) de su obra.

De aeropuerto en aeropuerto, el autor visita 25 ciudades en 2 meses.

De aeropuerto en aeropuerto, el autor visita 25 ciudades en 2 meses.

En la primera comida con libreros que la editorial montó para presentarles la nueva novela del presentador de informativos y copresentador del Programa de Ana Rosa, una de ellos puso la mano sobre la portada en blanco y negro, con la chica en Lambretta: “Este libro tiene buena temperatura”. Acababa de recibir la bendición.

Arriba los libros

“Llegadas”. Màxim sale por la puerta. T4. Vuelo de Iberia de San Sebastián a Madrid. Abrigo largo, cara de cansado y la maleta roja. La arrastra con lo que le deja un inesperado dolor de cabeza. Un café de aeropuerto. Frapuccino, Capriccio o no sé qué. Un bar de transición, un no-bar. Un no-autor, la lacra de los “presentadores” que escriben novelas, pero que mantienen las cuentas del sector saneadas. En esa pequeña maleta caben los recuerdos (un grabado, retratos, cartas, mensajes, tazas, bombones, etc) y el salario de unos cuantos trabajadores dedicados a la producción, la administración, la comercialización, la publicidad, los recursos humanos…

En esa pequeña maleta caben los recuerdos y el salario de unos cuantos trabajadores dedicados a editar, publicar, distribuir y vender el libro

La Federación del Gremio de Editores (FGEE) dice que ya sale el sol. En su último informe sobre la marcha del sector señala que la tendencia a la depresión parece haber tocado fondo. Datos de 2014. Empieza a generarse empleo en las empresas editoras: en ese año declaran tener 12.413 empleados, apenas un 1,4% más que el año anterior. En los últimos años se ha perdido un 10,5% de empleos. De los 13.864 trabajadores de 2010 se ha caído hasta los 12.413 de hace un año. Una empresa “muy grande” tiene una media de 234 empleados. Una “pequeña”, seis. Las empresas grandes, dicen los informes, han vuelto a contratar con el ligero repunte. No existen las cifras salariales. Es el retrato de un sector que se ha debilitado y está obligado a buscar nuevos pozos de riqueza para mantener los ingresos de los años de bonanza.

¿Cómo conseguirlo? Probando, cuanto más juegues a la lotería, más opciones. En 2014 se editaron más títulos que el año anterior, pero con menos ejemplares cada uno de ellos. Salen muchos libros nuevos, pero con tiradas mucho más cortas (la tirada media ha bajado un 17%). Los tiempos de impresión se han acortado si alguno de ellos explota. En España, el 3% de las editoriales publican el 35,2% del total de los títulos. Son 23 empresas (cada una de ellas facturan más de 18 millones de euros al año) de las casi 800 agremiadas.

Sólo 23 empresas editoras publican el 35,2% de los títulos.

Sólo 23 empresas editoras publican el 35,2% de los títulos.

“Mi madre se apuntó esta fecha para que le firmaras el libro. Murió hace cinco días. Vengo a que se lo dediques”. Una buena tarde Màxim puede llegar a firmar cerca de 150 libros. No hará otra cosa hasta el 20 de diciembre, visitar a los libreros de 25 ciudades en una maratón insólita. El perfil del autor de Espasa es “profesional con aspiraciones literarias”, de abogados a funcionarios, con trabajos que los mantienen. El profesional escritor es una especie rara en este país y la crisis ha terminado de cercenar los ingresos por actividad exclusivamente literaria. Pero nuestro protagonista ha abandonado -momentáneamente- su carrera televisiva y puede trabajar de escritor los siete días de la semana, cumpliendo el plan que la editorial ha diseñado previamente con los libreros. Una organización tan precisa tampoco es habitual. Desde la editorial reconocen que sólo un par de autores al año reciben este tratamiento.

Es importante encontrar a alguien que sabe cómo llegar a muchos lectores y que está dispuesto a llevar sus libros hasta el último rincón del país

“Las apuestas de una editorial son limitadas, pero por su trayectoria Màxim es un autor estratégico. Es una gran campaña. Es un autor que desde el principio se ha tomado en serio su carrera, ha mantenido mucho contacto con sus lectores y los libreros demandan su firma. Hay un elemento de credibilidad como escritor que no todos los autores mediáticos tienen”, explica su editora en Espasa, Miryam Galaz. Para un sello, comenta, es importante encontrar a alguien que sabe cómo llegar a muchos lectores y que está dispuesto a llevar sus libros hasta el último rincón del país.

Todo por los lectores

Un escritor en gira suele perder el norte. Tarde o temprano terminará pidiendo disculpas por tratar de abrir una puerta de la habitación con el número del hotel del día anterior. Se hará con un catálogo de camas de hotel, se encontrará con otros artistas, actores, músicos y escritores en gira y no podrá evitar el momento del sentimiento de abandono. La paradoja del éxito hace de la soledad la pareja que nunca falla.

Tampoco lo hacen los lectores. Alguno de ellos, de los de Màxim, se ha tatuado dibujos y frases. Llegan con el libro subrayado y maltratado. “Mi forma de agradecérselo es la firma, conocerles. Respeto a los lectores. La firma compensa todo el esfuerzo”, dice. El fenómeno llena las librerías, a los libreros les piden más recomendaciones para seguir leyendo. La cadena vuelve a engrasarse. “Mis lectores son los de todos, nadie tiene en exclusiva a sus lectores. El lector debe ser infiel. La clave es fidelizar y sólo se consigue con la firma. Los lectores están para cuidarlos: el libro cuesta dinero y en leerlo invierten tiempo. Como autor sólo puedes ser generoso con ello .yo lo hago convencido”, reconoce el autor. Cualquiera que haya visto las filas que crecen frente a las casetas de la Feria del Libro de Madrid entenderá a lo que se refiere el periodista valenciano.

Una buena tarde Màxim puede firmar cerca de 150 libros.

Una buena tarde Màxim puede firmar cerca de 150 libros.

No me dejes -recupera la canción de Jacques Brel- es una novela que reivindica la importancia de los afectos, algo latente en sus otros cuatro libros. Los protagonistas están en el París de los sesenta, con el fondo de Françoise Hardy, le gusta apuntar. Dominique Brulé es florista, un hombre emperrado en hacerle la vida más amable a los demás. Mercedes es adusta y dura, oculta tras su coraza. Pero el gran protagonista es París. En plena gira, los atentados. “De París como destino pasé a hablar como París como refugio. Ya no podía hablar de la ciudad desde la alegría durante la promoción”. Abandonó la sonrisa Josephine Baker.

¿Quién puede considerarse escritor? ¿Cuántos kilómetros más tengo que hacer promocionando mi novela para ser considerado escritor?

Abre la maleta y se encuentra con una estampa de la virgen de su pueblo que le ha colado su madre. Se las suele esconder. A él le gusta refugiarse en el silencio de las catedrales. Aislarse del ruido literario. Ese que arrastra a los “presentadores” -con 19 años de televisión a diario- a una categoría de escritor inferior. “¿Cuántos libros hay que escribir para ser considerado escritor?”, se pregunta. “¿Quién puede considerarse escritor? ¿Cuántos kilómetros más tengo que hacer promocionando mi novela para ser considerado escritor? ¿A partir de qué libro a uno le ven como tal?”.

Miryam Galaz asegura que los prejuicios no favorecen sus carreras. Recuerda algún otro caso entre sus autoras que no se ha leído lo suficiente por ser tachada antes de abrir el libro. Hace poco Almudena Grandes se felicitaba porque la crisis barrería de la mesa de novedades a todos ellos. “En España la brecha entre lo popular y lo literario es infranqueable. Los autores sólo pueden estar en uno de los dos extremos, parece que no existe el relleno, como en los EEUU”, explica la editora.

Negocio es negocio

Ella tampoco está libre de esos prejuicios. “Un editor se debe a la línea que marca la empresa. El grupo Planeta lo que quiere es vender libros, nosotros como editores tenemos que conseguir ese objetivo. La pauta que no podemos abandonar es llegar a un gran grupo de gente. Si fuera una editora independiente no seguiría esta pauta, son negocios muy diferentes. En un sello pequeño, la personalidad de un editor es mucho más importante”.

Esta tarde a las siete estará firmando en otra librería atestada. Como Eduardo Mendoza, como Alejandro Palomas, como María Dueñas, como Dolores Redondo, como Arturo Pérez Reverte, como Isabel Allende, como Almudena Grandes, como Matilde Asensi, como Alicia Giménez Barlett, como José Antonio Marina, como Dani Rovira, como Marwan. Todos esforzándose por defender su libro, desde la humildad y sin mitificar el oficio, como dice nuestro protagonista. “Considerarse escritor es muy impudoroso”. A remangarse y a empezar por el comienzo, que suele estar ahí afuera, como apuntó H. G. Wells en El hombre invisible:

- Hay cosas fascinantes en los libros.

- Tiene usted razón.

- Y fuera de ellos también

Lo fascinante es el lector. Ese es el éxito. Todas las buenas historias que cuenta Màxim, con un no-café de aeropuerto, tienen uno al final del trayecto y empiezan así: “Recuerdo una señora en Pontevedra...”