Tras la bola

Hablaremos de tenis, aunque también de viajes, ciudades, culturas y periodismo en primera línea de batalla. Porque hay cosas que no se ven, pero tampoco se cuentan.

 

Djokovic, paragüa en mano refugiándose de la lluvia.

Djokovic, paragüa en mano refugiándose de la lluvia. REUTERS

Caos

Al principio, Novak Djokovic se lo tomó con humor, siempre aficionado al espectáculo. Antes de salir a jugar por segunda vez para intentar acabar su encuentro con Roberto Bautista (algo que finalmente no sucedió), el serbio le pidió un paraguas a una aficionada del público y se dedicó a dar vueltas bajo la lluvia por la tierra de la Philippe Chatrier. La escena le restó importancia al caos de la organización, que tuvo esperando a los jugadores más de 10 minutos junto a la puerta de salida, amagando con darles la orden de saltar a pista o de mandarles de vuelta a la caseta.

A Nole le cambió luego la cara. Cuando su partido ya había sido cancelado, de nuevo pospuesto hasta el día siguiente, el número uno del mundo se paseó por la zona de jugadores con rostro serio, pensando posiblemente en el futuro que los periodistas habíamos diseminado entre parón y parón. Si el serbio quiere ganar el único grande que le falta, si quiere entrar en la eternidad de su deporte, va a necesitar un esfuerzo importante. Por resumir, a Djokovic le esperan cuatro partidos a cinco mangas en cinco días (acabar los octavos el miércoles, cuartos el jueves, semifinales el viernes y final el domingo).

Aunque los organizadores decidan posponer la final hasta el lunes, una decisión tan lógica como probable (y más teniendo en cuenta que las previsiones son muy malas a partir del jueves), Djokovic debe sobreponerse a otra situación imprevista para coronarse en París, donde siempre encuentra una barrera importante (por unas cosas u otras) para levantar un título que se le lleva resistiendo desde 2012. A la espera de las palabras del número uno sobre la caótica situación que ha destrozado Roland Garros, Agnieszka Radwanska y Simona Halep se encargaron de poner sobre la mesa la opinión del vestuario.

 Que la organización obligase a los tenistas a jugar lloviendo es surrealista, casi ridículo. Que no devolviese el dinero íntegro de las entradas a los aficionados (se jugó dos horas) es casi peor, aunque el reglamento diga que pueden hacerlo (solo están obligados a reembolsarlo de forma total si la jornada se cancela por completo, como ayer, o si no se disputa más de una hora). Que no tengan un maldito techo para evitar todo esto, sin entrar a valorar de nuevo culpables, es para reflexionar largo y tendido. Porque cantar bajo la lluvia es divertido, pero solo en las películas.