Opinión

¡Es por la cultura!

Vista general del Acueducto de Segovia.

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Pensando en algunos políticos, me animaría a reproducir en cierta medida el mítico slogan de campaña utilizado por Bill Clinton en las Presidenciales de 1992 que le llevó al éxito, “¡Es la economía, estúpido!”, por este otro: “¡Es por la cultura, estúpido!”.

Como ciudadano me preocupa que muchos políticos por desconocimiento o por puro electoralismo estén poniendo en el punto de mira a la Iglesia Católica y defiendan la eliminación de sus símbolos en la vida pública, así como de las ayudas del Estado y su presencia en las escuelas. Estos políticos están confundiendo gravemente lo que es la religión con el hecho cultural que hay detrás el cual resulta esencial para asegurar la máxima formación de nuestros ciudadanos. Lo que me temo es que detrás de estas propuestas, con o sin intención, se está consiguiendo una masa cada vez más uniforme y manipulable de personas que serán incapaces de enfrentarse a los problemas del futuro. Los políticos que pretenden expulsar a la Iglesia Católica de la vida pública, o equipararla por lo bajo al resto de religiones, están cometiendo el error de querer eliminar uno de los tres pilares que definen nuestra civilización. Junto con la Iglesia Católica, tenemos la filosofía griega de Platón o Aristóteles y el derecho romano como los otros dos pilares que en su conjunto nos ayudan a entender quiénes somos y de dónde venimos. Todo nuestro sistema de convivencia, nuestras normas, nuestro razonamiento, nuestros valores, en otras palabras, nuestra identidad como europeos y occidentales, tienen su origen en estos tres pilares. Si confundimos la defensa de la libertad con la eliminación de nuestros orígenes, estaríamos acabando con nuestra identidad como civilización.

En una sociedad libre como la nuestra, alguien pudiera pensar que el monopolio de la Iglesia Católica es injusto en tanto que todas las religiones debieran ser iguales, y ante ese comentario, no le quitaría razón. Hay que respetar las otras religiones y remover los obstáculos para que éstas puedan desarrollarse libremente en nuestro país. Lo que sería criticable de ese argumento es la simplicidad del mismo, al no ser capaz de desdoblar el aspecto puramente religioso del hecho cultural. A diferencia de otras religiones, desde un punto de vista cultural y de pensamiento, España y nuestra civilización no pueden entenderse sin la Iglesia Católica. La Iglesia tiene edificios por todo el país que contienen verdaderas joyas artísticas en forma de retablos, esculturas, vidrieras, arquitectura, cuadros… que ayudan a explicar y comprender nuestro pasado y nuestro presente, así como literatura e innumerables fiestas como el Corpus Christi (que se celebra esta semana), la Semana Santa, el Pilar, Santiago o Navidad. Debemos de poner en valor el significado de estas fiestas, de nuestro sistema de convivencia, de nuestro arte y cultura, y eso implica tener muy presente a la Iglesia Católica como un representante cultural destacado.

Por eso mismo, no solamente debe la administración del Estado proteger todo el enorme patrimonio histórico- cultural- artístico distribuido por las miles de iglesias y monasterios repartidos por toda la geografía de forma anónima, sino también proteger este patrimonio intangible a través de la enseñanza en las escuelas. Un niño nunca podrá entender el arte, la filosofía, las normas morales, las tradiciones, si no es a través del conocimiento del catolicismo. Por la contra, su desconocimiento le llevaría a ser susceptible de una mayor manipulación en tanto que su capacidad crítica se vería mermada.

A este respecto, merece la pena rescatar un extracto de una carta del socialista Jean Jaurés, diputado del Partido Obrero francés desde 1889 hasta 1914, que escribe a su hijo ateo sobre la enseñanza de la religión en la escuela:

[…] Dejemos a un lado la política y las discusiones, y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender historia y la civilización de los griegos y de los romanos, y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización? […] Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad”.

No podía decirlo más alto y claro este socialista a su hijo, con independencia de la profesión de fe, que es una decisión reservada al ámbito personal, está la obligación de dar conocer y proteger el catolicismo como hecho cultural que explica nuestro ser. Aquellos políticos o personajes públicos, que por ignorancia o por alguna oscura convicción quieran borrar la presencia de la Iglesia Católica de la vida pública estarían desculturizando la sociedad, es decir, deconstruyendo su identidad, y por tanto, haciéndola más fácilmente manipulable.