Red Army

Vehículos circulan en Moscú/Maxim Zmeyev/Reuters

Vehículos circulan en Moscú/Maxim Zmeyev/Reuters

Por Íñigo Val Eguren, @iValEguren

Vyacheslav Alexandrovich “Slava” Fetisov es una antigua estrella soviética de hockey sobre hielo. En principio, jugador y disciplina nada más alejados del interés de los lectores de los periódicos deportivos españoles. Este tipo de hockey empieza a ser algo más popular en la pequeña ciudad del norte desde la que escribo estas líneas. No es tan extraño, dado que se encuentra al norte de Rusia, si hacemos caso a David Lean, cuyo Doctor Zhivago (1965) vivió y sufrió en los bosques de los Urales de Soria.

Fetisov es el protagonista de Red Army (2014), un documental de Gabe Polsky (joven director americano hijo de emigrantes soviéticos) estrenado en España el año pasado. El ejército rojo del título fue la selección nacional de hockey de la URSS que dominó prácticamente todas las competiciones en las que participó en las dos décadas que van de 1975 a 1995. Exactamente el éxito que las autoridades soviéticas deseaban para su sistema en la disputa con Occidente. El acaparamiento de las medallas mundiales y olímpicas fue fruto de una tarea de orfebrería y obsesión: solo tenían cabida los mejores y no se esperaba menos que estajanovistas en patines (con concentraciones de once meses de duración). Nada nuevo bajo el sol del deporte soviético: propaganda y utilización del individuo como pieza de la maquinaria colectiva.

El documental de Polsky, sin embargo, va más allá de los lugares comunes de la Guerra Fría. Enseña un rostro, la vida real de la persona Slava Fetisov, genial en muchas de sus intervenciones. Bajo el equipo de protección y la camiseta marcada con las inconfundibles siglas cirílicas CCCP no había un robot sino un ser humano, como millones de sus compatriotas, como las personas del otro lado del Telón que habían tenido la fortuna de vivir en el mundo libre. El humano Fetisov, por lo que nos cuenta Polsky, es un ser notable, que a pesar de algunas traiciones, terremotos políticos -como la desaparición de la Unión Soviética- y de haber sufrido incluso represión política sigue fiel a su patria y a las personas que han vivido junto a él. Fetisov es él y su circunstancia; es el gusto por la vida privada cuando todo alrededor es política. «Qué dulce es odiar tu país, desear su ruina, y entre las ruinas discernir el amanecer del renacimiento universal» le dice Dante, pseudónimo de un científico soviético, a Barley, protagonista de la película La casa Rusia (1996, basada en la novela –del mismo nombre- de John Le Carré). «¿Pasternak?» responde Barley, editor británico interpretado por Sean Connery. «No. Pecherin. Un poeta anterior. Pecherin comprendía que es posible amar tu propio país y odiar su gobierno». Los dos personajes mantienen este diálogo ante la tumba de Pasternak en Peredélkino, una colonia de escritores en los bosques de los alrededores de Moscú (allí se encuentra la dacha de estilo germánico que alberga el museo dedicado al autor). ¿Qué amante de la literatura y de la historia puede prescindir de Rusia?

Es exactamente en este punto donde surgen las posibles sombras de la historia de nuestro Slava. En 2002, Fetisov se convirtió en ministro de Deportes del gobierno de Putin y en la actualidad es miembro del Consejo de la Federación (la cámara alta- senado- de Rusia). Su etapa en el ejecutivo se caracterizó por una gran inversión en la infraestructura deportiva del país destinada a recuperar el prestigio perdido y a frenar algunos de los males que afligen a la población rusa como, por ejemplo, el alcoholismo; una tarea «más práctica que política» en palabras del propio Fetisov. Estaría muy bien que Polsky grabara una segunda parte para profundizar en los años políticos de Fetisov, para ver si ha logrado seguir siendo un hombre digno o si su cercanía a un poder tan cuestionable como el de Putin lo ha convertido en elemento odioso a ojos de Pecherin o a los de los cinematográficos Dante y Barley. No debe de ser fácil pasar sin mancha por el gobierno de Rusia. No es el escritor de esta entrada quien acusa al zar de aprobar “probablemente” el uso polonio-210 sino Sir Robert Owe, juez encargado de la investigación británica sobre el asesinato de Alexander Litvinenko. El año pasado mataron a tiros cerca del Kremlin al opositor Borís Nemtsov. Fueron pistolas y fue en Rusia, lo que, aunque no resta un ápice al carácter abominable del homicidio, podría dejar que se cuelen dudas sobre la autoría. Lo de Litvinenko fue en Londres y ¡con material radioactivo! No parece probable que una mafia de andar por casa trasporte polonio por el mundo.

¿Podría ser Fetisov el fermento de una nueva Rusia? No lo sé. Ojalá llegue un día que podamos seguir amando a Rusia y los rusos no se vean empujados a detestar su gobierno. Esperemos que ese país deje de ser infeliz a su manera.