Publicada
Las claves

Retirar el móvil de las manos de un adolescente no hace aparecer automáticamente un libro. Tampoco garantiza que aumente su capacidad para concentrarse, que vuelva a jugar con otros niños o que pueda mantener una conversación sin mirar una pantalla.

Sin embargo, sí puede liberar parte del tiempo que actualmente ocupan TikTok, Instagram y otras plataformas. La pregunta es qué sucede después con esas horas recuperadas.

La Comisión Europea plantea prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 13 años y fija en los 15 la edad mínima para abrir una cuenta propia. Entre los 13 y los 15 años, los menores únicamente podrán utilizar cuentas creadas y supervisadas por sus padres o tutores, con funciones y tiempos limitados. Entre los 15 y los 18, las plataformas deberán aplicar un diseño seguro.

Bruselas también quiere intervenir sobre el diseño de las plataformas. Entre sus planes figura eliminar elementos destinados a retener la atención, como el scroll infinito, las recompensas y determinadas notificaciones.

También propone regular los sistemas de recomendación, reforzar la privacidad de las cuentas de menores e impedir por defecto que personas desconocidas puedan interactuar con ellos.

Pero ¿puede una medida de estas características mejorar los hábitos de aprendizaje? Los especialistas consultados por EL ESPAÑOL introducen cautelas.

Coinciden en que el consumo intensivo de contenidos breves puede afectar a la capacidad para mantener la atención, pero rechazan establecer una relación automática entre prohibir las redes sociales y mejorar el rendimiento académico.

"No se conseguirá solo con eso", advierte Enrique Castillejos, presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de Pedagogos y Psicopedagogos de España. "Si la Comisión Europea pretende que, por el hecho de prohibir una determinada cosa, va a conseguir reforzar otros hábitos, por sí solo no se consigue".

Enrique Castillejos, presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de Pedagogos y Psicopedagogos de España. E.E.

Atención fragmentada

Charo Sádaba, profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra y referente en la investigación sobre el impacto de la tecnología en niños y adolescentes, tampoco espera un efecto inmediato sobre el aprendizaje.

"La propuesta podría tener un impacto, quizá, en los hábitos de acceso y uso de internet de este grupo de edad. Cómo impacte luego en el aprendizaje no será inmediato", explica a este periódico.

El resultado, añade, "dependerá en parte de cómo se recoja a esos estudiantes y se aproveche ese retraso en el uso de la tecnología para aplicarlo a un aprendizaje más significativo".

Charo Sádaba, profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. Cedida

Sádaba recuerda que los hábitos de consumo digital acostumbran a usuarios de todas las edades a formatos cada vez más breves.

"Esta batalla por nuestra atención sí tiene una incidencia en la capacidad de mantener el foco y de prestar atención durante un tiempo largo a un mismo asunto", sostiene.

La experta admite que los adolescentes leen constantemente en internet, pero advierte de que buena parte de esos contenidos son textos cortos y sencillos. "Esto no ayuda a desarrollar hábitos más complejos, como leer y comprender textos largos".

La dependencia del dispositivo también alcanza a la memoria. Sádaba lo resume con una pregunta: "Si el dispositivo, si internet, lo va a recordar por mí, ¿no puedo ocupar mi capacidad de otro modo?".

Los últimos resultados de PISA han vuelto a encender las alarmas por el retroceso de los alumnos españoles en comprensión lectora. Sádaba admite que las redes sociales pueden guardar alguna relación con el fenómeno, pero considera "excesivamente simplista" presentarlas como su única causa.

"Esta lectura no está exenta de riesgos, porque implica no prestar atención a otros elementos que también afectan", advierte. Entre ellos menciona "una sociedad que va más rápido", la acumulación de actividades extraescolares, la transformación de las condiciones de vida y la reducción de espacios físicos destinados a la socialización.

También apunta hacia el sistema educativo: "Tenemos un panorama y una legislación educativa que carecen de consensos políticos y andan sobrados de intereses particulares".

Castillejos también pide prudencia. "Es un tema muy discutido que ahora mismo se está estudiando", explica. Algunos trabajos apuntan a los posibles efectos educativos del uso de pantallas, aunque, según insiste, debe distinguirse entre la tecnología y el modo en que se utiliza.

"Podríamos asegurar que el dispositivo en sí no tiene responsabilidad sobre el aprendizaje, la atención o la comprensión lectora", afirma. En cambio, "el uso indiscriminado y no supervisado sí podría estar afectando a los resultados finales".

El presidente de los pedagogos subraya que existen países con una presencia elevada de dispositivos digitales en las aulas y mejores resultados académicos.

Por eso, considera que su impacto depende de que exista "una programación clara", supervisión y "una metodología y una didáctica adaptadas" al entorno digital.

Recuperar otros hábitos

Si un adolescente deja de pasar varias horas al día en las redes sociales, ese tiempo podría dedicarse a leer, jugar, conversar o simplemente aburrirse. Es lo que Sádaba denomina el "efecto reemplazo".

"Al desocupar un tiempo, se buscarían otras opciones con las que llenarlo", señala. Sin embargo, advierte de que no basta con retirar el dispositivo: "Hay que esforzarse por hacer atractivas y deseables estas opciones".

En caso contrario, los menores pueden dedicar buena parte de su tiempo y energía a sortear la restricción.

"Es un riesgo real, como se está viendo en Australia: pueden acabar dedicando gran parte de su tiempo y esfuerzo a saltarse la norma y terminar conectados", indica.

La prohibición también podría provocar una consecuencia paradójica. "Si afecta solamente a los menores y no hay cambios en los hábitos de consumo de los adultos, puede consolidar la imagen del acceso como algo más deseable, más adulto y más aspiracional", alerta Sádaba.

Castillejos considera evidente que retirar un estímulo tan potente puede favorecer el juego y las relaciones presenciales entre iguales. No obstante, vuelve a situar la responsabilidad principal en el ámbito familiar.

"Los primeros responsables del control de la actividad de nuestros hijos somos los padres", afirma.

Su organización, recuerda, ya aconsejó en 2011 restringir el acceso a las redes sociales al menos hasta los 16 años. "Nadie escuchó, nadie hizo caso y nos hubiéramos evitado muchos problemas y muchas urgencias".

A su juicio, las familias han comprado dispositivos demasiado pronto y no siempre han establecido normas claras de uso. Las administraciones y las plataformas también deben colaborar, pero Castillejos insiste en el valor del ejemplo: "Si lo hacemos los adultos, ¿qué no harán los niños?".

Una tarea compartida

Sádaba distribuye la responsabilidad entre más actores. "Las plataformas tienen gran parte de la responsabilidad y también de la capacidad para aportar soluciones", sostiene.

El diseño resulta esencial porque "está orientado a mantenernos el mayor tiempo posible delante de la pantalla, eliminando cualquier fricción".

Las familias, añade, deben disponer de información y recursos que les permitan tomar decisiones adaptadas a cada caso "sin sentir culpa".

Los colegios completan ese triángulo: "Son clave por su papel transversal, su capacidad para prestar apoyo a las familias y para actuar directamente con los estudiantes. Es una tarea compartida".

Castillejos reclama que los centros enseñen a desenvolverse en un mundo inevitablemente digital. "No podemos trasladar simplemente una metodología, una didáctica o una programación del mundo analógico al digital", advierte.

Además de adaptar la enseñanza, considera necesario invertir en sistemas de control de las conexiones y supervisar el uso de los dispositivos. También pide una formación docente "evaluada, con objetivos claros y dirigida a conseguir una mejora del aprendizaje".

Los dos especialistas admiten, por tanto, que limitar las redes puede abrir una oportunidad. Pero el tiempo liberado tendrá que llenarse con alternativas, acompañamiento y ejemplo adulto.

Como resume Castillejos, retirar las redes no hará que los menores vuelvan a leer por sí solos. Para conseguirlo será necesario lograr que abrir un libro resulte más atractivo que volver a deslizar el dedo por la pantalla.