Aparece por la puerta del Hotel Emperador de Madrid con unas Converse Chuck Taylor en verde menta, algo desgastadas por el uso. Aunque no hay rastro de ellas en ningún lugar de la producción —hoy el objetivo es invitarla a jugar con diferentes looks, a salirse un poco del plato—, yo me las anoto mentalmente porque creo que dicen mucho más de ella de lo que parece. Las icónicas zapatillas nacieron en 1917 y, haciendo honor a su nombre, las llevaban casi todas las estrellas del baloncesto antes de 1965.
También las han lucido los millennials y se las han apropiado los zeta. Y ahora muchos de ellos son padres y compran las mismas versiones en miniatura para que sus hijos puedan ser más chulos que los de los demás. Aunque no acostumbro a emplear la primera persona en mis entrevistas, espero que aquí me lo permitan. Mi obsesión por las All Star encontró su punto más álgido hace 12 años. Me las llevaba de vacaciones y recuerdo que a veces me aflojaba los cordones en los viajes por carretera con mis padres.
En esos momentos, de fondo, también me acompañaba Conchita. Sus canciones han sido el abrazo cálido de varias generaciones: estaban en la radio, en los reproductores de MP3, en las listas que preparábamos para un trayecto largo o en ese momento en el que una amiga necesitaba una letra antes que un probablemente torpe consejo. Cierto es que hay artistas que se instalan en la vida de la gente, no necesariamente porque sepamos mucho de ellos; más bien porque su música nos ha tomado el pulso.
María Concepción Mendívil Feito consigue poner palabras a cosas que, de repente, nos parecen demasiado grandes, demasiado confusas o demasiado íntimas para decirlas en voz alta. El amor, el desamor, los miedos, la autoestima, la maternidad, las decisiones que se toman cuando uno ya no tiene 20 años. Su música, tan delicada como arrolladora, tan directa como cercana, ha sabido madurar —sin perder la esencia— al mismo ritmo que su público.
Quería ser profesora, pero soñaba con estar sobre el escenario. De ahí que se decantara por el segundo rumbo tras saltar a la fama con su disco Nada más (2007) y éxitos como Tres segundos, Nada que perder o Puede ser. Desde entonces han pasado casi dos décadas y las ha dedicado a publicar siete discos, escribir para grandes nombres como Sergio Dalma o Luz Casal y hacer de la honestidad una forma de mantenerse en una industria que no siempre ha sido amable con ella.
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“La perseverancia es invencible”, dice durante la conversación. Magas se encuentra con ella en un momento especialmente interesante. Acaba de empezar a desvelar las canciones de La vida adulta , su próximo álbum, un proyecto conceptual que sigue la historia de Elena y Antonio. Más que el relato de un flechazo o de un final dramático, Conchita se fija en lo que ocurre durante el ‘felices para siempre’: crecer, elegir, criar, convivir con la soledad, equivocarse y aprender en una relación.
Esos “capítulos”, como ella los llama, irán viendo la luz poco a poco, cada tres semanas, antes de que el disco se escuche como ella lo ha pensado, de principio a fin y sin silencios, como si fuera la banda sonora de una película. Pero antes de sentarse frente a nuestra cámara, la cantante acababa de pasar por Jerez de la Frontera. Allí puso voz a la segunda edición de los Premios Magas por Fundador, una cita dedicada a reconocer el legado y la influencia de mujeres de distintas generaciones y sectores.
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Sobre el escenario compartió cartel con Julia Medina y volvió a hacer eso que tan bien se le da de convertir un tema en una burbuja a la que una quiere volver incluso cuando ya ha madurado, ha cambiado de ciudad, de zapatos o de vida. Conchita sabe que mucha gente conoce sus letras antes que su cara. “Nunca dije ‘quiero ser famosa’, sino ‘quiero que conozcan mis canciones’”. explica. A juzgar por la manera en que el público vuelve una y otra vez a ellas, esa fue siempre una ambición mucho más bonita y difícil de cumplir.
Fuiste una niña de mundo. Naciste en Helsinki, pasaste tus primeros años en Rusia, luego viviste en Francia, Alemania y llegaste a España con 14. Cuando te preguntan de dónde eres, ¿qué respondes?
Por el trabajo de mi padre íbamos moviéndonos y cada tres años cambiábamos de país, hasta que mi familia se separó y me quedé aquí. Yo siento que soy de Madrid. Cuando llevaba aquí dos años y me hacían esa pregunta, para mí era heavy porque no me sentía de ningún lado. Es una sensación muy rara. Me daba mucha envidia la gente que tenía su barrio, sus amigos desde chiquititos, su pueblo… Todo eso siempre me daba cosa porque no me sentía de ningún sitio. Pero han pasado muchos años y, si me preguntas, soy madrileña: tengo a toda mi gente y todo mi entorno aquí.
¿Crees que ese pasado te ha influido de alguna forma en tu manera de observar el mundo, de escribir, de crear música y arte?
Las influencias nunca se comprenden del todo, porque el cerebro es como una esponja y va cogiendo cosas de todas partes. Pero es verdad que, por ejemplo, cuando mi padre nos llevaba a la escuela por la mañana, él ponía mucha música francesa. Recuerdo escuchar las historias de las canciones y pensar: “Qué bonito poder contar una historia cantando, hacer música que te permita imaginarte allí”. Creo que ese fue el inicio de querer hacer canciones que cuenten cosas importantes y te dejen meterte en la piel de las personas.
Pudiste haber sido profesora y haberte dedicado a ello toda la vida…
Lo fui, lo fui. Yo tenía claro que quería ser cantante y hacer canciones, pero mis padres me dijeron: “Tienes que tener un plan B por si no sale”. Trabajé unos ocho meses en un colegio y me surgió la oportunidad de grabar. Dije: “Debo intentarlo”. Entonces tenía 20 años y me fui a Valencia a grabar con Juan Luis Giménez, de Presuntos Implicados. Y empezó toda la aventura. Di el salto pensando que igual tendría que volver al cole, pero fue una sorpresa todo lo que pasó y lo bien que lo recibió el público. Me encantaba ser profesora y me costó marcharme. El día que me fui, estaban todos llorando. Pero esto era el sueño en mayúsculas.
En 2007 llegó tu álbum debut. ¿Cómo viviste aquellos comienzos tan abrumadores?
Los recuerdo un poco borrosos por la vorágine de ir y venir, de que había mucho viaje. Soy una persona que se toma su tiempo para procesar las cosas, así que tardé en asimilar todo ese éxito. Siempre he tenido los pies sobre la tierra y lo disfruté con cautela.
Recuerdo la primera vez que tocaba en el Búho Real. Una noche vi una cola que daba la vuelta a la manzana. Pensé: “¿Esto es por mí, en serio?”. Pero me he dado cuenta de que lo más bonito de mi carrera fue el comienzo, cuando no me conocía nadie. Íbamos a los bares sin redes sociales y nos enseñábamos los temas entre compañeros: Marwan, Luis Ramiro, Funambulista… Veías 10 caras desconocidas, luego 20, luego 25… Vivía encima del local; era como el bar de Friends.
He aprendido a ser agradecida con lo que voy viviendo y a disfrutar de cada etapa.
Han pasado casi 20 años desde 2007. ¿A ti se te ha pasado rápido el tiempo?
¡Uf! [Ríe] Cuando miras para atrás dices: “Madre mía, no me he dado ni cuenta”. Pero, si piensas en todo lo que has hecho, te das cuenta de las tablas que tienes. Yo he aprendido un montón y ahora disfruto mucho más del presente y de cada cosa que me pasa.
"Tengo un diminutivo y voz dulce, pero no confundas sensibilidad con debilidad. He pasado por momentos duros y soy una tía muy fuerte”- Conchita
Eres ese tipo de artista que está presente en la vida de la gente. ¿Ese cariño te lo han transmitido directamente?
Sí. Mi carrera se sitúa en un sitio muy curioso: la gente conoce mis temas, pero a mí no me identifica tanto físicamente. Para mí es genial, porque puedo ir por la calle tranquila, irme a cenar o pasear con mi hijo. De repente, me para alguien con mucho respeto y me dice: “Me has salvado la vida, dame un abrazo”. Sentir que has acompañado a otros en momentos difíciles es precioso. Nunca dije ‘quiero ser famosa’, sino ‘quiero que la gente escuche mis canciones’”.
¿Crees en el destino?
Sí, creo que atraes lo que quieres, aunque con matices. Yo ahora no podría ser futbolista ni aunque quisiera. Pero a veces se junta el talento, la suerte y lo que estás proyectando.
Más allá del público, ¿la industria ha sido agradecida contigo?
Pues no tanto. He pasado momentos en los que me he sentido apartada. Pero hay algo en el rechazo que me gusta, porque me he dado cuenta de que, por muchas zancadillas o ‘noes’ que te pongan, si a la gente le gusta una canción, eso no se puede parar. En un momento dado me acogieron con los brazos abiertos y luego me dieron la espalda. Confundí el cariño con ser un número más, pero es comprensible: es su trabajo. Tengo grabada esta frase: “La perseverancia es invencible”. Yo sigo haciendo música porque es lo que sé hacer.
La fama es una colina que cuesta subir pero se baja muy rápido. ¿Cómo se convive en paz en un oficio con tanta inestabilidad?
He hecho un trabajo muy grande con mi ego y lo he colocado en un sitio donde las cosas ya no me duelen tanto. Trato de hacerlo lo mejor que sé. Ahora he hecho un disco precioso con el que se me pone la piel de gallina al escucharlo. Cuando estás más consolidada tienes menos miedo; al principio, los altibajos asustan. La clave es mucho trabajo, perseverancia y creer en lo que haces.
Decías en una entrevista hace tiempo que, si no sonabas en la radio, no existías. Ahora han cambiado las reglas del juego.
Claro. Antes no aparecías en las emisoras y las discográficas te decían ‘chao’. Ahora están las redes sociales. Lo malo es que estas exigen saber comunicar bien, y eso es un problemón porque hay gente con un talento increíble que no sabe hablar ante la cámara. A mí me tocó ponerme al día. Tengo Facebook hackeado y no lo he recuperado; me quité Twitter cuando entré en Tu cara me suena y sólo uso Instagram y TikTok. Lo que más me importa es Spotify, donde la gente me oye directamente.
¿Cómo te llevas con las entrevistas y la promoción?
Ahora bien, al principio me daba mucha vergüenza. Era muy tímida y, cuando me escucho, pienso ‘ojalá poder darle un abrazo’. Pero ya lo disfruto.
Has compuesto para grandes artistas. ¿Cómo cambia la experiencia al escribir para otros? ¿No queda una espinita cuando una canción se convierte en un hit?
Nunca he sentido eso, porque te colocas en otro lugar. Hay temas, como El viaje, que sólo puedo cantar yo. Pero, al escribir para ellos, juegas con sus rangos de voz —como el de Bisbal, que es brutal— y haces cosas distintas. Es muy bonito estar en el supermercado y escuchar un tema de Sergio Dalma sabiendo que lo has escrito tú. Cuando compones para otras personas intentas no meter tanto tu propio deje o cadencia al cantar.
Mencionas El viaje, una canción vinculada al nacimiento prematuro de tu hijo. ¿Nos puedes contar cómo surgió?
Mi hijo nació sietemesino en 2018 y estuvo 54 días en neonatos. Fue muy duro. Cuando por fin me lo llevé a casa, lloraba mucho y, un día, lo cogí en brazos, salí fuera y le empecé a contar lo que había en el mundo: animales, colores, amigos… Se quedó dormido. Al día siguiente le compuse una canción contándole eso, como un regalo que le hacía su madre. De repente, el tema se hizo gigante: lo cogió Renfe para un anuncio y sonó en todas partes.
¿Hay alguna canción que creas que mereció más repercusión?
Un camino para volver. Habla de la gente que se va. La compuse al piano cuando falleció un amigo. Me parece de las cosas más bonitas que he escrito y la disfruto mucho tocándola a solas.
¿Y qué hay de tus canciones más conocidas, como Puede ser o Nada que perder?
Hubo un momento en que me dieron cierta pereza, porque me daba rabia que sólo me recordaran por ellas teniendo más repertorio. Pero nunca dejé de tocarlas y hoy me encanta ver cómo la gente se ilumina desde el primer acorde.
¿Cómo ha evolucionado tu temática con los años?
A los 20 solamente me importaba el amor y el desamor. Con 30 o 40 te siguen ocurriendo cosas distintas de las que también necesitas hablar. Cuento lo que me va sucediendo en la vida.
¿Un consejo de amor?
¡Tengo muchísimos! [Ríe] Pero este lo he aprendido hace poco: no pierdas el tiempo. Cuando la intuición te dice que ahí no es, no hay que darle vueltas ni intentar entenderlo todo; hay que saber marcharse a tiempo.
Hace poco colaboraste con Sole Giménez en Hay canciones que te hablan. ¿Qué puedes decirme de aquella experiencia?
Bueno, es que cantar con Sole es un regalo. Tiene un vozarrón y Presuntos Implicados me acompañó desde siempre.
¿Tienes algún disco favorito entre los tuyos, o son como los hijos, que una siempre dice que no puede elegir?
Le tengo mucho cariño a La bola de nieve, pero el que viene ahora es una movida.
Hablemos de ese proyecto pues. ¿De qué trata?
Se llama La vida adulta. Es un disco conceptual que narra la historia de una pareja, Elena y Antonio, a lo largo de 15 años y aborda lo que pasa después del ‘vivieron felices y comieron perdices’. Habla de crecer, tomar decisiones, la maternidad, la soledad…
Elena y Antonio, como mis abuelos.
¡Qué casualidad! Es una señal. Pues sí, ella es soltera y vive en un piso pequeñito del centro, él también, y una noche se encuentran en una fiesta. Ambos se miran y saben que van a pasar cositas. Esa parte corresponde al primer capítulo, que salió antes de ayer. A lo largo del disco, ellos pasan por muchas etapas, incluidas aquellas que normalmente no se ven en las películas. Así que creo que va a ser un álbum con el que la gente va a poder sentirse muy identificada.
Obviamente, en él se reflejan situaciones que yo misma he vivido, pero esta es la historia de Elena y Antonio y está contada desde la perspectiva de los dos. De hecho, hay dos letras escritas en masculino para explicar cómo se siente él en la relación. Para aportar esa perspectiva masculina a un par de temas contados desde la visión del hombre, pedí ayuda a Pedro Guerra y a Luis Ramiro. Además, todo el álbum va hilado musicalmente, sin silencios entre canciones, como la banda sonora de una película. Iremos sacando temas cada tres semanas hasta el lanzamiento completo.
“La industria te lleva a confundir el cariño con ser un número más, pero por más trabas que pongan, una buena canción no se puede parar”- Conchita
Hace sólo unos días endulzaste la velada de los II Premios Magas por Fundador con una actuación muy especial. ¿Cómo lo viviste?
Ha sido muy bonito. Cantar siempre es guay y más en un evento que reconoce el liderazgo femenino. Yo misma estoy rodeada de mujeres con mucho talento y de las que aprendo muchísimo, como esa madre a la que conocí en el cole y, al irme de vacaciones con ella, descubrí la forma en la que manejaba su trabajo al tiempo que cuidaba de su hijo, siempre con alegría… Desgraciadamente, hacemos mil cosas a la vez y aún nos queda por avanzar en ese sentido.
Hay algunas a las que veo y digo ‘joder, qué increíble’. O sea, me gustaría ponerle una medalla y decirle ‘tía, toma, porque es que flipo con lo que haces’. Y creo que eso en Magas lo hacéis muy bien. Cruz, por ejemplo, siempre tiene ese afán de relacionar a mujeres y decir ‘este proyecto me gusta, así que voy a ponerte en contacto con esta persona y con esta otra’. Me parece superbonito.
¿Sientes la presión de tener que posicionarte sobre cualquier tema social o político como artista?
Frente a las injusticias me posiciono claramente, pero soy prudente. Si no me he informado o estudiado bien un tema complejo, prefiero no opinar a la ligera.
Muchas veces te definen con adjetivos como ‘delicada’ o ‘sensible’. ¿Cómo te llevas con eso?
Una vez, en la radio, me dijeron: “No confundas sensibilidad con debilidad”. Me encantó. Tengo voz dulce y un nombre con diminutivo, pero he pasado por momentos muy duros y soy fuerte. La sensibilidad es empatía y un valor necesario.
¿Qué diferencia hay entre la Conchita artista y María Concepción?
Ninguna. No tengo un personaje cuando me subo al escenario; soy exactamente la misma persona.
¿Qué le dirías a la Conchita de 2007?
Le daría un abrazo y le diría que todo se va a colocar en su sitio.
Vestido de ETXART PANNO y biker de ALL SAINTS
¿Un mensaje para el público que disfrutará del disco?
Que lo escuchen al menos una vez seguido y en orden, para meterse de lleno en la historia.
Y, para terminar, ¿la gira?
Empezaremos el 20 de febrero en Madrid y luego recorreremos más ciudades. ¡Espero ver a mucha gente!
Hotel Emperador