Una de las consecuencias de la pandemia y la guerra Rusia/Ucrania es la revisión de la teoría de la globalización soñada. En los años 90’ del siglo pasado y primeros del XXI la globalización económica se puso de moda.

La academia la anunciaba como una solución a la pobreza mundial. El PIB mundial crecería favoreciendo a todos. La especialización productiva ayudaría a los países en desarrollo debido a sus especiales circunstancias geográficas, diferentes recursos, costes inferiores de su mano de obra.

Siempre hubo autores que criticaron la globalización (por ejemplo, Stiglitz y Piketty entre los académicos) y movimientos, incluso violentos, en su contra. Pero muchos la defendían por su capacidad de difundir riqueza, conocimientos, abaratar costes, facilitar movimientos de personas, uniformidad cultural y, como consecuencia, disminución de las tensiones y la violencia.

Tanto en la universidad como en las cumbres políticas internacionales (el G7, el G20, etc.) la globalización era una teoría de partida sobre la que se construía el consenso.

Con la pandemia y la guerra, estados y empresas parecen haber despertado. Lo que hace poco era un plácido sueño se ha convertido en pesadilla.

Las dificultades producidas por la falta de materiales debido a la ruptura de las cadenas logísticas de la pandemia y, posteriormente, de la guerra han descubierto los riesgos de concentrar los productores de suministros en zonas geográficas determinadas y lejanas.

Con la pandemia y la guerra, estados y empresas parecen haber despertado. Lo que hace poco era un plácido sueño se ha convertido en pesadilla

China, convertida en la "fabrica mundial" no puede suministrar las piezas que requieren los productores de otros países a la velocidad y en el tiempo requerido. En el puerto de Shanghái los retrasos en la carga de un barco sobre la estancia normal llegan hasta más de 41 días.

Rusia que suministraba más del 30% de la energía a la Europa central ha cerrado su grifo por razones políticas derivadas de la guerra. Incluso empresas multinacionales situadas en su territorio, han decidido abandonarlo para no ser contaminadas por la mala reputación de Putin en sus países de origen. Verbigracia, McDonals pierde 1.400 millones de dólares por su retirada.

Los castigos de las potencias occidentales a la economía rusa también han traído como consecuencia miedo a la escasez de energía y aumento de costes que, junto a la ruptura de las cadenas de suministros, han derivado en inflación. Inflación generalizada que se ha trasladado a los productos y corre el riesgo de hacerlo a los salarios generando la peligrosa espiral salarios/precios. En virtud de ella, la subida de los salarios realimenta la subida de precios y viceversa.

En consecuencia, tanto los teóricos como los prácticos han visto en sus propias carnes los peligros de una globalización económica. No es posible poner "todos los huevos en la misma cesta". Ni un Estado previsor, ni una multinacional sensata, pueden tomar decisiones sin calcular los riesgos geopolíticos de la actual política; cuando la globalización era el mantra dominante.

¿Qué puede pasar ahora?

Que la globalización se torne en la existencia de bloques geopolítico-económicos moderadamente autosuficientes. Unos bloques que se corresponderían a los político-militares.

Uno sería el de occidente, capitaneado por EEUU (OTAN) y la Unión Europea como importante integrante. Otro, China y sus satélites asiáticos donde, incluso, Rusia puede ser un actor básico (ya lo fue en la época de los zares con su comercio transfronterizo). 

Entre estos bloques está el resto de Asia con muchas probabilidades de caer en un lado u otro. Su variedad política, debilidad económica y rencillas internas hacen difícil prever un nacimiento autónomo de ese bloque.

África será un campo de batalla económica y militar. En plena guerra Rusia anuncia que ayudará al Gobierno de Mali económica y militarmente. China tiene grandes inversiones en ese continente en busca de materias primas. Francia e Inglaterra mantienen relaciones políticas y económicas en él. El franco CFA, emitido por el Banco de Francia, es la moneda en la zona francófona; el Magreb habla francés.

¿Y Centro y Sudamérica? Aunque el bloque occidental tiene muchos resortes económicos y culturales para atraer a sus países, ni Rusia ni China renuncian a influir. Veremos.

Lo que ha demostrado el siglo XXI es que una globalización económica, sin una globalización política, puede transformar un sueño agradable en una molesta pesadilla.  

*** J. R. Pin es profesor del IESE.

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