Europa no debe olvidar que afronta una vulnerabilidad estratégica que va mucho más allá del suministro energético.
El cobre, el níquel, el litio y el cobalto, materiales esenciales para electrificar la economía, fabricar baterías, desarrollar tecnologías limpias o redes eléctricas, y reforzar determinadas capacidades de defensa, podrían convertirse en un cuello de botella para la industria durante la próxima década.
Así lo advierte Bain & Company en su informe Global Energy and Materials Outlook 2026, que analiza la evolución de la oferta y la demanda mundial de materias primas hasta 2040.
El estudio señala que el problema no es que estos minerales sean geológicamente escasos, sino que su extracción, refinado y procesamiento están concentrados en un reducido número de países, por no decir solo uno, China, aumentando la exposición a conflictos comerciales, tensiones geopolíticas o interrupciones del suministro.
El riesgo se hace especialmente visible en un escenario de mayor fragmentación internacional.
Bain ha utilizado su modelo económico propio, Intersect, para analizar tres posibles trayectorias hasta 2040 y concluye que el escenario de 'Trayectorias divergentes' —con políticas industriales, energéticas y comerciales diferentes entre regiones y una menor coordinación internacional— es el que presenta una mayor probabilidad de que la oferta no sea capaz de acompañar a la demanda.
Y el primer gran problema aparece en el cobre.
El cobre, el gran cuello de botella
La demanda mundial de cobre crecerá de manera sostenida hasta alcanzar los 33,3 millones de toneladas en 2035, impulsada por la electrificación, las redes eléctricas, los vehículos eléctricos y las tecnologías bajas en carbono.
El problema es que la oferta podría empezar a quedarse atrás después de 2030. En el escenario de mayor fragmentación analizado por Bain, el déficit potencial podría alcanzar los 5,3 millones de toneladas en 2035.
La situación resulta especialmente relevante para Europa porque el cobre es difícilmente sustituible en buena parte de las aplicaciones asociadas a la electrificación. Cada nueva red eléctrica, centro de datos, vehículo eléctrico o instalación renovable requiere grandes cantidades de este metal.
El litio presenta otro de los principales focos de tensión. Bain calcula que su demanda podría triplicarse hasta alcanzar los 2,9 millones de toneladas en 2035, principalmente por el crecimiento del vehículo eléctrico y de las baterías.
Aunque se espera un fuerte aumento de la capacidad productiva, el crecimiento del consumo podría ser suficientemente rápido como para generar un déficit estructural a medio plazo.
Níquel y cobalto, bajo presión
El níquel parte de una posición algo diferente. El mercado mantendría un nivel de abastecimiento relativamente sólido hacia el final de la próxima década, pero el fuerte crecimiento de la demanda asociada a las baterías podría hacer que el consumo superase a la oferta en aproximadamente 400.000 toneladas en 2035.
En el caso del cobalto, Bain identifica igualmente un crecimiento limitado de la oferta frente a una demanda que seguirá siendo sólida, lo que podría generar tensiones de suministro hacia 2035.
Sin embargo, el propio desarrollo tecnológico introduce incertidumbre en esta materia prima. La evolución de las baterías puede reducir progresivamente la cantidad de cobalto necesaria, moderando parte de la presión sobre el mercado.
La geopolítica, al mismo tiempo, añade otra variable difícil de anticipar.
"La transición energética y la electrificación de la industria dependen de minerales que existen, pero cuya extracción, transformación y procesamiento están altamente concentrados", explica Pablo Rojo, socio de Bain & Company Iberia.
"En un entorno de mayor fragmentación geopolítica, asegurar el acceso a estos materiales se convierte en una prioridad estratégica para empresas y gobiernos, al mismo nivel que la energía o las infraestructuras críticas", añade.
Dependencia mineral
La advertencia de Bain refleja así un cambio en la naturaleza de los riesgos para las economías desarrolladas. La transición energética no elimina la dependencia exterior: la desplaza parcialmente desde los combustibles fósiles hacia las materias primas necesarias para fabricar redes, baterías, vehículos eléctricos y tecnologías bajas en carbono.
Para Europa, el reto es doble. Por un lado, aumentar y diversificar las fuentes de suministro. Por otro, desarrollar capacidad propia de procesamiento y transformación, una fase de la cadena de valor que también se encuentra muy concentrada geográficamente.
Los tres escenarios estudiados por Bain difieren en el grado de coordinación internacional y en la velocidad de la transición energética, pero comparten una conclusión: los minerales críticos se han convertido en un factor estratégico para la competitividad industrial y la seguridad económica.
En paralelo, el carbón térmico seguirá perdiendo peso. Bain prevé una caída de su demanda en los tres escenarios a medida que se retiren centrales envejecidas y las tecnologías limpias ganen competitividad.
China e India concentrarán buena parte del consumo residual, mientras que el carbón metalúrgico seguirá teniendo un papel relevante en la producción de acero.
El mensaje para Europa es, por tanto, similar al que ya ha dejado la crisis energética: disponer de tecnología para transformar el sistema económico no garantiza tener asegurados los recursos necesarios para hacerlo.
En la próxima década, el acceso al cobre, litio, níquel y cobalto puede convertirse en uno de los factores que determinen hasta qué punto la industria europea consigue avanzar en electrificación y transición energética sin quedar expuesta a nuevos cuellos de botella externos.
