En EEUU la política energética de los próximos cuatro años se juega a una carta. El presidente Donald Trump y Joe Biden, el nominado demócrata, tienen creencias radicalmente diferentes sobre la política climática y energética, así como sobre otros temas ambientales, como la infraestructura de energía limpia y la conservación de la tierra.

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Si bien el cambio climático ha pasado a un segundo plano frente a la pandemia y la consiguiente crisis económica, sigue siendo un tema importante en las elecciones presidenciales. La preocupación pública por el calentamiento global estaba creciendo antes del virus y, según una encuesta del Pew Research Center realizada a principios de este año, sigue siendo una prioridad para muchos votantes.

En el caso de Trump no hay sorpresas. Sus opiniones prácticamente no han cambiado desde 2016. Ha alternado entre llamar al cambio climático un "engaño" y reconocer su existencia. Ha atacado las bombillas de bajo consumo, y ha afirmado, en su línea de lanzar mensajes sin evidencia ninguna, que los parques eólicos causan cáncer.

Para Biden, la cosa cambia. Sus planes se han vuelto cada vez más ambiciosos a medida que trabajaba para ganar el apoyo de activistas climáticos, de jóvenes y de aquellos votantes que respaldaron a su ex rival, el senador Bernie Sanders.

Por eso, ha prometido eliminar todos los abusos ambientales de Trump y establecer una fecha límite para llevar al país a las cero emisiones netas. Para el exvicepresidente, el calentamiento global es un desafío que define una era y combatirlo es una oportunidad económica.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al cierre de la Convención Republicana. Efe

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En estos primeros cuatro años, en su primer mandato, Trump ha tratado de revertir casi toda la normativa climática aprobada por el anterior presidente, Barack Obama.

Su administración ha rebajado los límites a las emisiones de gases de efecto invernadero de automóviles y camiones, así como para la industria del petróleo y el gas. Ha abierto más terrenos públicos a la perforación de petróleo y gas y ha limitado la protección de la vida silvestre. También ha relajado las regulaciones de contaminación en las centrales eléctricas de carbón en un esfuerzo por revivir la industria moribunda, como relata Los Angeles Times.

No es de extrañar, pues, que anunciara su salida del Acuerdo del Clima de París, y si finalmente el próximo 3 de noviembre revalida su mandato para los próximos cuatro años, así lo hará.

La mayoría de estos retrocesos enfrentan desafíos legales por parte de los estados y los defensores del medio ambiente, y es probable que algunos sigan sin resolverse hasta después de las elecciones.

Aunque el historial de Trump sobre el medio ambiente le ha costado apoyo, ha seguido alardeando de los retrocesos regulatorios de su administración y atacando los planes de su rival como una amenaza económica.

"El núcleo de la agenda económica [de Biden] es una cruzada de extrema izquierda contra la energía estadounidense", dijo Trump durante un discurso en Rose Garden el mes pasado.

Joe Biden con su esposa, Jill Biden, saludan a quienes han seguido la Convención desde sus hogares. Reuters

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Biden ha hecho de la lucha contra el cambio climático una pieza central de su campaña, proponiendo invertir dos billones de dólares (1,684 billones de euros) en un programa masivo de empleos verdes para construir infraestructura de energía renovable durante sus cuatro años como presidente.

El dinero se destinaría a mejoras de eficiencia energética, la construcción de 500.000 estaciones de carga de vehículos eléctricos y un aumento considerable de la participación de la energía renovable procedente de la energía eólica, solar y otras tecnologías en el sector energético de Estados Unidos.

Su plan exige poner fin al uso de combustibles fósiles para generar electricidad para el 2035. Para el 2050, a más tardar, llevaría al país a cero emisiones netas de gases de efecto invernadero según el plan.

La propuesta de Biden sorprendió a los defensores del clima con su ambición. Es significativamente más agresivo que los planes que presentó durante las primarias demócratas e incorpora ideas políticas, como invertir en comunidades desfavorecidas, que atraen al ala liberal del partido y a los votantes climáticos que se mostraban escépticos con él.

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Al mismo tiempo, Biden ha tratado de calmar los temores de los demócratas en Pensilvania asegurándoles que el fracking, o la fracturación hidráulica, para obtener petróleo y gas esquisto continuará, aunque lo prohibirá en territorio público.

Durante esta última década, el auge del esquisto convirtió a EEUU en el mayor productor del petróleo del mundo y en una potencia de las exportaciones de energía, lo que le ha permitido presumir de "dominio energético" hasta ahora. 

Hay alrededor de 9.000 productores independientes de petróleo y gas natural en Estados Unidos. Estas empresas operan en 33 estados y emplean una media de sólo 12 personas. Alrededor del 91% de los pozos petrolíferos estadounidenses son propiedad de productores independientes y producen el 83% del crudo del país y el 90% de su gas natural.

Biden también prometió restaurar las protecciones ambientales anuladas por la administración Trump y volver a unirse al acuerdo climático de París, comprometiéndose con el objetivo del pacto de evitar que las temperaturas medias globales aumenten más de 2 grados centígrados.