Roma

Italia es ese país que vive instalado en su pasado, entre una mezcla de orgullo por los tiempos mejores y la melancolía. Dando por descontada una política más influyente, el esplendor cultural o el simple cuidado de sus calles, la época posterior a la Segunda Guerra Mundial fue la del milagro económico italiano. Con la industria produciendo a todo trapo para crecer a ritmos de la China de la última década.

No hay más que echar un vistazo para ver que esa realidad se esfumó hace ya décadas. Aunque esta semana, una vez más, Italia ha vuelto a mirar con aflicción a sus tiempos remotos. Concretamente a 1959, el último precedente en que los precios registraron una caída en el conjunto del año. Ha vuelto a ocurrir en este 2016, 57 años después los precios han vuelto a caer. Los datos provisionales dictan que el índice de precios anual se contrajo un 0,1%.

Aquel 1959 permitió tomar aire a las familias e iniciar un boom que ahora sería imposible atisbar. Con los últimos datos, la prensa local se lanza a hablar de “deflación”, para ilustrar la última cara de una Italia que se presenta como el espejo más fiel de la decadencia europea.

Sobre todo porque el resto del continente camina a un ritmo lento que Italia ni siquiera es capaz de seguir. El IPC armonizado tanto de la UE como del área euro se situó en noviembre en el 0,6%. Con un alza de precios en ese mes en Francia o Alemania del 0,7% o del 0,5% en España.

Sólo el incremento del coste de la gasolina y el gasóleo en el último mes del año (2,4%) permitieron elevar mínimamente la tasa anual italiana, gracias al alza en diciembre del 0,5%. Sin embargo, el comportamiento de otros productos como los bienes duraderos o no duraderos, que se mantienen invariables durante el año, refleja la incapacidad de las familias para gastar y de las empresas para invertir.

Datos que se sostienen con un ligero crecimiento de la producción industrial –de la que depende una quinta parte de la economía italiana- que apenas creció un 1,1% al final del tercer trimestre de 2016. Y que se extrapolan al conjunto del PIB, que las previsiones más optimistas del Gobierno apuntan que aumentará un 1% al término del año fiscal.

Toca rescatar a los bancos

Tanto la OCDE como el FMI piensan que el crecimiento se quedará un par de décimas por debajo. Y para 2017 ambas instituciones pronostican una subida del 0,9%. 

Italia afronta un escenario financiero que provoca sudores fríos en Bruselas. Con un plan estatal listo para inyectar hasta 20.000 millones del erario público en los bancos, de los que 8.800 millones se pueden ir sólo en el Monte dei Paschi de Siena, pero con una larga ristra de pequeñas entidades en problemas.

Tampoco será 2017 el año en que la deuda pública italiana baje previsiblemente del 130%. Ni el ejercicio en el que el Gobierno tenga demasiado margen para invertir en asuntos tan asfixiantes como la gestión de la migración. En el catálogo de los pequeños consuelos queda un paro estable en el 11% y un desempleo juvenil que baja ligeramente hasta el 37%.

Italia se ha beneficiado hasta el momento de la política de tipos 0 mantenida por el Banco Central Europeo (BCE) para que el precio de sus bonos no se haya disparado. Pero ha desaprovechado la ocasión de hacer despegar su economía, como sí ha hecho España, a la que en Italia se pone como ejemplo en cada foro económico.

Es posible que a Italia todavía le quede una bala en la recámara este año, ya que el gobernador del BCE, el italiano Mario Draghi, evidenció que iría levantando los estímulos a lo largo de 2017, aunque advirtió que todavía no se aprecian señales que sostengan un alza de precios al nivel del 2%, que la institución con sede en Fráncfort entiende como óptimo.

Desde Alemania, sin embargo, las sensaciones son otras. Porque con un IPC ya muy cercano a ese 2%, el gobierno de Angela Merkel pide a Draghi una “vuelta a la normalidad”.

Pero si Italia es el país del lamento por un pasado más próspero, también lo es –o precisamente por ello- el lugar ideal para las oportunidades perdidas. Y no parece que en esta ocasión, con la crisis financiera a flor de piel y un Gobierno interino, vaya a ser una excepción. El bel paese se mantiene a la cola, actuando de lastre en una Europa suficientemente en crisis.

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